Mi nuevo peor amigo: correspondencia

Por: / Fotografía: Juan Fernando Ospina / Diciembre 2021

Cuando se entera de que tiene un cáncer, el autor no pierde su buen ánimo y decide hacerle reportes por carta a su familia sobre lo que va pasando y va sintiendo. El resultado es un testimonio cálido y esperanzador sobre lo que es vivir con esta enfermedad.

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Comunicado Nº 1

Algunos tratadistas aconsejan dar las malas noticias el sábado. Entran como con anestesia. Así que al grano: tengo un nuevo peor amigo dentro de mí. El diagnóstico que dieron los médicos después de analizar una masa que me extrajeron de la cadera-muslo izquierdo, es que soy flamante propietario de lo que llaman “neoplastia mesenquimal maligna compatible con tumor maligno de vaina nerviosa periférica”.

Eso y otras cosillas que no incluyo en este parte porque tampoco lo entenderíamos, quiere decir que me visita un sarcoma, que es lo mismo que cáncer. Parafraseando a Pambelé, es mejor estar aliviado que enfermo. Pero tengo ese visitante al que le doy la nada cordial bienvenida a bordo y le informo que espero darle una bella batalla, con la solidaridad y luces de todos ustedes. Todo vale, buses a todos los barrios, damas no pagan, como se decía antes.

Después de una primera cirugía quedaré por cuenta del oncólogo, que es un ducho en tumores perversos. Él dirá cuál es el procedimiento más conveniente para enfrentar este achaque, que me llega a los 67 años y un mes.

Hay dos escuelas para enfrentar al intruso, según dice mi médico tratante: radioterapia y quimioterapia, después de la cirugía. Mi médico, el doctor Cortés del Valle, se inclina por la primera opción, que es más benévola. Pero, como les digo, todo depende del oncólogo.

La petición que les hago es que no me le hagan bulla al extraño visitante y que lo dejemos para nosotros. Lo digo porque hay la experiencia de que muchos, con el deseo de inyectar optimismo, te van decretando el paso al Más Allá, y yo estoy muy amañado en el Más Acá.

Si me entrevistaran del The New York Times, respondería que no me duele una muela; que estoy divinamente, como dicen los rolos. Y luego de la cirugía en la clínica Reina Sofía sigo con mis actividades diarias, sin reposo. Hay Óscar Augusto para rato. Claro, si el que baraja y da las cartas no dispone otra cosa. Como querrán estar al tanto de mi evolución les estaré enviando comunicados periódicos por esta vía, pero solo cuando haya algo relevante para contar: entenderán que estaremos muy concentrados en lo que tenemos que hacer.

4 de diciembre de 2012

Comunicado Nº 2

Mi oncólogo de Colsanitas tiene la pared ametrallada de diplomas, lo que me llena de sano optimismo sobre el futuro de mi salud. Ya me vio una primera vez, me calculó el revuelto y me mandó hasta examen de conciencia. Que no falten resonancia magnética, TAC y yerbas afines. Necesita saber cómo estoy por dentro para definir el nuevo paso. Mientras le llevo los resultados afila el bisturí, porque no me escapo de una segunda cirugía. Habrá más puntos en mi biografía.

Le pregunté de qué da el cáncer y me bajó la caña: “No sé”, fue su respuesta. No le creí mucho, pero el dueño del bisturí siempre tiene la razón. Me dejó en manos del laboratorio de Colsanitas y viajó. Estará de regreso el miércoles para atisbar mi interioridad y definir el modus operandi, como decimos quienes estudiamos latín en el seminario. Mantendrá estrecho diálogo con el cirujano que me intervino la primera vez. Eso me anima: ya son dos los discípulos de Hipócrates que van en este paseo.

Con ellos y con los buenos deseos y energías de todos ustedes no tengo pierde. Son tantos los santos a los que estoy encomendado que cuando me cure del todo, no sabré a quién darle las gracias. De pronto, sin mucha originalidad diré: Gracias Espíritu Santo por los favores recibidos. Ahí estará incluido Raimundo y todo el mundo. Lo siento con mi nuevo peor amigo pero la gavilla que le estamos haciendo no tiene nombre.

