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Bienestar Colsanitas

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Ilustración
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El dermografismo es un tipo de sarpullido que se produce en la piel, bien sea por estrés o por una herida. Se le llama así, escritura de la piel, porque parece como si alguien hubiera escrito sobre esta con un alfiler. 

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Ese día me levanté con unos rasguños en los hombros. Les tomé una foto y se la envié a una amiga, que apenas la recibió se la mandó a su madre. Ambas estuvieron de acuerdo: alguien me estaba haciendo brujería. Teoría que yo terminé adoptando porque la madre de mi amiga además sugirió que me hiciera un exorcismo y yo venía con ganas de hacerme uno, así fuera nomás para vivir la experiencia. Me hacía falta fe. Fue lo primero que me dijo el exorcista. Lo segundo, que me quitara la camisa, y luego me agarró a latigazos mientras rezaba. Los rasguños se fueron y reaparecieron a los ocho días, después a los quince, hasta que desaparecieron como habían llegado. No dije nada para que la mamá de mi amiga no se sintiera defraudada por pagar al que, decían, era el mejor exorcista de Colombia.  

Tenía dermografismo y vine a saberlo casi una década después. El año pasado lo atravesé con una angustia constante que me alborotó el insomnio, pero la cosa se puso especialmente difícil en agosto. Un sábado, antes de ir a dictar clase, me levanté como si me hubieran estado haciendo cosquillitas por todo el cuerpo con un rastrillo de jardinería. Hacía bastante que no tenía un episodio y este era sin duda el más grave de todos. La diferencia fue que a los treinta años me tomo un poco más en serio mis dolores, y me puse a googlear para atenderme: “arañazos”, “piel”, “marcas”, “heridas”. 

En varios artículos me encontré con un trastorno que en principio me atrajo sobre todo por el nombre, “escritura sobre la piel”: donde yo solo había visto ronchas, arañazos, alguien había visto letras e interpretado los patrones de una posible gramática. Y también se hizo evidente el sadismo al que invitaba, esto en la galería de imágenes que se desplegó en Google: al parecer, quienes lo padecen son proclives a escribirse o dibujarse todo tipo de cursilerías en la piel. Tatuajes temporales en relieve que, para su suerte, desaparecen con crema hidratante, si el sarpullido es leve. De hecho, lo normal es que las marcas desaparezcan en unas horas, sino hay que acudir a corticoesteroides o a antihistamínicos como la cetirizina o la fexofenadina. 

Todo comienza con piquiñas en diferentes partes del cuerpo, como suele suceder con otros tipos de urticaria. Un tipo de estrategia guerrillera que termina desesperando al organismo que la aloja. Este sucumbe, se rasca, y con eso dispersa los pruritos por todo el cuerpo. Van apareciendo esos habones como arañazos, y si la piel está muy sensible incluso una sábana puede imprimirse en ella. 

No en vano, en el último brote que tuve, las ronchas iniciales parecían arrugas de una tela. Las pude ver porque alguien le tomó una foto a mi espalda. Antes de pedir el favor me había sobado contra el borde de una pared, como un oso encarnizado. Eso bastó para que se iniciara el fuego, que luego se hizo incontenible. Yo no aguantaba tener ropa puesta, estar acostado, que me soplaran. Tenía que darme duchas y arroparme con el agua helada por varias horas. 

DERMOGRAFIA CUERPOTEXTO

Se trata de una reacción alérgica cuyo detonante puede variar en cada persona. Es más común en quienes tienen piel sensible, reseca, y sufren de otros trastornos como la dermatitis. La sudoración y el calor la estimulan, a pesar de que ponerse paños tibios puede generar una falsa sensación de consuelo. Se le asocia a parásitos intestinales, incluso. Al estrés, a la ansiedad. 

En mi caso era la manifestación de cierto inconformismo y la respuesta de mi cuerpo me pareció conmovedora. Era como si me hubiera escrito para decirme que ya no podía huir, que tenía que enfrentarme al miedo de quedarme y confiar. Y esto lo había marcado sobre mi piel, como uno de esos profesores que en otras épocas les dejaban un reglazo a los estudiantes en el brazo. Solo que no se trataba de un castigo, sino de una consecuencia de lo desatendido. La tensión se había acumulado durante los últimos meses y cada roncha era un punto de fuga de esa presión constante. 

Una grafía del desespero, de la impotencia, de lo ignorado. El brote me duró una semana, a pesar de las medicinas convencionales y, en teoría, de rápido efecto como un exorcista que te expía las responsabilidades. Aprendí a convivir con la piquiña, o por lo menos a rascarme de una forma menos abrasiva, con la yema de los dedos o con paños para bebé. Pero el verdadero alivio llegó en una caminata. 

Estábamos en una finca. Luego de haber planeado un paseo con algunos amigos para celebrar mi cumpleaños, terminé yéndome con mi núcleo más cercano. Necesitaba de ese respiro, de ese cariño. Salimos a darnos una vuelta, a buscar un río o un charco en donde meternos para refrescarnos. Solo que, según nos dijeron las personas de por ahí, teníamos que caminar un buen tramo para encontrar un cuerpo de agua que valiera la pena. 

Una libélula pasó cerca de mí para luego aterrizar en la espalda de mi pareja. En ese entonces nos habíamos alejado, pero a pesar de la distancia ella había ido a la finca a acompañarme. Le tomé una foto al insecto y se la mostré. En vez de ardor, sentí las primeras gotas de una lluvia. 

 

 

*Escritor colombiano, autor de los libros Nadie grita tu nombre y Salsipuedes.

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