La enfermedad desconocida de Rafael Núñez

Por: / Ilustración: Raúl Zea / Diciembre 2021

Las ideas políticas de Rafael Núñez quedaron plasmadas en la Constitución de 1886, que rigió los destinos del país durante más de un siglo. Ahora bien, ¿el llamado “Regenerador” era un hipocondríaco, como lo acusaron en su momento, o un enfermo crónico? El autor ensaya una hipótesis alrededor de la salud y la muerte del influyente político. 

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afael Núñez (1825-1894) ha sido, al lado de Bolívar, el político colombiano más amado y más odiado. Pero la voz de sus adversarios ha resonado más duro con el paso del tiempo. Al ser el padre intelectual de la Constitución Nacional de 1886, fue acusado por el “Olimpo Radical” de traidor al espíritu liberal del libre cambio económico y la educación laica, además de “tirano liberticida” por entregar el poder al Partido Conservador en su tercera Presidencia, y establecer el Concordato con la Iglesia católica a cambio de legitimar su unión marital con Soledad Román.

Su gran enemigo intelectual fue el escritor José María Vargas Vila, quien desde el exilio lo llamó “sátrapa bígamo” y construyó una leyenda sobre la supuesta corrupción de su vida pública y privada. De allí nació el mito de su lujuria desenfrenada, su ambición obsesiva por el poder, sus gustos gastronómicos estrambóticos y la riqueza fabulosa de su hacienda El Cabrero a expensas del erario.

Núñez también fue acusado de hipocondríaco, sátiro, hiperestésico, voluptuoso, feo, enclenque, hipócrita, y algún contemporáneo lo describió, con ironía, como una “sombra de alcatraz desplumado”. Además, fue ridiculizado como poeta, a pesar del respeto que le manifestaron Rubén Darío y José Asunción Silva.

¿Fue Núñez un hombre sano o enfermo? De manera oficial tuvo algunas dolencias ocasionales en su vida, pero no existe ningún documento histórico que argumente de forma detallada si padeció una enfermedad crónica. Incluso la acusación de hipocondríaco, tan repetida en su tiempo, ha llevado a que la mayoría de sus biógrafos desestimen las quejas del mismo Núñez, quien pidió licencias prolongadas durante sus últimos tres periodos presidenciales, sustentadas en “dolencias de salud”. Sin embargo, al escrutar con detalle las biografías existentes, los testimonios de sus contemporáneos conocidos, sus cartas privadas, sus retratos y fotografías, los comentarios de sus amigos, empleados y de su esposa Soledad Román, sus costumbres culinarias y sus intereses en la medicina homeopática, he recogido fragmentos dispersos que me han permitido armar un rompecabezas nosológico y cronológico para postular una hipótesis clínica inédita, que desarrollaré a continuación.

II

Rafael Núñez fue un niño enfermizo, delgado, con un estrabismo congénito, de brazos largos y desproporcionados, estatura mediana, con un tórax estrecho y en forma de paloma, de nariz aguileña y prominente, con orejas aladas y grandes. Sus compañeros de colegio se burlaban de su figura, por lo cual se refugió en la lectura y fue un precoz escribidor de versos. Su intelecto superior, que Tomás Cipriano de Mosquera denominó “inteligencia oceánica”, le permitió ser bachiller a los 15 años y graduarse de abogado, con honores, antes de cumplir los 20.

En 1848, mientras vivía en David (Panamá) y era juez, tuvo un cuadro grave de diarrea y sintió que le aparecieron “úlceras en la garganta”, pero los médicos no se las encontraron. Lo cuidó una enfermera llamada Dolores Gallegos, con quien terminó casado; aunque tuvieron dos hijos, el matrimonio fue un fracaso desde el principio. Luego de una década y media en Bogotá, en 1865 fue nombrado cónsul en la ciudad francesa de Havre, adonde viajó con su amante Gregoria de Haro. Allí se dedicó, al parecer, a una vida noctámbula y bohemia, que llevó a Gregoria a dejarlo.

Por ese entonces se comienza a sentir fatigado, con episodios recurrentes de diarrea, estreñimiento y molestias estomacales, y en enero de 1866 sufre un ataque de “reumatismo” severo que lo obliga a viajar a Génova en busca de reposo. En este tiempo se aficiona a la medicina homeopática y frecuenta en Europa los centros de reposo de orientación naturista.

