Diferencias entre un niño inquieto, necio o malcriado

Por: / Ilustración: Paula Ortíz / Septiembre 2022

Los niños son inquietos porque están explorando el mundo. Sin embargo, es importante diferenciar las actitudes naturales del mal comportamiento. ¿Cómo reconocerlas?

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Rotular a un niño como necio o malcriado es un error si no se tienen en cuenta aspectos como su edad, su interés por explorar y hasta la misma forma de fijar límites de sus cuidadores, padres o colegio.

Un ejemplo de ese rótulo se lo ganó el hijo menor de los príncipes de Inglaterra Kate y William, quien se dedicó a sacar la lengua, hacer monerías y desordenar un protocolo real. La imagen, que se volvió viral, puso a hablar a muchos de la “necedad” del pequeño. 

Pero lo único que estaba haciendo el niño era eso: ser niño. “Qué va a entender de protocolos un chico de tres o cuatro años, aburrido después de estar más de 20 minutos en un evento de adultos. Hizo lo que cualquier otro niño de su edad haría, ponerse inquieto”, afirma la doctora Natalia Vélez, psicóloga de la Clínica Santa María del Lago de Sanitas en Bogotá.

Por su parte, el psiquiatra infantil Gustavo Lara, adscrito a Colsanitas, explica que por lo general los niños traviesos hacen cosas como las que vimos en aquellas imágenes, porque se aburren de la situación, “por eso se inquietan, sacan la lengua, hacen carantoñas o se mueven en su puesto, pues claramente son protocolos para adultos que ellos no tienen edad para entender”.

Lara aclara además que no se puede considerar como una grosería una actitud de esta naturaleza en un niño menor de seis años, pues el desarrollo cognitivo va evolucionando en la medida de su crecimiento, por ello pueden aburrirse y estar inquietos en ceremonias de adultos. “La exploración va ligada a la edad, por eso debemos preguntarnos si realmente el niño está en el lugar indicado, qué edad tiene, qué comprensión tiene de un evento solemne en donde se le exige silencio, por ejemplo”, comenta.

Cada etapa trae sus comportamientos

Ahora bien, como lo explica la doctora Catalina Ayala, psiquiatra infantil del centro Campo Abierto de Colsanitas, “es indispensable saber en qué etapa de su neurodesarrollo está el niño o niña, pues estos comportamientos suelen esperarse en los más pequeños”.

Así, desde que nace y hasta el primer año el bebé está en una intensa etapa de exploración, por eso se lleva todo a la boca, lo saborea, lo chupa. Luego, desde el primer año y hasta los dos, comienza una interacción a través del lenguaje y de sus manifestaciones verbales. Por eso imita sonidos y sigue llevándose todo a la boca, es normal y natural que la comida se le caiga, no lo hace por maldad, está en el momento de experimentar.

De los tres a los cuatro años ya comienza un relacionamiento a través de su contexto, por ejemplo, en el jardín con la integración a sus compañeros, antes de pedir las cosas prestadas, seguramente las va a rapar. Lo importante, explica la doctora Vélez, es no catalogarlo como malcriado o necio, “él no sabe cómo pedir prestadas las cosas, este va a ser un proceso que deben ir indicando sus padres y maestros, para generar la integración con sus pares”.

Luego, de los cinco a los siete años, el proceso cognitivo evoluciona y va ganando más habilidades sociales. Es un chico o chica que ya tiene algunas normas y límites para actuar en su mundo y con sus compañeros o hermanos.

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Límites y pautas

Para establecer límites y pautas con un niño es necesario saber qué manejo se le está dando en la casa, pues en muchas ocasiones los padres dicen “en casa se porta muy mal, en cambio en el colegio no hay queja”.

En esos contextos se debe analizar cuáles son las normas y los límites y cómo se hacen cumplir en casa, pues hay padres permisivos. También es necesario analizar si el niño está durmiendo y comiendo bien o si hay problemas en el hogar, porque todos estos factores alteran su comportamiento. Es decir, es importante analizar su entorno.

El límite se sobrepasa cuando se comportan de manera rebelde, hacen pataletas descontroladas, no respetan los límites (rompen vidrios, dañan puertas, estrellan objetos contra el piso, maltratan a una mascota), y, ante todo, hay una clara intención de hacer daño al otro. En este caso se deben considerar conductas de riesgo y es necesario consultar a un especialista. 

De acuerdo con la explicación de la doctora Natalia Vélez, “hay que prender alarmas cuando el niño (incluso en el jardín) golpea a sus pares de forma repetitiva y no hace ajustes ni sigue reglas en casa, cuando no hay control de los impulsos. Cuando este comportamiento se repite por más de tres meses es urgente consultar”.


*Periodista especializada en maternidad y crianza.

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