Debo decirles que no me duele nada y que mi actividad sigue su marcha. Soy gallo en el calendario chino, y al parecer soy un gallo de pelea. Un tanto más frágil, pero gallo al fin y al cabo. Aquí en mi pequeño estudio me acompaña la foto de uno de estos altivos ejemplares al que carga un anciano. Nos entendemos bien gallo, anciano y yo.

Generalmente vivo despreocupado del asunto, pero noticias como la reincidencia del cáncer en el presidente Chávez, de Venezuela, me despabiló. Ya miro al vecino venezolano con otros ojos. Más amablemente, para decirlo de alguna forma. En televisión se le veía un tanto abatido, dándole el espaldarazo a su delfín, el vicepresidente y excanciller Maduro, que tiene cara de muñeco de ventrílocuo, o de niño siempre regañado. Dijo también que los dolores que ha sentido son importantes pero que arrancaba para Cuba a una nueva operación, porque el cáncer le repitió.

Seguiremos informando. Suerte, salud, longevidad, les deseo al mejor estilo chino.

12 de diciembre de 2012

Comunicado Nº 3

Como ya sabrán, hay buenas noticias. La resonancia magnética y el TAC, que lo monitorean a uno por dentro, concluyeron que no hay metástasis del cáncer que ha tenido a bien hacerme visita, ojalá de médico. Mi oncólogo y un ducho en huesos (ortopedista y traumatólogo) tradujeron los exámenes y concluyeron que por ese lado no hay problemas. El visitante sigue ahí muy sí señor, pero el médico que me echará bisturí en enero me autorizó a comer buñuelos y natilla. “Nos vemos en enero, después de otra resonancia que pondrá las cosas en su sitio”, nos dijo el hombre, un pastuso de cargaderas muy divertido.

Miró la cremallera (es decir, puntos de la anterior operación) y no vio señales de alarma. “No soy amigo de operar por operar”, agregó el hombre. También su pared está plagada de diplomas que le dan tranquilidad al paciente. Soy de los que se alivian viendo un diploma. Si es en inglés, todavía más. Arribista hasta el final.

He aprendido que en estas circunstancias no se debe poner uno demasiado contento cuando las noticias son buenas, ni excesivamente triste cuando son malas. Por lo pronto, decidí disfrutar de estos gozosos.

Poco a poco me voy volviendo ducho en el arte de batutiar achaques como este. Por ejemplo, tengo en el menú un brebaje casero a base de miel, penca sábila y una copa de aguardiente o brandy, para alejar al visitante. He empezado a mirar con mejores ojos el brócoli, que dizque saca pitando también al advenedizo aquel.

Hasta mis lecturas han empezado a cambiar. Me acompañan libros del autor de El poder del ahora, Eckhart Tolle, y de Deepak Chopra, que estoy empezando a despachar: Reinventa tu cuerpo, resucita tu alma. Uno más que me ha encantado es Anti-cáncer, de David Servan-Schreiber.

Siempre he creído que deberíamos vivir como si acabáramos de sobrevivir a una muerte segura. Es una forma de empezar a vivir todos los días. Me despierto en las madrugadas y me asombra el hecho de estar vivo. La vida es ya de por sí suficiente regalo.

Me emociona ver la pareja de colibríes que decidieron hacer su nido en el pino que nos hace compañía. Me hacen sentir la alegría de vivir.

16 de diciembre de 2012

PeorAmigo CUERPOTEXTO

"Siempre he creído que deberíamos vivir como si acabáramos de sobrevivir a una muerte segura. Es una forma de empezar a vivir todos los días".

Intermedio: Carta de despedida

Gloria, hijos queridos:

No les estoy diciendo adiós sino hasta por la tarde, después de mi cita con el bisturí. Pero, por lo que “potes potingues” (o sea: por lo que pueda pasar), quiero decirles que valió la pena vivir solo por compartir con ustedes buena parte de mi andadura.

Lo pude haber hecho mejor, pero bueno. Será en otra ocasión. Doy gracias al Dios de cada uno de nosotros por haberlos puesto en mi camino. Ustedes hacen el mundo mejor. Recuerden lo bueno de este pecho. También lo malo (para no imitar). De ambas condiciones estamos hechos.

Gracias por los nietos: Sofia Mo, Mateo y Patrick George, nuestra prolongación. Me habría gustado tener más tiempo para verlos crecer, amar, angustiarse, hacer el bien. Invitarlos a un helado, a comer en el mejor restaurante del municipio.

