Cumplir 40 es un hito, sobre todo para las mujeres. En esta columna gráfica, la autora reflexiona sobre la edad, el tiempo y por qué llegar a los 40 no es una pérdida, sino una forma distinta, y más amable, de sumar vida.

Cumplir 40 suena a hito. Especialmente para las mujeres.

Aunque a veces quiero transitar este cumpleaños como uno más, no es así.
No me pasa como el vuelo cotidiano de las palomas que veo a diario.
Los siento como una mariposa colorida que se posa un ratico en mi mano y, cuando alza vuelo, me deja pensando.

Recuerdo la frase de una amiga: “Ahora empiezas a restar años de vida”.
Me quedé perpleja. Yo siento más bien que voy sumando.
Y si me preguntan mi edad respondo orgullosa esa cifra redonda: 40

De niña me sorprendía la incomodidad de las mujeres cuando les preguntaban por su edad.

Pero ¿por qué esconder que hemos caminado esta vida durante 40 años?
Si el camino me ha hecho más curiosa, más atenta, más intensa.

He comprobado que el dolor no permanece.
Que el cambio, aunque cuesta, es tan natural como la risa, como el olor de mi hijo, como el sol tibio del mediodía calentándome la cara.

Quiero hablar de la vejez con mis amigas, sin miedo.
No ocultar el paso del tiempo.
Enfrentarlo de la manera en la que me sienta más cómoda.
No trivializarlo, no volverlo enemigo.

Quiero que los años me encuentren:
más amable, más pacífica, más agradecida.

Porque 40 no es una resta.
Es una hermosa suma.





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