Hábitos

Por: / Ilustración: Jorge Carvajal / Septiembre 2021

 Necesitamos ciertos hábitos, algunas rutinas, para que la vida fluya sin que nos demos cuenta. Pero tarde o temprano llegará algo que altere nuestra comodidad. 

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U

n joven músico de quince años oía a su padre y a otros amigos hablar sobre lo monótona y tediosa que podía llegar a ser cualquier rutina. Con firmeza terció en la conversación, y de manera contundente y natural declaró que no había nada mejor que tener una rutina en la vida.

Interrogado el músico sobre tan escandalosa declaración hecha por un joven, ilustró a los amigos de su padre describiendo lo que para él era la mejor vida posible: despertarse en la mañana, tomar un café y luego dedicar un par de horas a hacer ejercicios de lectura en el piano tocando partituras de Juan Sebastián Bach. Desayunar. Oír música durante una hora y retomar los ejercicios de piano hasta la hora del almuerzo. Leer a la hora de la siesta. Hacer juegos de improvisación en el piano por la tarde, y luego ir al cine, volver a casa a comer y salir con los amigos por la noche.

De manera creíble, el adolescente les había dibujado a grandes trazos cómo escoger una rutina acorde con el ritmo interior, que responda a necesidades esenciales, sin que esto implique tender una trampa a nosotros mismos, ya que nosotros mismos somos la trampa, el objeto mismo de nuestras rutinas.

Recordé lo que el poeta Heinrich Heine escribió sobre Kant, el filósofo, de quien dijo que no creía que el gran reloj de la catedral de Königsberg haya cumplido mejor su inmenso trabajo diario tan desapasionada y regularmente como lo hizo Kant: levantarse, tomar café, escribir, impartir clases, comer... todo tenía su hora fijada y los vecinos sabían con exactitud que eran las tres y media cuando Kant, vestido con gabán gris y el bastoncillo español en la mano, salía de casa de camino a la pequeña alameda de tilos que aún hoy se llama El Paseo del Filósofo.

Traigo a mi memoria estos dos casos extremos de hábitos y rutinas en los que nada de lo que sucede en un día se ha dejado al azar con el objeto de que la vida se deslice sin contratiempos y pueda reinar en uno la música y en el otro la reflexión, pues en ellos la costumbre no opaca la sensibilidad ni la inteligencia, sino que, por el contrario, las estimula y provoca.

Hay una sustancial diferencia entre un hábito que nos imponen, cualquiera que este sea, y un hábito que surge de nuestro ser interior. En el primer caso, nos ajustamos a un molde, a una norma, a una disciplina exterior que privilegia los objetivos y necesidades de la organización sobre los del individuo; en el segundo, adoptamos un ritmo único, individual y propio, que propicia el surgimiento del milagro, del misterio.

La costumbre, el hábito impuesto desde afuera, acumula el polvo cotidiano sobre los objetos y los seres del mundo que habitamos y logra que ya no los veamos más. Se han hecho polvo, opacos, sin brillo. La costumbre los ha convertido en apariencias normales, los ha domesticado, los ha vuelto familiares y con ello han perdido la capacidad de sorprendernos. En general, esta transformación nos tranquiliza. Todo nos parece normal. Nada altera el orden ilusorio al que nos hemos acostumbrado. El mundo es gris. No importa. Es el gris al que nos hemos habituado.

MalosHabitos CUERPOTEXTONo hay nada mejor que tener una rutina de vida.

Pero este equilibrio aparente se rompe de manera súbita y el mundo que conocemos se hace añicos debido a una guerra, un terremoto, un accidente, una quiebra o una pandemia, y nos encontramos desorientados, sin saber qué hacer, desprotegidos ante la realidad y desposeídos de nuestros hábitos. Las rutinas a las que nos habíamos acostumbrado están anuladas por los acontecimientos y ya no las podemos ejercer más. El mundo está patas arriba y queremos que todo vuelva a ser normal, que lo que considerábamos como normal lo vuelva a ser en nuestra vida. Queremos, en suma, volver a la rutina que conocemos, a los hábitos que nos definen.

Samuel Beckett, el autor de Esperando a Godot, lo dijo de manera áspera e inquietante: “Respirar es hábito. La vida es hábito. La vida es una sucesión de hábitos”. Y remata de manera cruel: el hábito “es el lastre que encadena el perro a su vómito”. No hay forma de escapar a las miserias del hábito, pero tal vez el arte, la poesía y aun la misma filosofía tengan la clave para mitigar sus venenos.

El poeta Jean Cocteau dijo para siempre que por unos instantes, vemos un perro, un coche de caballos, una casa por primera vez. Todo cuanto exhiben de especial, de loco, de ridículo, de hermoso nos abruma. Inmediatamente después, el hábito frota con su goma de borrar esa poderosa imagen. Acariciamos el perro, detenemos el coche, vivimos en la casa. No los vemos más. Este es el papel de la poesía. La poesía desvela […]. Muestra al desnudo, bajo una luz que sacude la somnolencia, las cosas sorprendentes que nos rodean y que nuestros sentidos captan maquinalmente."

¿Cómo activar ese poder, ese papel de la poesía en nuestras vidas? Misterio. A lo mejor este texto de Georges Perec nos dé una pista en estos tiempos de pandemia que no acaban:

Cuelgo un cuadro en la pared. Luego me olvido de que allí hay una pared (…). Pero también me olvido del cuadro, ya no lo miro, ya no sé mirarlo. He colgado el cuadro en la pared para olvidar que allí había una pared, pero al olvidar la pared, me olvido también del cuadro. Hay cuadros porque hay paredes. Tenemos que ser capaces de olvidar que hay paredes y no hemos encontrado una mejor manera de hacerlo que con cuadros. Los cuadros eliminan las paredes. Pero las paredes matan los cuadros. Entonces necesitamos estar cambiando continuamente la pared o el cuadro, estar colgando todo el tiempo otros cuadros en las paredes o, si no, constantemente moviendo el cuadro de una pared a otra.

Hay que ensayar.

*Escritor y guionista colombiano.

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