El ayuno: una tendencia para revisar

Por: / Mayo 2021

El ayuno ha resurgido como una práctica alternativa entre personas que buscan bienestar físico y mental. Hablamos con dos practicantes y una profesional de la nutrición.

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n términos prácticos, el ayuno consiste en abstenerse de consumir alimentos y bebidas durante un periodo determinado. No es algo nuevo: ayunar es una costumbre con siglos de historia en culturas de todos los continentes. Tampoco es un proceso necesariamente forzado: de acuerdo con Carolina Pinzón, coordinadora del Departamento de Nutrición de la Clínica Universitaria Colombia, “hay un ayuno fisiológico que es el que se realiza en el tiempo de vigilia y sobre todo durante el tiempo de sueño, que comprende entre ocho y doce horas”. En otras palabras, todos ayunamos como mero proceso biológico. Es decir, ayunamos por naturaleza. Sin embargo, para muchas personas ayunar se ha convertido en un hábito determinante, hasta adoptarlo como un estilo de vida.

Un rastreo básico puede comprobarlo. Según las estadísticas de tendencias de Google Analytics, en el mundo las palabras ayuno y fasting multiplicaron por cinco sus registros en búsquedas entre 2016 y 2021. Solo en Instagram, por ejemplo, la etiqueta #Intermittent-Fasting agrupa más de cuatro millones y medio de contenidos y publicaciones. En Amazon se registran más de cincuenta mil libros que hablan del tema, y en YouTube algunos videos sobre el ayuno superan las ocho millones de reproducciones. En ese enorme océano de información, algunos contenidos coinciden siempre en lo mismo: una serie de promesas sobre los beneficios que trae ayunar como costumbre alimenticia. Se habla desde meditación y trance, control mental y corporal, dominio del ego y reducción de la ansiedad, hasta dietas para reducir grandes cantidades de peso en pocas semanas, regeneración del cuerpo, renovación celular y reducción de riesgo en enfermedades como cáncer, diabetes y alzhéimer.

A pesar de esa amplia gama de literatura, es difícil encontrar a la mano información soportada en datos puramente científicos. “Dentro de los estudios más juiciosos que se han hecho al respecto, está comprobado que el ayuno sí contribuye a una pérdida de peso por un déficit energético, pero se da, sobre todo, por la pérdida de agua y de masa muscular, no por la pérdida de grasa”, aclara Carolina Pinzón. De sus beneficios sobre células humanas y procesos como la autofagia o tratamientos terapéuticos, la evidencia científica prácticamente no se ha pronunciado. Si cabe alguna duda, basta con googlear la palabra ayuno para ver que la primera página de resultados está ocupada por anuncios pagados que ofrecen planes de dietas para bajar de peso.

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Más que no comer, el ayuno es una oportunidad para aprender a comer. Porque la mayoría de nosotros comemos más de lo que deberíamos.

Ayuno y ejercicio físico

Es una verdad que el ayuno ha estado ligado a las exploraciones espirituales por siglos. Tal vez los registros más conocidos sobre el ayuno sean los de los libros sagrados de diferentes religiones: por ejemplo, en el judaísmo el calendario rabínico contempla diez fechas de ayuno específicas; en la Biblia se mencionan cuatro tipos de ayuno en más de 25 versículos; y en el Corán se habla de ayuno en más de 15 aleyas que lo ordenan como una ley, hasta llegar al ramadán, el periodo de ayuno de la comunidad musulmana, ampliamente conocido en todo el mundo. A su vez, los ayunos de profetas como Mahoma, Jesús o Buda, conocidos incluso más allá de las religiones que lideran los tres, se han presentado como una experiencia espiritual superior que se sugiere como una forma de conexión, agradecimiento, expiación o pagamento con la divinidad.