Gracias por la nuera y el yerno, Josephine Margaret Julia y Joshua Dean, que los hicieron padres. No tengo mayores bienes para dejarles. Saben bien que a mí la plata me la dieron en gente, empezando por padres y hermanos, en orden cronológico. Bueno, si no les dejo apartamentos en París, Roma, Rio, Melbourne, Nueva York, los dejo a ustedes con ustedes mismos. No puedo ni quiero ser objetivo pero ustedes son del carajo. El mundo queda muy bien acompañado. Gloria Luz fue de lejos la mejor mujer de todas mis vidas. Me la cuidan y me la miman.

Los amo, mucho, profundamente.

Comunicado Nº 4

Finalmente, tuvimos ayer la consulta con el doctor Escandón Villota, ortopedista oncólogo, quien nos dio un parte de normalidad en relación con mi nuevo mejor amigo. Me revisó la cremallera (los puntos de la segunda cirugía) y vio que todo estaba bien, como Dios cuando lo creó todo. “Perfecto”, dijo (Escandón, no Dios).

El discípulo de Hipócrates estaba reposadamente optimista. Tanto que yo me dije: “Estoy curado”. Y me estoy gozando la buena salud, “con cierto ritmo y en cierta proporción”. En este momento podría decir que soy el enfermo más aliviado del mundo.

Pero los médicos son los médicos, y el doctor Escandón decidió que si bien hay espacio para la alegría hay que ir sobre seguro, despacio y con buena letra. Y aquí se redujo un tanto mi optimismo.

Escandón leyó el informe de patología de la Clínica de Marly. O, para ser más certeros, el diagnóstico clínico en relación con el sarcoma del glúteo izquierdo, que dice:

Lesión fusocelular sin criterios histológicos de malignidad cuya histogénesis y conducta histiológica debe definirse con INMUNOHISTOQUÍMICA. Se sugiere autorizar INMUNOHISTOQUÍMICA (8 marcadores) para definir histogénesis y conducta biológica de la lesión.

O sea, de nuevo mis glúteos, o bueno, parte de lo que me sacaron en la segunda cirugía, va al laboratorio, que siempre tiene la última palabra. Escandón dijo que aparte de estos resultados de la “inmuno...”, en dos meses me mandará otra resonancia magnética para ver cómo marchan las cosas. Estar atentos es clave en estos casos.

Que sirva de ejemplo para todos los destinatarios de esta correspondencia. El nuevo mejor amigo no respeta pinta y puede visitar a cualquiera. La prevención es clave, en estos y en todos los asuntos que tengan que ver con la salud de la que he disfrutado en los últimos 67 años. Y aún ahora, porque la situación ha sido totalmente llevadera.

5 de febrero de 2013

Comunicado Nº 5 (y último)

El doctor Escandón Villota, enrazado en santandereano y pastuso, dio en el clavo, y en la segunda cirugía me dejó sin células cancerígenas. Estoy libre del nuevo mejor amigo, como terminé denominando el cáncer que me visitó.

Se pueden echar las campanas al viento. Bueno, no todas, porque este personaje, el cáncer, suele regresar. Por lo pronto, Bisturí Escandón le pidió a Gloria brindar con champaña por mi salud. Y lo hicimos en un restaurante de Usaquén, por invitación de mi cuñado y su esposa. El sitio no podía ser mejor: el parque de Usaquén se convirtió en el lugar más visitado durante nuestro noviazgo, que hace 40 años convertimos en matrimonio.

21 de febrero de 2013

Finale: carta de agradecimiento

Doctor Escandón, saludos mil.

Hoy hace un año me echó bisturí en la Marly bogotana y despachó el cáncer que me iba pierna arriba. Bueno, por lo menos ese nuevo amigo-enemigo que me visitó no ha vuelto a dejarse ver. Estoy muy agradecido con usted y su equipo.

Para mantener a raya la enfermedad me he hecho los chequeos pertinentes siguiendo las pautas de los médicos que me siguieron atisbando aquí en Medellín, algunos de ellos aventajados alumnos suyos. Se puede dar por satisfecho, porque sus pupilos han hecho bien la tarea. Recuerdo lo que nos dijo usted días antes de operarme: “Ellos lo pueden hacer tan bien como yo”. Finalmente, usted agarró el toro por los cuernos y me tiene en circulación.