El 8 de septiembre de 1866 Mosquera lo nombra cónsul en Bruselas, pero él rechaza el ofrecimiento debido, entre otros motivos, a que “hoi me encuentro sometido a un tratamiento hidroterápico en un establecimiento cercano del Havre”. El 3 de agosto de 1870, siendo cónsul en Liverpool, es nombrado Secretario de Guerra y Marina por el presidente Salgar, pero de nuevo se excusa argumentando que “me limito a haceros presente que la reposición de mi salud, alterada gravemente no ha muchos días, exije el más completo reposo posible durante algún tiempo según el consejo de los médicos”. Todo indica que su problema gastrointestinal se iba haciendo más frecuente y severo, hasta que a finales de 1871 se le agrega una “enfermedad seria del cerebro” y debe viajar a un centro terapéutico de la población de Vernait-les-Bains, donde vuelve a ser sometido a la hidroterapia.

Núñez no da detalles de los síntomas “cerebrales” que tuvo, pero podemos hacer una aproximación clínica si sabemos que las indicaciones para la hidroterapia en esa época eran las siguientes patologías: melancolía, epilepsia, hipocondría, trastornos del sueño y parálisis. Esta última era entendida, en el contexto del siglo XIX, como una pérdida parcial de la sensibilidad o el movimiento de partes del cuerpo, sin trastornos severos de la conciencia, y hoy se equipararía a una isquemia cerebral transitoria o a un tromboembolismo cerebral leve.

Cuando retorna a Colombia en 1874 y es elegido senador por el Estado de Bolívar, es un hombre de 49 años debilitado y agobiado por una enfermedad crónica, que todavía le permitía algunos escasos lapsos de tranquilidad. El lujurioso ya no existía: poco antes de casarse con Soledad Román, en un matrimonio civil en julio de 1877, le escribe a su amigo Luis Carlos Rico: “la hora de la calma ha sonado para mí”. En 1878, al pronunciar el discurso de posesión del presidente Trujillo, fue cuando expresó la famosa frase que le valió el apodo histórico de Regenerador: “El país se promete de vos, señor, una política diferente, porque hemos llegado a un punto en que estamos confrontando este preciso dilema: regeneración administrativa fundamental o catástrofe”.

Mientras su poder político aumentaba y se fortalecía, dando batallas intelectuales memorables contra los liberales radicales, debió sentirse cada vez más enfermo, pues al ser nombrado presidente por primera vez, en 1880, no se posesionó de inmediato y viajó primero a Curazao, en compañía de Soledad, para ser examinado por “un especialista en enfermedades intestinales”.

En esta época debió iniciarse o agravarse otro síntoma vergonzoso, que ha sido señalado de manera escueta por dos de sus biógrafos, Estrada Monsalve en 1946 y Santos Molano en 2010: la incontinencia de sus esfínteres. Ahora bien, ninguno de los dos aclara la fuente bibliográfica de este dato ni especifican nada más. Sin embargo, a partir de la pesquisa clínica que he venido realizando me parece coherente proponer que tuvo una incontinencia fecal, y no urinaria, pues este síntoma tiene una relación profunda con sus otras manifestaciones gastrointestinales, reumáticas y emocionales.

Logró terminar su mandato en abril de 1882. Volvió a Cartagena, y sus amigos lo convencieron de presentarse a las nuevas elecciones presidenciales. El 23 de octubre de 1882 gana por segunda ocasión la Presidencia. Pero, de nuevo, está tan enfermo que deja encargado al vicepresidente Hurtado y regresa a Curazao, donde su médico de enfermedades digestivas.

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Rafael Núñez fue un niño enfermizo, delgado, con un estrabismo congénito, de brazos largos y desproporcionados, estatura mediana, y con un tórax estrecho y en forma de paloma.

Al comienzo de la guerra civil de 1885 Núñez colapsa y un grave episodio de disentería lo obliga a ser atendido por médicos colombianos. Durante varias semanas se pensó que moriría. Incluso, los radicales hicieron correr el rumor de que había fallecido envenenado por los conservadores con la complicidad de doña Soledad. Por ello, sin recuperarse lo sacaron al balcón a saludar para desvirtuar el perverso infundio.

