¿Puede la música ser medicinal?

Por: / Septiembre 2022

La música es, quizá, la manifestación artística que más directamente llega a las emociones de todos. Por eso, desde hace años se estudia como medio de sanación. El autor, un melómano dedicado, repasa la importancia de la musicoterapia.

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A finales del siglo XVII, el compositor inglés Henry Purcell le puso música a unos versos que resumen lo que en su tiempo se pensaba sobre el poder sanador del sonido: "La música, por un instante,/ distraerá todas tus preocupaciones/ y te asombrará al aliviar tus penas".

La canción dura alrededor de cuatro minutos y lleva por título “Music for a while”. Escucharla es una experiencia revitalizante. Es una pieza lenta escrita en Do menor, que es un tono reservado a lo contemplativo más que a lo eufórico, pero al final queda una sensación de placidez, como si el remedio sonoro estuviera surtiendo efecto. En realidad, Henry Purcell hacía eco de un descubrimiento milenario de la medicina, la espiritualidad y la alquimia, recogido en el libro Anatomía de la melancolía (1621) de Robert Burton: “Muchos son los medios que filósofos y galenos han prescrito para regocijar las aflicciones del corazón… pero a mi juicio ninguno tan presente, tan poderoso y tan oportuno como la música”.

Desde los cantos chamánicos y los coros eclesiásticos hasta las más recientes prácticas de relajación del movimiento Nueva Era, la música está presente en infinidad de rituales con el ánimo de “tocar” el espíritu. Y en la mayoría de los casos llega a ser el ingrediente más importante de estas ceremonias: ya en el siglo V san Agustín se preguntaba si la gente iba a misa llamada por la fe o por las melodías.

A mediados del siglo XX se acuñó el término musicoterapia que hoy, aunque se mantenga más en el terreno de la experimentación que de la ciencia, ha encontrado espacio en la academia. En Inglaterra, la violonchelista Juliette Alvin fundó la primera escuela durante los años cincuenta, enfocándose en pacientes con enfermedad mental. En la Universidad Nacional de Colombia existe la maestría en musicoterapia desde 2007.

El musicólogo Joscelyn Godwin ha recogido los casos más tempranos de musicoterapia (antes de que existiera el término) y reseña el del rey Felipe V de España. Cuenta la historia que en 1737 el rey se encontraba en un estado de crisis nerviosa, incapaz de asumir cualquier responsabilidad de gobierno. Entonces llamaron al cantante más famoso de Europa, el gran Farinelli, que estableció un tratamiento de sesiones musicales nocturnas. Cada noche, Farinelli cantaba cuatro arias de ópera y poco a poco el rey “volvió a interesarse por las cosas de la vida”.

Hay casos más recientes debidamente registrados. Dos de ellos me llaman poderosamente la atención. El primero es el del compositor alemán Hans Otte, quien fue director musical de Radio Bremen. Otte aprovechaba su espacio en las ondas radiales para estrenar sus nuevas composiciones. En 1983 transmitió una colección de pequeñas piezas para piano agrupadas bajo el nombre Libro de los sonidos. Los oyentes empezaron a llamar a la emisora contando diferentes experiencias: un pintor dijo que esa música lo había hecho pintar mejor; un psiquiatra afirmó que el sonido había sanado a uno de sus pacientes.

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El segundo caso es relatado por Alex Ross, periodista musical de la revista New Yorker, en un artículo de diciembre de 2002. Un paciente con cáncer terminal le pidió que le llevara música para sobrellevar las noches. Ross le envió varios discos, pero el paciente se aferró a uno en particular: Tabula Rasa, del compositor estonio Arvo Pärt. Durante sus últimas semanas de vida, fue la música lo que le dio la calma para despedirse del mundo. Luego Ross aclara que en realidad estaba replicando un experimento llevado a cabo en los años ochenta, cuando esa misma música fue puesta a enfermos de sida. Varios de ellos desarrollaron una conexión profunda con la obra, y un paciente en estado terminal llegó a nombrarla “música de ángeles”.

Puede que no estemos descubriendo nada nuevo. Decir que la música nos afecta sensiblemente es una obviedad, pero inmersos en un mundo de ruidos solemos olvidar circunstancias en que cierta música, sonando en el momento justo, nos llega hasta el fondo. El filósofo espiritual Alan Watts usaba una expresión muy propia cuando se refería a ese momento; decía que “nos convertimos en la música”. Para mí, la Sonata para violonchelo y piano No. 3 de Beethoven siempre será el invierno de 1997 y algo parecido a la melancolía de la que habla el libro de Robert Burton, que hoy se llama depresión y se trata con drogas. No las necesité. Esa sonata fue mi antidepresivo.

Pero no puedo asegurar que funcione igual para todo el mundo. Ahí es donde distingo dos corrientes de musicoterapia, presentes en la poca literatura que circula en español. Una, la del libro Musicoterapia: el poder curativo de la música de Hal Lingerman, se basa en experiencias personales, pero corre el peligro de la generalización. Más o menos va afirmando: Bach sirve para calmar la ira, Haydn para alejar la depresión, Liszt para combatir el aburrimiento.

Me resulta más interesante la propuesta de Joanne Crandall en su libro Musicoterapia: la autotransformación por medio de la música, que ofrece una serie de ejercicios mediante los cuales el paciente puede generar sus propios sonidos sanadores. Claro, ayuda mucho ser músico o tener nociones de algún instrumento, pero no es esencial. La visión de Crandall parece desprenderse del método psicoanalítico, solo que en lugar de estimular una asociación libre por medio de la palabra, lo hace por medio del sonido. No nos llama a “componer” música sino a improvisar a partir de nuestros ritmos internos de respiración, de pulsaciones sanguíneas o de pensamiento.

En uno de los libros más famosos del neurólogo Oliver Sacks encuentro el caso de un paciente con un extraño desorden cerebral. Casi al final del relato, el doctor Sacks le diagnostica: “Lo que yo prescribiría, en un caso como el suyo, sería una vida que consistiese enteramente en música. La música ha sido el centro de su vida, conviértala ahora en la totalidad”. Estas palabras viajan en el mismo sentido de aquella cancioncita de Henry Purcell. El sentido de una música terapéutica, de una medicina sonora.

 

 

*Periodista musical y escritor.

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