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Me convertí en viuda

Ilustración
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La autora de este texto falleció en noviembre de 2023. Su hermana nos lo envió. Lo publicamos para todas las que hayan perdido a alguien que amaban.

El sábado 7 de marzo de 2020 todo cambió. Excepto que no lo sospechaba, lo supe mucho después…

Íbamos al día de la familia en el colegio de nuestro hijo. Eran las 9 de la mañana, estábamos dispuestos a pasar unas horas en el ambiente campestre del colegio que, para esa ocasión, se convierte en feria con música, comida y juegos para padres y estudiantes. Mi esposo conducía y, a mitad del recorrido, sintió un calambre fuerte en su pierna derecha. Era tan fuerte que lo obligó a orillarse en la vía. La pierna no le respondía. Alarmada le pedí que cambiáramos y que yo manejaría hasta nuestro destino. Llegando al colegio, minutos más tarde, dijo sentirse mejor y el día transcurrió con tranquilidad. En ese entonces, las noticias del coronavirus empezaban a inquietar a algunos. Otros le restaban importancia al asunto, pues estaba muy distante, en la lejana Wuhan, que por esos días ya estaba en estricta cuarentena.

Nuestro hijo disfrutó con sus amigos, comimos y compartimos con algunos padres. Avanzada la tarde, salimos con la intención de cenar por el camino. Paramos en un lugar de comida mexicana en la Sabana de Bogotá. Llevábamos rato queriendo ir a ese restaurante. Hicimos almuerzo-cena y nos reímos mucho recordando las incidencias del día. En el fondo de mi mente estaba la sombra de la preocupación por el calambre de la mañana. La semana previa había sido necesario que mi esposo consultara al médico por una leve molestia en la misma pierna. Esa vez había sido atribuida al cansancio y al comienzo de una gripe. Para mí resultaba inevitable desligar este síntoma de lo sucedido 18 meses atrás, cuando un malestar similar en la pierna y la mano derecha fue la alarma que permitió encontrar una lesión metastásica en su cerebro. Una lesión en el parietal izquierdo nos dio un sacudón enorme y requirió una cirugía de emergencia que salió muy bien. Nos dio meses de tranquilidad luego del diagnóstico de cáncer renal descubierto cinco años atrás.

Ahora, la angustia de una nueva lesión tumoral se asomaba y nublaba el panorama de un año que veíamos como posible cierre de su etapa laboral y la búsqueda de calma y relax para él, luego de muchos años de trabajo continuo. 

Finalizando la noche de ese sábado, quedamos en que íbamos a consultar el lunes siguiente en la clínica en donde lo habían operado en 2018. Queríamos hacer los chequeos necesarios para descartar cualquier novedad. El fin de semana terminó en calma y el lunes a primera hora salimos para la clínica. La sensación de hormigueo y adormecimiento de la pierna seguía. Entramos por urgencias temprano en la mañana, previendo que necesitaría exámenes de diagnóstico. Mi esposo estaba en ayunas y nos estábamos imaginando una jornada larga de pruebas. Así fue. Una primera revisión del neurólogo de turno determinó hacer una resonancia. Los resultados, bien entrada la tarde, mostraron lo que temíamos: una nueva lesión en el lugar donde había sido intervenido año y medio antes. 

Le dieron 20 días de incapacidad. Empezaba un largo recorrido de imágenes diagnósticas y entradas y salidas de la clínica. “Lo que haya que hacer, lo haremos”, nos decíamos con miedo, pero optimistas, confiados en los médicos que habían venido acompañando su proceso durante todos esos años.

Las semanas siguientes transcurrieron entre los trámites de autorización y la programación para hacer los exámenes. Entretanto, la situación del coronavirus se tornaba cada vez más grave, un brote en Italia mostraba que la expansión de la enfermedad había saltado desde Asia a Europa y ya se empezaban a rastrear casos en América. Se decretó un cierre total en Bogotá y coincidió con la fecha en que mi marido tenía previsto el inicio de unas sesiones de radioterapia para atender unas lesiones en su brazo derecho y en la sien izquierda que habían venido creciendo. Sin embargo, este procedimiento tuvo que suspenderse. Los resultados de las imágenes determinaron que era prioritario intervenir el cerebro cuanto antes, teniendo en cuenta que la llegada del coronavirus iba a presionar fuertemente el sistema hospitalario y quizás las unidades de cuidado intensivo iban a escasear. 

