Eso me pasa por sapa

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Septiembre 2022

Intenté celebrar la diversidad de los cuerpos femeninos y descubrí que mi mensaje no era del todo positivo para muchas. A veces la empatía por situaciones que uno no conoce o no ha vivido en carne propia puede ser contraproducente. SEPARADOR

Hace unos meses estaba procrastinando en Instagram y me topé con el video de una muchachita española divina, mucho más joven que yo, con un cuerpo a todas luces perfecto, aunque el punto de su video era mostrar que era imperfecto. Apretaba duro la cola para mostrar que tenía celulitis, acercaba la cámara para que se vieran dos o tres estrías y un par de granitos en la cara. Pensé que, a pesar de ser exhibicionista, yo jamás habría publicado una foto mía con la que me sintiera incómoda a nivel estético, en donde saliera mi celulitis, mi papada o las manchas de la piel que intento cubrir con base o con polvos desde muy joven. El video tenía, entre otros, este hashtag: #DosisDeRealidad. Me sentí fascinada por el mensaje que lo acompañaba y me pareció muy valiente y temerario mostrarse así. 

Así, impulsiva como soy y sin pensar, aproveché que estaba en vestido de baño (nadar hace parte de mi rutina de salud mental, más que física), cogí el celular y me grabé. Que vivan las imperfecciones, puse imitando a la influencer española: las pancitas, la celulitis, las manchas, los morados, las ojeras. En mi caso, creo que las imperfecciones eran más evidentes. Intuía que estaba metiéndome en un terreno que a lo mejor no me correspondía, pero me pareció un mensaje positivo de todas formas. Mencioné a varias divas que admiro (gordas, flacas, altas o bajitas, pero todas bellas a mi parecer) y las invité a seguir el ejemplo. No hubo respuesta. Una de ellas, por cierto, era una amiga mía que es gorda. Sí, no hay manera de decirlo sin entrar en eufemismos y ella misma lo dice sin remilgos: es gorda. 

Yo sé. Para hablar de gordo y de flaco habría que definir gordo y flaco primero y aceptar que los parámetros no son iguales para todos. Una de mis mejores amigas, experta en estos temas de la relación con la comida y con el cuerpo, me ha tratado de reeducar explicando que muchas veces no es preciso utilizar el tal índice de masa corporal para determinar si una persona tiene sobrepeso o delgadez extrema y que no existe tal cosa como el peso correcto. 

A mí me cuesta trabajo entenderlo porque siempre creí que son leyes de física pura: ¿cuánto peso pueden soportar las rodillas de una persona de tal estatura? De hecho, siempre creí que la anorexia no es un término que hable del peso real de una persona, sino de la idea errónea que esta tiene de su cuerpo y que no corresponde con la realidad. Lo mismo con otro trastorno que no conocía antes que se llama fatorexia. Las personas anoréxicas se creen más gordas de lo que son y las fatoréxicas se creen más flacas de lo que son. Hecha esta digresión, vuelvo a mi historia. Yo, que siempre me he creído más bastantona que magra, decidí mostrar mis imperfecciones… y entonces mi amiga me escribió. 

“Ay, Marga”, me puso con cariño. “Cada vez que una mujer como tú trata de mostrarse imperfecta o como una aliada de nosotras las gordas, me pasa algo que es incómodo. Te lo digo porque sé que no te lo vas a tomar como una pelea, pero me siento peor de lo que me sentía acerca de mi peso cuando veo videos como el que compartiste”. Yo obviamente esperaba ataques al respecto por abanderarme de causas que no me correspondían directamente, pero decidí hacerlo de todas formas porque sentía que así apoyaba la causa de muchas mujeres que sufren con sus cuerpos. Pensé, además, que mi video era más empático que el de la española porque mi cuerpo sí estaba fuera de los parámetros establecidos, mientras que el de ella era casi un molde para marcar los estándares aceptados por la sociedad. 

