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Bienestar Colsanitas

No quiero ser mamá

Ilustración
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Hace años llevo una carga por dentro, porque la gente no concibe que yo no quiero ser mamá. Ahora por fin me libero y explico: se puede ser una mujer infinitamente feliz que nunca tendrá hijos.

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En el colegio me llamaban Susanita, la amiga de Mafalda. Para quienes no la conocen o recuerdan, su mayor deseo en la vida era casarse con su príncipe azul, un hombre guapo y rico, y tener muchos hijos. Cuando yo tenía 15 años, una edad alegre e inmadura, soñaba con tener una docena de críos. Asumo era por el optimismo de la juventud. Pero todo cambió.

Me gradué y cuando entré a la universidad mis planes de entonces dieron un giro. A medida que aprendía, leía, viajaba, trabajaba y conocía más mundos y personas, comencé a imaginarme otra vida: el príncipe azul seguía en la baraja, pero los hijos no tenían cabida. Los niños me gustan, pero cuando están con sus mamás. 

Con la firme idea de hacerme la ligadura de trompas y de cortar de una vez con cualquier chance de embarazo, programé la cita con mi ginecólogo de entonces. Calculo que yo tenía unos 20 años, es decir, ya era una mujer adulta con el poder de tomar decisiones sobre mi cuerpo y futuro. Y ahí comenzó un auténtico calvario repleto de consejos, discursos moralistas, reflexiones machistas y religiosas.

Entretanto el tiempo pasaba, tuve que hacerme procedimientos dolorosos e incómodos, como ponerme la famosa T (DIU o dispositivo intrauterino), ya que por recomendación médica no debía tomar pastillas anticonceptivas. Mis amigas de infancia se casaron, tuvieron hijos y yo, sin darme cuenta, fui alejándome poco a poco de ellas y de esos ideales formales de familia. Tuve la suerte de casarme con un hombre que ya tenía solucionado ese tema en su vida, era separado y tenía dos hijas. Fue una tranquilidad porque nunca se habló de eso y la relación giraba en torno a la pareja y a nuestras vidas laborales. Era ideal. Valga la aclaración: en esa época (finales de los noventa), ni se me cruzó por la mente decirle a mi esposo que se hiciera una vasectomía, y ningún médico siquiera me habló de esa opción. Hoy, quiero pensar, ese panorama ha cambiado un poco. 

Cuando una mujer toma la decisión de no tener hijos, la sociedad la cuestiona y le da mucha cantaleta. No alcanzo a enumerar las maneras y la cantidad de veces que me preguntaron, “¿Cuándo vas a tener bebés?”. E independiente de la intención de la persona que lo preguntaba, mi primer instinto siempre era pensar: “¿Por qué siempre me preguntan a mí, jamás a mi pareja?''. Al principio decía que nunca, que en mi vida no iba a haber hijos míos. Acto seguido, llegaban los sermones. Los argumentos que buscaban hacerme cambiar de opinión iban desde el cliché de mi realización como mujer, hasta unos más horribles como que quién me iba a cuidar cuando estuviera vieja. Opté por mentir y responder a la inevitable pregunta con un “pronto” y entonces llegaba la paz, olvidaban el tema los entrometidos de turno.

Pero, ¿por qué tenía que mentir? ¿Solo porque yo era considerada un bicho raro para los cánones que marca la sociedad? A nadie le importa lo que deciden las parejas en su intimidad. Debería aplicar lo mismo con las mujeres: hay montones de razones por las que una mujer no quiere o puede tener hijos y solo le competen a ella. 

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“Yo no quise ser mamá. No me hace falta, no puedo extrañar algo que no he tenido. No me arrepiento: soy una mujer feliz”. 

Pasé por no menos de ocho consultorios ginecológicos, tanto de doctores hombres como de mujeres, pero siempre decían: “Te vas a arrepentir”, “Eres muy joven para tomar esa decisión”. ¡Qué impotencia! 

Tuvieron que quitarme el dispositivo y ya entonces existían pastillas más suaves. Lentamente comencé a envenenar mi cuerpo con ellas. Me producían náuseas y dolor de cabeza. Pero mi miedo a quedar preñada era superior a esos malestares. La decisión era mía y estaba tomada. Era yo quien quería eliminar cualquier posibilidad de un embarazo. 

Finalmente, ¿cuándo logré hacer la cirugía? Cuando cumplí 45 años. Inaudito. 

Hoy tengo 52 años y sé que tomé el camino correcto. De hecho, si hoy en día quedara embarazada, no tendría ese bebé. Nuestra sociedad es muy conservadora. Se habla de la libertad de decidir sobre nuestra vida y cuerpo, pero eso no fue lo que viví.  Aunque las mujeres seguimos luchando por la igualdad, el respeto y los derechos, se sigue creyendo que uno de los principales roles femeninos es la maternidad. 

Yo no quise ser mamá. No me hace falta, no puedo extrañar algo que no he tenido. No me arrepiento: soy una mujer feliz. 

 

*Margarita Bernal es cocinera, consultora, ejerce la gastronomía escrita, colecciona tenis y oye reggaetón desde que se levanta hasta que se acuesta.  

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