El lunes 31 de marzo de 2020, a mediodía, entró a cirugía. Debido a las restricciones para ingresar a la clínica, solo pude estar presente yo. Fueron horas eternas. Me acompañaron al teléfono mi hijo, la hija mayor de mi esposo que vive en Europa, mi familia, mis amigas cercanas, mis cuñadas. Sumé largos ratos de meditación para apaciguar mi mente y un poco de lectura en la que, francamente, no lograba concentrarme.

La cirugía sucedió y luego pasamos un año entrando y saliendo de la clínica, enfrentando recuperaciones breves y recaídas, hospitalizaciones y cuidado en casa. Vivíamos en una montaña rusa de esperanza y miedo, anhelando que todo volviera a nuestra normalidad y que regresara también la “nueva normalidad” tras el covid. 

El inicio de 2021 marcó el declive de su estado de salud, las complicaciones seguían apareciendo. “Nadie dijo que sería fácil”, me decía. “Sigamos adelante, no hay otra opción”, decía yo. 

Siempre me apoyé en esa confianza y en su fortaleza, en verlo optimista y valiente a la entrada del quirófano. Me llenaba de ánimo para estar firme apoyándolo y haciéndome cargo, cada vez más, de todo lo necesario para que la casa y nuestras vidas siguieran funcionando como siempre. Pero ese “como siempre” tendría cambios profundos muy pronto.

Las semanas, que se volvieron meses, de cuidarlo con amor y dedicación culminaron el 1 de abril de 2021. Mi marido dio su último suspiro tomado de mi mano, de la de nuestro hijo y la de una de las enfermeras maravillosas que lo cuidaban.

Me convertí en viuda

La familia de tres, ahora era de dos. Los espacios de la casa se sentían distintos, su ausencia estaba en todas partes. Los días siguientes a un fallecimiento hay que hacer muchas cosas. Tener la ayuda y compañía amorosa de su hija mayor, mis padres, mis hermanas y cuñadas alivianó la situación. Siempre llevé los temas administrativos y financieros de la casa, por lo que hacerme cargo completamente de ellos no fue difícil. No obstante, reconocer que a partir de ese momento me convertía en madre cabeza de familia con todo a mi cargo, me resultó impactante.

Y luego, un detalle simple: me tocaba llenar un formulario en alguna entidad que me pedía señalar mi estado civil. Por primera vez tuve que escribir “viuda”. No es lo mismo que soltera, quizás lo opuesto a casada, ¿ahora que soy?

Me rehusaba a llevar esta nueva categoría, ya no había anillo en el dedo anular de mi mano derecha, todo mi imaginario de “mama-papa-hijo” que conformaba una familia se había esfumado.

Me planteaba tremendas discusiones en mi cabeza: ¿para qué rayos necesitan saber en la empresa de telefonía si soy viuda, soltera o casada?, ¿será para venderme un plan de datos más grande que me permita pasar horas en Tinder? Pfff. En la tienda de ropa me pedían mis datos para que acumulara puntos. A la hora de tener que responder “viuda” siempre me sorprendía la mirada de pesar de la vendedora. Yo pensaba: ¿será que me van a mandar un catálogo de atuendos especial para lo que se supone que se ponen las viudas?

Buscar entender la insatisfacción que me causaba este nuevo estatus me llevó a leer sobre el tema y descubrí que el origen latín de la palabra, significa “vacía”. No hay equivalente para el caso masculino.

Me convertí en viuda

Cuando estás en medio del duelo por la muerte de tu compañero de vida, te asaltan las preguntas de tu identidad: ¿quién soy ahora? Piensas en tu individualidad y en tu propósito de vida, que se desconfiguró y necesita ser repensado. Y claro que hay vacío, y dependiendo de muchos factores ―la edad, la situación laboral, económica, el apoyo emocional de familia y círculo cercano― el estatus de viudez será menos o más complejo de llevar.

Sigo intentando que me parezca menos chocante, por lo pronto a la pregunta de estado civil he decidido ponerle “soltera”, dependiendo de dónde lo pregunten. En los temas legales no hay opción, (también he notado algunos sesgos a lo de “soltera”, pero eso sería materia de otro escrito). Y mientras voy por este nuevo y extraño camino, he encontrado a muchas otras mujeres que han atravesado por esta desafiante circunstancia. En la mayoría de viudas reconozco resiliencia, empatía y compasión, todas habilidades que nos vendría bien cultivar a todos. Al final, más allá de cualquier rótulo, cada uno somos un universo de vivencias que vamos viendo cómo procesar. 

Reina Torres Marín
Me convertí en viuda
Reina Torres Marín
Me convertí en viuda
Reina Torres Marín

Reina Torres Marín era administradora de empresas, coach organizacional y dueña de un inteligente sentido del humor. Siempre estaba sonriente. Amaba combinar los postres con un “cafecito”.