El sueño de plasmar sus ideas políticas en la Constitución es la causa de que aceptara una tercera Presidencia, pero su deplorable estado de salud lo obliga a solicitar al Congreso, el 31 de marzo de 1886, separarse del cargo por “necesidades de salud”.

El 7 de agosto de 1888 deja encargado a Carlos Holguín de la Presidencia y regresa a su refugio cartagenero de El Cabrero, para no volver a salir nunca más, pues cuando es nombrado presidente por cuarta vez, en 1892, desde un principio el encargado fue Miguel Antonio Caro. Que la enfermedad de Núñez fue empeorando se puede demostrar por los retratos y fotos que se le hicieron en esos años. También por los testimonios de quienes lo visitaron en los últimos meses.

La fragilidad física de Núñez, la fatiga constante y su deterioro nutricional progresivo y acelerado contrastan con su lucidez intelectual, la cual conservó hasta los últimos días de su vida. Sus artículos de prensa, en El Porvenir, muestran su claridad política y sus lecturas voraces de diversos temas, así como su interés en las prácticas médicas alternativas: las investigaciones sobre histerismo del neurólogo Charcot, las teorías de Mesmer y el magnetismo animal, el hipnotismo. En parte, estas búsquedas eran las de un enfermo crónico y grave, que se resistía a morir sin saber el origen de sus dolencias, y que había descreído de los médicos, pues meses antes de su deceso le había dicho a Soledad: “yo le tengo miedo a los médicos y a los menjurjes, y como usted sabe, prefiero la homeopatía”.

A comienzos de septiembre de 1894 se quejó ante Soledad de que estaba perdiendo la memoria de los nombres de las personas conocidas, y ella notó que el párpado izquierdo se le había caído. El 6 de septiembre su secretario, Julio H. Palacio, refiere que Núñez le dijo que le ayudara a ponerse el saco porque tenía el brazo derecho paralizado, y que sentía “el cerebro como una esponja seca a la que se aprieta y no le sale nada, casi que no puedo escribir mi telegrama”.

El 14 de septiembre, luego de fumarse una “calilla de Ambalema”, se levantó del lecho y cayó hacía atrás. No volvió a pronunciar ninguna palabra, aunque su esposa refiere que entendía todo. Cuatro días después, el 18 de septiembre, a las 9 y 30 de la mañana, dejó de respirar y murió.

III

¿Existe una enfermedad que explique todos o la mayoría de los síntomas que presentó el enfermo crónico Rafael Núñez? Sí la hay. Mi hipótesis es que tuvo la denominada Enfermedad Inflamatoria Intestinal, EII, que puede cursar con la diarrea crónica intermitente acuosa y sanguinolenta, con la incontinencia fecal, con la fatiga, con los episodios intercalados de estreñimiento, con la perdida de peso, la inapetencia, las molestias epigástricas y abdominales, y está asociada a los ataques de reumatismo, a las úlceras en la boca y la garganta, a los estados depresivos y a un incremento de la posibilidad de complicaciones tromboembólicas. Esta patología tiene un espectro genético, y recordemos que los padres de Núñez eran primos.

Además, el cuadro de los últimos cuatro años de Núñez es un evidente síndrome de malabsorción intestinal progresivo, que puede estar causado por la Enfermedad Inflamatoria Intestinal avanzada, y explica su notorio estado caquéctico y su anemia. La angustia de Núñez y sus intentos de convertirse en su propio médico homeópata se debieron a que la medicina científica de su tiempo no conocía la patología que lo agobiaba, y solo hasta comienzos del siglo XX se identificaron la colitis ulcerativa y la enfermedad de Crohn, dolencias asociadas a la EII.

Desde que supimos que Núñez murió pobre y renunció a la pensión vitalicia que le ofreció el Congreso quedó claro que las acusaciones de corrupto eran injustas y mentirosas. Ahora, que espero haber demostrado que fue un enfermo crónico y que sufrió mucho, pienso que los epítetos de obsesionado por el poder y ambicioso de los honores deben sepultarse en los discursos de odio del pasado; y reconocer hoy, conmovidos, que este hombre sí pensó siempre en los intereses colectivos de su país, por encima de él mismo, así se haya equivocado en ocasiones.

 

* Imagen principal: Óleo de Rafael Nuñez del pintor Epitafio Garay (1891)

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