De alguna manera, esa idea de consciencia es experimentada desde lo físico por otro tipo de corrientes que hoy tienen un auge creciente. “El ejercicio es mi forma de meditar”, dice Juliana Palacio. “No soy una persona que podría estar quieta y simplemente meditar, yo siento esa consciencia cuando me muevo”. Juliana tiene 30 años, ha hecho todo tipo de deportes desde la infancia, hace siete años practica fitness, tiene una hija de tres y un estado físico que envidiaría cualquier competidor del Desafío superhumanos. Para su estilo de vida, el ayuno es una práctica fundamental.

“Yo hacía ayuno intermitente sin saber, sin ser consciente de que eso se llamaba ayuno intermitente. Mucho tiempo después fue que, averiguando, me di cuenta de eso”, dice. Ayuno intermitente es, de lejos, el tema que lo acapara todo en la nueva tendencia sobre el ayuno alrededor del mundo. Cada autor y libro que lo promueve habla de múltiples métodos y reglas; en cualquier caso, siempre se basan en un patrón de esquemas en el que se deja de consumir todo tipo de alimentos: los hay desde 12, 18 y 24 horas, hasta de dos días enteros a la semana.

“Básicamente, estos esquemas lo que hacen es una redistribución de la alimentación... Antes de hablar del ayuno como una recomendación, lo primero que le diría a una persona, como profesional, es que evalúe y sea consciente de dos cosas: su esquema de alimentación y los objetivos que quiere alcanzar con esos alimentos, porque todos somos organismos diferentes. No se trata nada más de no comer: se trata de saber qué grupo de alimentos hay que comer en específico”, analiza Carolina Pinzón. En eso coinciden la profesora de yoga Sara Ruiz y Juliana Palacio con otro punto adicional: esa redistribución de los momentos en los que se come crea la consciencia sobre si realmente comemos por alimentarnos o por simple inercia; si nos podemos sentir bien o mejor con poca comida y conocer qué alimentos le hacen bien al organismo según cada experiencia.

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El ayuno consiste en dejar de consumir alimentos durante 12, 18 y 24 horas.

    

Por eso Juliana Palacio dice que hacía ayuno intermitente sin saber que eso existía. “Toda la vida he comido muy poco: dos veces o una al día, porque no sentía que necesitara más... Cuando empecé a practicar fitness, escuché entre las personas que lo hacían que lo ideal era comer cinco veces al día, y aunque yo no sentía que lo necesitaba, lo empecé a hacer porque esa era la recomendación. Muchas veces terminaba comiendo sin ganas y no me sentía bien”, recuerda. Fue después de su embarazo cuando empezó a buscar dietas para retomar su actividad física, y se encontró con la tendencia del ayuno intermitente; se dio cuenta de que no era más que lo que ya hacía antes, solo que con marketing de por medio.

“Fue entonces cuando acepté que yo me sentía bien, y siempre me había sentido bien, comiendo una o dos veces al día... Empecé a hacerlo con más consciencia, estudiando qué tiene cada alimento, cada nutriente y macronutriente”, dice Juliana. “De esta manera me siento liviana, concentrada, más activa. Lo que pasa es que investigo bien para qué es cada alimento, cómo me nutren, y así sé cuál es el momento adecuado para comerlo”.

La oportunidad de aprender a comer

En ese punto hay otra coincidencia sin importar la perspectiva: más que no comer, el ayuno es una oportunidad para aprender a comer. Porque debemos reconocer que la mayoría de nosotros comemos más de lo que deberíamos y, además, comemos mal. Tradicionalmente hemos replicado ideas sobre la alimentación que, tal vez, tenían vigencia en otros contextos sociales e históricos, como que comer mucho es comer bien. “Cuando terminas el ayuno, se te presenta la oportunidad de tomar consciencia sobre qué vas a comer, cómo vas a seguir comiendo”, dice Sara Ruiz.