Eso sí, con una cremallera en el muslo izquierdo que me delataría en caso de que me dictara ser un malandro. Por la cicatriz me reconocería la Interpol, o cualquier policía de un sol.

Le cuento que finalmente le escurrí el bulto a cualquier cirugía estética. La cremallera la asumo como una condecoración ganada en combate. Además, darle gusto a la vanidad cuando he entrado a la edad del erotismo (69 años) es poco menos que un despropósito. Así como usted me dejó marcharé rumbo al horno crematorio.

Muchas gracias por la cirugía. Usted nos describió casi que con fruición la forma como procedería. Se le hacía agua la boca. Dibujó en un papel lo que había hecho el colega suyo que operó primero. Usted dijo que ampliaría el espectro de la parte enferma que extraería. “Saqué todo”, recuerdo que dijo después, con la alegría de Colón cuando pisó tierra americana y se encontró con unas indias de bandera.

Un año después puedo decirle que no me duele una muela, doctor Escandón. Hasta para enfermarme he sido de buenas. He tenido tan buena salud que me tendré que morir de aliviado. “Y el día esté lejano”, como dice un poeta de por acá. Aunque ustedes los nariñenses no están nada mal de poetas, con Aurelio Arturo en primera fila.

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"Hoy hace un año me echó bisturí en la Marly bogotana y despachó el cáncer que me iba pierna arriba. Bueno, por lo menos ese nuevo amigo-enemigo que me visitó no ha vuelto a dejarse ver".

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En usted, en ustedes los médicos —y los demás profesionales con los que trabajan—, se cumple a cabalidad el mandato del Dalai Lama: comparte lo que sabes, es una forma de alcanzar la inmortalidad. Para mí, usted y sus colegas son inmortales que compartieron y comparten conmigo sus habilidades para mantenerme vivo en este acabadero de ropa que es la vida.

Me tienen disfrutando de familiares y amigos, mirando atardeceres, amaneceres. Puedo abrir y cerrar una ventana, veo aterrizar aviones, crecer las plantas, puedo leer, escribir, que es lo que me ha permitido levantar para los garbanzos.

Además, asisto al crecimiento de los tres nietos, que tienen en este abuelo a su bobo propio. Vivir simple, sencillamente, sin estridencias, como los pájaros cucaracheros, es mi norte hoy en día.

Cuando oí la palabra cáncer después de los exámenes que me hicieron en Colsanitas, me asusté como lengua mortal decir no pudo. Máxime cuando una enfermera que tuvo acceso a los exámenes me saludó con esta perla: “Ahora sólo le queda rezar”. Hasta testamento les hice a mi señora y a mis dos hijos. Claro que la descripción de mis bienes cabe en media servilleta, pero bueno. No es mucho lo que tengo para dejarles, salvo unas ganas bárbaras de vivir hasta que san Juan agache todos sus dedos.

Sentí la angustia, el desconcierto, el estupor, el culillo —uno de los nombres del miedo— de quienes padecen los rigores del cáncer avanzado. Me veía chupando gladiolos. Hasta alcancé a decirme que si tenía una segunda oportunidad sobre la tierra sería de tal y tal forma. O sea, que cambiaría radicalmente. Hasta volví a creer en Dios. Ya aliviado, he vuelto a ser el mismo petardo de siempre, escéptico en sus ratos de ocio. Menos mal Dios se muere de la risa con los “ateos” de dos pesos como yo. Trabaja para todos, creyentes y no creyentes. “Es su oficio”, como dijo algún filósofo alemán.

Prometí darme más al prójimo en esta segunda oportunidad, pero esa asignatura la tengo pendiente. Espero no desocupar el amarradero sin hacerlo. No le quito más tiempo, doctor Escandón. De nuevo mil y mil gracias a usted y a sus colegas en Hipócrates que bregan con este pésimo paciente. No sirvo para estar enfermo. Pero el cáncer me permitió entender mi fragilidad, me notificó que con un escueto soplo puedo abandonar la pasarela, y que más vale que siga confiando en ustedes. Como que no soy inmortal…

 

Periodista colombiano, fue director de Colprensa. 

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