Las tetas victoriosas

Por: / Ilustración: Jhon Yalanda / Febrero 2021

La forma en que muchas mujeres se miran en el espejo, la forma en la que miran a otras mujeres, está siempre condicionada por presiones sociales, por mensajes apremiantes que les dicen cómo deben lucir.

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iempre tuve las tetas grandes. Desde la adolescencia empezaron a cobrar protagonismo y a insinuar que se iban a convertir en un atributo que resaltaría mi belleza. Estaban bien puestas, pero de eso no va este artículo, aunque la historia de las tetas de una sea, sin rodeos, algo significativo. 

En fin, con esto del tamaño estoy lidiando estos días —en los que además estoy a una menstruación de cumplir cuarenta—, porque estoy sintiendo su peso un poco más que antes. Lo diré sin matices: mis tetas están caídas. Me paro frente al espejo y veo esos dos melones protuberantes, que se despliegan hacia abajo y se bambolean como las bolas de los toros. No pienso que sean feas, pero sí empieza a preocuparme que la dependencia del brasier sea cada vez más perentoria. En ocasiones fantaseo con una cirugía, con un procedimiento que las salve de las garras de la gravedad y me devuelva el vigor y la turgencia de otros tiempos.

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Ilustraciones por John Yalanda. Instagram: jhon.yalanda.

Esto me ha llevado a pensar en cómo las mujeres estamos programadas para lidiar con nuestros cuerpos, comparándonos siempre con las demás, registrando con sigilo las fisonomías femeninas, hurgando como forenses en nuestras formas y siluetas, en las imperfecciones, en los kilos de más o de menos. En las redes recorremos perfiles de diosas, de divas en el ocaso, de famosas que luchan contra el paso del tiempo. Yo misma me sorprendo dándole clic a titulares que hablan sobre los cuerpos de mis semejantas: “Salma Hayek presumiendo de sus curvas a sus 54”, “Shakira exhibe orgullosa sus encantos en las vacaciones”, “Karol G contesta las críticas a su figura con una foto que deja sin aliento a sus fans”. 

Pienso en el paradigma de la belleza, que casi siempre estuvo encarnado en las actrices. En las míticas Maribel Verdú o Paz Vega, mujerones que cruzaron la frontera de los 45 y siguen manteniendo sus perfiles de Instagram a reventar de likes, algunos por cuenta de sus posteos en vestido de baño. En la televisión argentina las mujeres hablan de unos minerales que destruyen los carbohidratos ingeridos. Formas novedosas para enmascarar dietas eternas y rutinas de autoprivaciones con la esperanza de conservar una figura que sea garantía de más trabajo. 

Hace unos años comenzó a florecer el movimiento de las caras al natural —#NoMakeUp—, en el que Alicia Keys, Gwyneth Paltrow, Drew Barrymore, Lena Dunham y otras mujeres talentosas se cansaron de tener todo el tiempo un reflector sobre sus aspectos. ¿Acaso no es más importante fortalecer la autoestima, la libertad de mostrarse como son sin necesidad de tener que agradar?

Recuerdo la película Diario de una chica adolescente (2015), dirigida por Marielle Heller y que cuenta la historia de Minnie Goetze, una chica de 15 años del San Francisco de la década del setenta, que sueña con ser ilustradora y comienza su vida sexual. En repetidas ocasiones dice esta frase: “No te gusto porque soy gorda. ¿Tú crees que soy gorda?”. Hace un tiempo, la revista Vice publicó un reportaje sobre un concurso de belleza inusual en Paraguay. Un certamen que pelea contra los cánones hegemónicos de belleza. Michael Beras, creador de Miss Gordita, dice esto: “El concurso pudo lograr un cambio en el pensamiento. La imposición en que el estereotipo es hasta criminal porque se obliga a las chicas a tener un determinado tipo de cuerpo”. Y un dato que no es menor: en Estados Unidos el 94 por ciento de las adolescentes ha sufrido body shamming, es decir, las han matoneado por su apariencia.

Crecí con esa idealización de la imagen en la forma de cuerpos delgados en extremo, el auge de la industria cosmética y la cirugía plástica como promesas de juventud y belleza. Soy hija de una sociedad que le ha dedicado quizás demasiada energía a lucir bien por encima de todo lo demás. El “No tiene talento pero es muy buena moza” parece calzarnos perfecto. ¿Por qué nos cuesta tanto lidiar con los años, con la idea de ser valoradas más allá de cómo lucimos un viernes a la noche o en vestido de baño en la playa? Vivo en una de las ciudades que más vende y exporta vestidos de baño, como un culto insistente a las chicas del eterno verano, las que estarán por siempre buenas, listas para el party, deseables y calientes. ¿O acaso no será una suerte de neurosis por escamotear la fragilidad, la vejez, el tránsito hacia la muerte? 

Escribo esto desde Medellín, una ciudad que tiene una cantidad obscena de peluquerías por metro cuadrado. El modelo de emprendimiento más a mano es un salón de belleza: la clientela nunca se acaba. Las mujeres van como en una especie de peregrinación. En las ocasiones en que entro a una, me gusta escuchar cuando suena el teléfono y atienden las llamadas para asignar citas. En un tono tan cercano, casi de terapeuta, la peluquera le va diciendo a la clienta los espacios que tiene libres mientras parece escuchar un “devuélveme a la vida”. No es raro que comiencen a trabajar a las seis de la mañana. Por eso no sorprende que durante la cuarentena se convirtieran en las aperturas más esperadas. 

