Viaje alrededor de mi habitación, o de la cama al infinito

Por: / Ilustración: Jorge Mario Zumaqué / Septiembre 2020

Algunos libros escritos hace muchos años nos pueden decir algo sobre la situación que estamos viviendo hoy.

SEPARADOR

 
Sin salir de la puerta se conoce el mundo
sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo
cuanto más lejos se sale, menos se aprende.
Lao Tse
 
D

espués de más de cien días de encierro, persuadirnos de que nuestra habitación puede ser el lugar ideal para conocer el mundo parece una iniciativa ingenua o descabellada. Añadir que no hay mejor espacio para convivir con humor y serenidad con nuestro yo que esas cuatro paredes, una prueba de que el encierro nos ha desquiciado sin remedio. No obstante, el conde Xavier de Maistre, militar, pintor y escritor francés, publicó en 1794 Viaje alrededor de mi habitación, una novela donde narra sus peripecias afortunadas durante un gran viaje por su cuarto, habitado en exclusiva por él y su mobiliario: “Cada objeto me recordaba algún suceso de mi vida, y mi cuarto estaba alfombrado de recuerdos”. La novela, una parodia de la literatura de viajes en boga en ese entonces, es una suerte de autobiografía que De Maistre escribió cuando cumplía con un confinamiento de 42 días, que se le impuso por haber participado en un duelo en la ciudad de Turín. El autor hace de su encierro un festín de la digresión y de la imaginación, en un ejercicio superlativo de la libertad. Una imaginación a disposición de los vaivenes de un yo desdoblado en una especie de doctor Jekill y míster Hyde metafísicos, la “bestia” y el “alma”, y de las oscilaciones de la mente humana, que no en vano se considera un justo antecedente del llamado flujo de la conciencia.

¿Pero adónde viajar desde la inmovilidad? Al infinito y al mismo tiempo a nuestra cama o escritorio. Lo más remoto y lo más inmediato; un doble viaje ideal para nuestro desdoblamiento. Así el conde, a la manera de muchos de nosotros en estos días, sueña con estar lejos, en un paisaje deseado o recordado. También como nosotros ahora, De Maistre debió convivir con un rostro en general desconocido; el suyo propio, circunstancia que aprovecha para hacer una celebración de la soledad.

Viaje al rededor de mi habitación

¡Oh, dulce soledad! He conocido las seducciones con que deleitas a tus amantes. Desgraciado del que no puede pasar solo un día de su vida sin sentir el tormento del fastidio, y prefiere, si es necesario, conversar con necios antes que consigo mismo.

En esta peripecia consiste el desdoblamiento: uno de nosotros, el más realista y conservador, tratará de animar su reclusión aprovechando los objetos a su alrededor, los descubrirá y apreciará como compañeros de cautiverio. El otro, el más romántico e irreal, huirá con el deseo por la ventana de su habitación y recorrerá parajes remotos como Julio Verne, a quien le tomó 80 días su expedición, el doble que a nuestro autor. Confiando en el vuelo de sus pensamientos, nuestro protagonista se monta a caballo literalmente en el antepecho de la ventana con una pierna por fuera y la otra por dentro, figurando esa frontera entre el más allá y el más acá, entre la fantasía y la realidad concreta. Y dará inició a su periplo:

Semejante a los navegantes que, perdidos en el vasto océano, no ven más que el cielo y el mar, yo no veía más que el cielo y mi cuarto, y los objetos exteriores más cercanos sobre los cuales podía llevar mi mirada eran la Luna y la estrella de la mañana; lo cual me ponía en una relación inmediata con el cielo y daba a mis pensamientos un vuelo elevado, que jamás habrían tenido de haber escogido mi vivienda en un piso bajo.

Y cuando se cansa el ojo del infinito abierto, regresará prosaico a su entorno:

Como me entregase profundamente a los ensueños de mis descubrimientos, yendo y viniendo por mi cuarto, tropecé con la cama, sobre la cual caí sentado, y cayendo mi mano por casualidad sobre mi gorro, tomé el partido de ponérmelo en la cabeza y de acostarme.

