Fascinados por las pantallas

Por: / Fotografía: Bienestar / Septiembre 2022

Herramienta y arma, ayuda y estorbo, las pantallas están por todas partes. Tableta, teléfono, portátil, computador de escritorio: nadie puede vivir sin ellas, pero aún no sabemos cuándo su uso puede considerarse normal y cuándo es una adicción que afecta al entorno familiar.SEPARADOR

Les dicen los ensimismados, la generación del pulgar, los zurumbáticos, los cabizbajos, los zombis y otros vainazos porque siempre tienen los ojos clavados en una pantalla, en alguna de las pantallas insomnes que hoy encontramos hasta en la sopa.

El cabizbajo resulta molesto porque es asocial. De alguna forma, de todas formas, nos está diciendo: “Tengo asuntos más importantes que atender que prestarles atención”. En lengua juvenil, “Toma una ficha, siéntate y espera a que me importe”. Violan sin miramientos esa norma que aconseja no tocar el celular en una reunión social o de trabajo. Es por esto que, cuando tenemos que utilizar el omnipresente cachivache en una reunión, pedimos permiso y nos levantamos de la mesa, o lo utilizamos de manera furtiva, escondiendo las manos y el aparato bajo la mesa, como si estuviéramos armando un vareto o pegando allí una secreción viscosa.

Los maniáticos de los equipos móviles van de los cinco a los noventa años y se dividen en tres grupos. El primero es el “cabizbajo condescendiente”. Lo reconocemos porque de vez en cuando levanta los ojos y nos sonríe, hace un comentario estítico en lenguaje lacónico, y vuelve a sumergirse en su pantalla y a bolear pulgares.

El segundo es el “caso perdido”. Camina gacho y ajeno entre la multitud y no levanta la vista jamás, así lo salpique el salto de un delfín rosado. Con todo, no es alérgico a la gente, se vale por sí mismo, hace sus vueltas, lleva una vida normal y tiene una app-sentido que le permite atravesar ileso las calles.

El tercer grupo es el de los hikikomoris, por su nombre japonés. Son personas cuyas relaciones sociales son solo virtuales, y pueden permanecer encerradas en su habitación por meses o años. Allí comen, duermen, chatean, navegan… y naufragan. Solo salen al baño, si por desgracia no tienen uno en la habitación, y sus relaciones con los demás habitantes de la casa son mínimas. Algún monosílabo, si el día es soleado. Pero el mal no es exclusivo del Japón, claro. Por todo el mundo se extiende esta conducta que ya está clasificada como una patología.

“El hikikomorismo, término empleado en la literatura científica por primera vez en 1986, es el síndrome psicopatológico y sociológico de las personas que se retiran completamente de la sociedad durante largos periodos, y se recluyen en su casa para evitar cualquier compromiso social que no sea virtual”, leo, cabizbajo y meditabundo, en 20 minutos, una página de la web. Allí mismo se cita un artículo de la revista Journal of Social Psychiatry, que recoge un estudio realizado sobre una muestra de 164 pacientes en el Hospital del Mar de Barcelona, según el cual “Los médicos han detectado una relación alta entre el hikikomorismo y ciertas patologías psiquiátricas, como trastornos psicóticos (34,7%), ansiedad (22%) o trastornos afectivos (74,5%). Esto los lleva a la conclusión de que tal vez el hikikomorismo no sea un diagnóstico en sí, sino más bien un síndrome grave asociado con múltiples trastornos psiquiátricos”.

Pero la verdad es que el problema es tan nuevo y la muestra tan pequeña, que los investigadores no se toman muy en serio estas cifras y reconocen que su ignorancia sobre la materia es total.

Por lo demás, pienso yo, existe la probabilidad de que ese cabizbajo que vemos ahí esté invirtiendo muy bien su tiempo. Puede estar escribiéndole una frase tierna a su mujer, o recibiendo un meme genial o mirando un videoclip de alta factura. Si el cabizbajo es joven, es muy probable que esté consultando información sofisticada: genética, economía, artes, física de partículas o cálculo de variaciones. Todos estos son temas juveniles porque, como nadie ignora, los adultos manejamos casi exclusivamente información burocrática y nuestra operación numérica más sofisticada es la regla de tres.

Pantallas bienestar

Es verdad que los jóvenes no se detienen mucho en nada, como hacíamos los jóvenes de dos generaciones atrás, que practicábamos inmersiones profundas en filosofía, literatura, política, historia… No. Hoy los jóvenes van rápido. Lo suyo es el surfing; estudian, escuchan música y ven televisión, todo a la vez. Es un “método” exótico, sí, pero nada nos permite asegurar que no funciona. ¿No será un buen atajo estudiar menos y crear más? ¿No estaremos ante una generación mutante, como sugiere Alessandro Baricco en Los bárbaros? Baricco llama así a los jóvenes, “bárbaros”, para indicar que, como hacían los griegos con los extranjeros, los despreciamos sin conocerlos.

En cualquier caso, no me siento con autoridad para llamarles la atención a los ensimismados. Al fin y al cabo, nosotros, los profundos, somos responsables de varios holocaustos y de ningún paraíso, de la plutocracia, el consumismo y el deterioro ambiental, entre otras hazañas.

Sería lindo que pudiéramos cerrar la malhadada “brecha generacional”, por supuesto, y que el diálogo entre padres e hijos no cesara fatalmente al final de la infancia.

Algo se ha avanzado en este sentido. Hace cincuenta años los niños y los adolescentes eran expulsados con cajas destempladas de las reuniones de los “mayores”. Pero aún no sabemos cómo vencer ese silencio helado que irrumpe en las primeras mañanas de la adolescencia y se instala en la casa como un huésped altivo que malvive con nosotros unos años hasta el día que sale para siempre dando un portazo. Quizá si dedicáramos un tiempo a entender esos mundos, músicas, sagas, videojuegos… Es probable que si les enseñáramos nuestros mundos desde pequeños y tendiéramos puentes sólidos y les brindáramos una confianza incondicional, podríamos luego establecer una relación tranquila con esos sujetos llenos de acné, silencio y pulgares.

Quizá si tuviéramos el valor de correr riesgos y aceptáramos que los hijos tienen derecho a equivocarse, a explorar el mundo y bordear abismos, como lo hicimos en nuestra juventud, los muchachos no tendrían luego tantos secretos con nosotros, tantos silencios. Tal vez la sobreprotección es una de las causas del ensanche de la “brecha generacional”. Y de la joroba de los cabizbajos.

 

 

* Escritor colombiano, autor de los libros de divulgación Por qué las moscas no van a cine y Por qué es negra la noche (editorial Planeta), entre otros títulos.

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Etiquetados con: Pantallas / adicción / familias /

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