Una compañera de la universidad nos decía: “Aquí donde me ven, yo soy más fea que un verraco. Me tengo que levantar con dos horas de anticipación para una producción que me deja decente a los ojos de ustedes”. Nos reíamos, pero esto quizás sirva para explicar la ansiedad por lucir bien, por ser aceptadas. Tintes, alisados, depilaciones láser de cejas, bigote, axilas y bikini. Técnicas innumerables de manicure, maquillajes permanentes, procedimientos estéticos con aparatos eléctricos, inyecciones, cánulas, fajas. ¿Por qué aprendimos a ser tan despiadadas con nosotras mismas? Casi todas tenemos algo que decir sobre la que se nos pone al frente, en baños, en redes. A pesar de que ellos están tan llenos de defectos, no parecemos estudiarlos de la misma forma, casi no hablamos de su sobrepeso, sus entradas, sus músculos flácidos, los pelos que salen de la nariz. 

Me espanta esta manía que tengo con los cuerpos femeninos. Está dentro de mí, me recorre aunque no quiera y sin darme cuenta termino siempre parada frente al espejo agarrándome aquí y allá como si se tratara de arcilla, corrigiéndome lo que no me gusta, imaginando y puliendo como una escultora fallida. Peleo conmigo, me avergüenzo y me reto, me parece increíble que a estas alturas de mi vida y de mi feminismo no tenga esto más que resuelto, y ahora vengo a reprocharme las tantas noches de vino, pan y queso a las que me entregué como si no hubiera un mañana. Me digo que al final, todo tiene que ver con el reloj, con esa juventud que siempre creí tan mía y que ahora siento que deja de habitarme para mostrarme este cuerpo real y concreto: el de una mujer de cuarenta años. 

He peleado también con el excesivo culto que se hace de la juventud, esa gloria tan poco merecida, que se da insolente y se pavonea por la vida sin pudores. El tiempo, que pasará para todos, que al final lo celebramos y lo atesoramos, porque nadie quiere morirse, por más que a veces la realidad nos engañe y nos haga creer lo contrario.

Así que a mis tetas les agradezco por el placer, la delicia que han representado a la hora del sexo, han sido mis cómplices, mis aliadas. Anoche me comí un beso de negra, esas galletas con un corazón de masmelo cubiertas de chocolate a las que hace poco les cambiaron el nombre, y ahora se llaman “beso de amor”. Es mi golosina favorita de mostrador de supermercado. Recuerdo que cuando descubrimos el cambio, hablamos sobre eso y nos pusimos a pensar qué otros nombres hubieran podido ser apropiados. “Beso negro” imposible. A pesar del guiño racista, a mí me gustaba beso de negra, por aquello del afecto ciego que se establece con algo que te ha dado placer, que te lleva a la niña que fuiste. Pero sí, es racista. Porque a la inversa no le hubieran puesto “beso de blanca”. En el paquete vienen dos bocados que parecen un par de tetas, provocativas, con unos picos que disparan como pequeños pezones estimulados. Entonces pienso en el mensaje subliminal que esconden: una golosina en forma de pechos —porque anhelar un pecho es algo que nos pasa a todos—, una sola fantasía sin género ni edad. Y de pechos negros. Aquí me dejo llevar descaradamente, imagino que las tetas de las mujeres negras han sido ese placer negado en el que también todos piensan en silencio. Y que sean mis favoritos es entonces un reflejo, tanto de lo que defiendo como de lo que yo misma tengo bajo la camisa. 

Mi hija está casi en la pubertad. Todo su cuerpo empieza a transformarse, y lo cuenta con lujo de detalles. “Mami me están saliendo pelitos en la vagina”, “Mami mírame las tetas ¡las tengo más grandes!” “No me puse top ¿se me notan las tetas con esta camiseta?” “Mami, la abuela me dijo que yo iba a tener las tetas grandes como las tuyas”. A veces me quedo mirándola, se pasa mucho tiempo desnuda cuando se va a bañar y cuando sale de la ducha. Está experimentando el aumento de las hormonas, que fluyen por su sangre desbocadas. Ya hemos hablado de sexo, le dije que era importante cierta madurez, y que era mejor que ocurriera entre adultos, como algo consensuado para que pudiera resultar en una experiencia placentera y feliz. Que aunque ahora le pareciera extraño y le diera pudor, se trataba de una expresión humana, necesaria para el equilibrio y la buena salud. Fue una respuesta que la tranquilizó, aunque quién sabe hasta cuándo. El camino de la propia sexualidad comienza a transitarse en soledad. 

Ahora que lo pienso, mis tetas han sido un faro más en el camino que he recorrido. Muchas veces me sorprendía acariciándomelas, recuerdo instintivamente llevar una mano a una como una forma de buscar seguridad. En algún trabajo que tuve, me decían que vivía tocándome las tetas. Era como una cábala, un ademán secreto. En Argentina —la tierra de mi marido— hay una superstición en que las mujeres se tocan la teta izquierda para alejar la mala suerte. Así que cuando se nos cruza un gato negro o nos topamos con un cojo y Mar me dice que me toque, para mí es el gesto más natural. En esos momentos sonrío en silencio. 

Terminé escribiendo la historia de mis tetas, a pesar de que no era mi propósito. Pero creo que era necesario traerlas a este impulso por dejar de buscar las imperfecciones en nuestros cuerpos. Quisiera que mi hija no pase por todo eso, que no se angustie, ni se acompleje o se frustre porque sus formas tomen uno u otro camino. Al final es lo de menos, intentamos gozar con lo que nos ha sido dado. Aunque en mi caso no haya sido fácil olvidarse de que una ha ido por la vida con un par de... ya las comparé al comienzo con los testículos de un toro... Ahora lo sé: con un par de gracias divinas.   

*Escritora, periodista y cocinera.

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