Después de esa vivencia feliz de navegar sin trabas por el universo, llega la fatiga: “Pero las vistas más hermosas acaban pronto por cansarnos cuando se contemplan con demasiada frecuencia; los ojos se habitúan y se acaba por no hacer ningún caso”.

Y hasta cierto abatimiento:

Por más que haga esfuerzos continuos para olvidar mis pesares y arrojarlos fuera de mi pensamiento, me ocurre, a veces, cuando me coge desprevenido, que vuelven todos a la vez a mi memoria como si les abrieran una esclusa. No me queda otro partido que tomar en estas ocasiones que abandonarme al torrente que me arrastra, y mis ideas llegan a ser entonces tan negras, los objetos todos me parecen tan lúgubres, que acabo de ordinario por reírme de mi locura; de suerte que el remedio se encuentra en la violencia misma del mal.

Ese estado melancólico por suerte se desvanece ante la contemplación de la belleza. Una belleza que está a la mano, muy cerca de nosotros y que por lo general no sabemos descubrir. Mantenemos el prejuicio de creer que “la belleza” es algo esquivo, hermético, que se esconde más allá de nuestra vista, y que para contemplarla debemos seguir un aprendizaje sofisticado. Pero la belleza está ahí, diría el poeta, y solo hay que apreciarla. En este caso una vecina: su voz, la forma de su pie, primero, y la zapatilla abandonada después, exquisito fetiche que Xavier de Maistre no termina de alabar en buen ejercicio del voyeurismo: “No me atrevía a lanzar la más mínima exclamación, por miedo de asustar a mi hermosa vecina, ni a hacer el menor movimiento, por miedo de caerme a la calle”. Y frente a la visión de la zapatilla, ¿cómo escoger entre el firmamento y el pie de la deseada? ¿La vía láctea o ese trozo de pie desnudo?

Sin embargo, como en las situaciones más dificultosas de mi vida me he complacido siempre en darme cuenta de lo que pasa en mi alma, quise en esta ocasión darme una idea bien clara del placer que puede sentir un hombre de bien cuando contempla la zapatilla de una dama, comparado con el placer que le hace experimentar la contemplación de las estrellas.

De la cama al infinito

El viaje de De Maistre es también un recorrido por nuestras dicotomías más familiares. ¿A quién hacerle caso: a los designios de la razón o a los del corazón? ¿Qué nos hace más felices: el mundo, sus gentes y sus vanidades o nuestro aprecio solitario y firme por nuestro pequeño entorno? ¿Será más satisfactorio seducir al otro o seducirnos a nosotros mismos? ¿Será vital creer ciegamente en nosotros o desconfiar de nuestras convicciones? ¿Es la “patria” un imperativo formal o nosotros podemos construirla más allá de sus convencionalismos? ¿Será peor morir o ser olvidados?

Viaje alrededor de mi habitación no solo es un paseo por una habitación física y palpable, sino por las inquietudes del espíritu. Una relación mental de nuestras angustias y preocupaciones en tiempos de encierro que no se hace desde la solemnidad o la trascendencia pseudofilosófica, sino desde el humor, la ironía y la burla a la gravedad críptica o tediosa. Aquí hay un viaje de la inteligencia con su principal arma: la risa. Un arma a la que nada de lo humano le es ajeno, pues nada de lo humano puede eludir al humor.

Y para concluir, otra declaración, ya habitual en este libro, que pone en tela de juicio una cosa y la otra, como tanto hacemos en estos días:

Lo confesaré, no obstante: me gusta la soledad en las grandes ciudades; pero, a menos de verme obligado por una circunstancia grave cualquiera, como un viaje alrededor de mi cuarto, no quiero ser ermitaño más que por la mañana; por la tarde me gusta volver a ver caras humanas. Los inconvenientes de la vida social y los de la soledad se destruyen así mutuamente, y estos dos modos de existencia se embellecen el uno por el otro.

Guido Tamayo es escritor y profesor de escritura en la Universidad Nacional y en el Externado de Colombia. Es autor de las novelas El inquilino y Juego de niños, y de dos volúmenes de relatos: El retablo del reposo y El biombo y otros cuentos.

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