Con estándares me refiero a que yo tampoco quepo en las tallas únicas de las tiendas de ropa, y a veces ni siquiera lo hago en las tallas más grandes de algunas marcas que, no sé por qué, parece que vendieran tallas para niña. Había sido lo suficientemente precavida y en el pie del video había escrito que en eso de mostrarnos al natural cabíamos todas, pero la conversación que siguió con mi amiga me hizo ver que no tanto, que me quedaba más bien grande ese vestido de “mujer fuera de los estándares” del que me había querido apropiar para inspirar a otras a aceptar su cuerpo tal como era. Sapauno

Yo podía defenderme de los ataques, pero no  esperaba  una confesión tan sincera y amorosa. De repente toda su vulnerabilidad estaba ahí, frente a mí. Lo que parecía un acto sincero de empatía se volvía, sin querer queriendo, un señalamiento más, pues a los ojos de muchas mi físico no me daba derecho a entrar en el paquete de quienes realmente han sufrido todo el peso de la incomprensión social por el volumen que ocupan en el mundo. 

Me vuelvo un ocho tratando de entender y plasmar esta experiencia aquí y lo hago precisamente para generar una conversación más abierta a través de la anécdota, porque me he dado cuenta de que a veces la más acertada de las empatías es simplemente callar. Supongo que debe ser como lo que yo siento cuando otra persona habla de que está deprimida porque lleva unas cuantas horas, si acaso días, sin ánimo de nada: me da rabia que alguien que no sepa de verdad lo que es sufrir en carne propia esa seria y tortuosa condición trate de abanderarse de un tema tan delicado para mí y que, además, lo banalice. Asumo que decirle a alguien violentado sistemáticamente por su cuerpo "quiérete" desde un cuerpo privilegiado es como cuando alguien que no sufre de depresión me dice "ánimo", a pesar de que debería agradecer que hoy por hoy cualquiera ponga el tema sobre la mesa, así sepa o no sepa lo que es padecerlo. 

Podría haber zanjado la conversación diciéndole que la mujer que me había inspirado a hacer el video era mucho más esbelta, joven y bella que yo, lo cual habría puesto de manifiesto que siempre hay alguien más o menos algo que uno y que al final, si queremos ser justas, sólo deberíamos compararnos con otras versiones de nosotras mismas. Pero con sólo decir que el cuerpo de la española me parecía perfecto ya estaba dando señales de que yo también me comparo con otras mujeres y que también acepto unos estándares que creo iguales para todas, pero no lo son. 

En el mundo de mi amiga, que se cataloga a sí misma como gorda, yo soy perfecta. En mi mundo, el de una mujer que jamás ha sido diagnosticada con sobrepeso, pero que nunca ha cumplido con el peso o las medidas de una reina de belleza, ni mucho menos de una modelo, el cuerpo de Cristina Verdú, la española, es perfecto. Con perfecto me refiero a que es ideal, a que es el cuerpo que yo llamo perfecto porque es al que secretamente aspiro o el que alguna vez tuve en mis años de adolescente. Y aspirar no está mal. No tener lo que Cristina Verdú tiene tampoco me da derecho a creer que para ella la vida ha sido más sencilla. Sería arrogante de mi parte, como descubrí que fue arrogante de parte de otra mujer, Magdalena Piñeyro, abanderada contra la gordofobia, hacer un video burlándose de la Verdú y luego un live explicando por qué borraba su burla.

Entonces ¿qué es lo que me hizo sentir tan tocada por la confesión de mi amiga? A lo mejor fue que comprendí que, aún aspirando a otro cuerpo, yo puedo decir que en términos generales me gusta lo que veo cuando me miro al espejo, más allá de estar gorda o flaca. No tengo ni idea de lo que significa mirarse al espejo y avergonzarse durante años, hasta el punto de odiar el propio cuerpo. Hablar desde ese lugar de comodidad sobre la imperfección no fue para nada empático de mi parte con quienes no están cómodas y/o cómodos en sus cuerpos. Gracias a la manera en que mi amiga supo decirlo sin agredirme de vuelta (porque ahora entiendo que se sintió agredida) me quedé con esta pregunta: ¿Será que si intento ser una aliada en temas que no me han atravesado como una daga, tal como trata un hombre de apoyar el feminismo, terminaré siempre metiendo la pata o hiriendo susceptibilidades en vez de ayudar a sanar? A lo mejor esta conversación que dejo abierta lo responda.

 

 

 

*Margarita Posada J. es periodista, escritora y autora del libro sobre depresión Las muertes chiquitas (Planeta 2019)

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