Ya se haga como un método de apoyo espiritual, mental o físico, ayunar termina siendo para sus practicantes una experiencia de aprendizaje alrededor del cuerpo y sus hábitos. Claro, es difícil encontrar a un nutricionista que lo recomiende. “Claramente, el cuerpo tiene unos requerimientos energéticos para que los órganos vitales funcionen... el cuerpo ya tiene de por sí un ayuno fisiológico, entonces restringir o no darle al organismo la energía indicada para que realice los ciclos energéticos que necesita para funcionar, para mí no es recomendable”, dice Carolina Pinzón. Pero quienes lo practican aseguran que han encontrado un equilibrio que solo obtuvieron mediante ese ejercicio de autoconocimiento.

La clave, coinciden también, termina siendo una cuestión de voluntad atravesada por variables que van desde lo cultural, lo económico y lo circunstancial hasta lo emocional. Porque, ¿cuándo entonces la forma en que comemos es ayuno intermitente, es hambre o es trastorno alimenticio? Esas delgadas líneas solo encuentran un límite definido en la intención de cada persona con la comida. Y esas intenciones solo son aclaradas cuando las personas prestan atención a los alimentos. “Más que una cuestión de cuántas veces comemos es, como en casi todos los temas de la nutrición, un tema de nuestra relación con la comida”, recuerda la nutricionista de Colsanitas Carolina Pinzón.

Lejos de buscar una validación sesuda en datos científicos, y lejos también de ser un método mágico por el placer instantáneo o la pérdida veloz de peso, el ayuno parece haber evolucionado en una experiencia personal que compromete nuestra voluntad y consciencia ante uno de nuestros mayores instintos: comer. Saber cómo hacerlo y controlarlo es, en general, su mayor aprendizaje. Esa es, más que una promesa fantástica, un deber de cada persona con su bienestar.

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Se haga como un método de apoyo espiritual, mental o físico, ayunar termina siendo para sus practicantes una experiencia de aprendizaje alrededor del cuerpo y sus hábitos.

Ayuno y búsqueda espiritual

Aquello no impide que las personas exploren el ayuno a través de experiencias personales casi intransferibles. “El ayuno es una forma hermosa de darle al organismo un respiro... es un proceso de depuración, como una oportunidad de resetearlo”, dice Sara Ruiz. Tiene 29 años, enseña yoga hace cuatro y estudia Filosofía en la Universidad de Antioquia. Para ella, como para diferentes corrientes del yoga, el ayuno es, en primera instancia, necesario para poder hacer los exigentes ejercicios que requiere esta práctica, principalmente en los niveles más avanzados. Además, el ayuno ha sido para Sara una forma de estimular el prana (la energía vital, según algunas corrientes del yoga y el hinduismo), y en esa medida, le ayuda a alcanzar un nivel de consciencia pleno. Esa experiencia se sustenta en la idea de que hay diferentes partes del cuerpo con su propia mente, una de las cuales es el estómago. Como cualquier mente, la estomacal tiene su memoria y produce su propia serie de recuerdos, costumbres, emociones y pensamientos que, en su lado oscuro, se traducen en ansiedad y estrés difíciles de controlar producto del ego. Al ayunar, esa forma del ego, que en principio es caprichosa y lo único que quiere es comida así no la necesite, va forjando un carácter y una disciplina que la persona puede controlar meditando.

“El ayuno es una forma de trabajar esa memoria estomacal. Así como el cerebro, el estómago puede saturarse porque todo el tiempo le estamos dando comida que no siempre es nutritiva. O sea que se la pasa ocupado solo en eso, por lo que esa pausa es una forma de desintoxicarlo, darle un espacio para que tenga una claridad energética”, dice Sara. Así, para quienes comparten el estilo de vida de Sara el ayuno es una vía de meditación que, en últimas, es una forma de mirar detenidamente los pensamientos, en este caso, los que van ligados al estómago y que se traducen en emociones relacionadas con la sensación de hambre: irritación, ansiedad, sensibilidad, desesperación.

*Periodista colombiano. Colabora con diferentes medios del país y América Latina.

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