Los días que uno tras otro son el tenis

Por: / Abril 2022

 

El autor juega tenis todos los días desde hace más de 20 años. Ahora comparte con los lectores de Bienestar Colsanitas esta pasión incombustible.

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El tenis, durante mucho tiempo, fue para mí un amor platónico. Y el primer flechazo no surgió al verlo sino al oírlo: a través de la radio. Colombia acababa de ganarle a Estados Unidos en la Copa Davis. Algo que, según los locutores, constituía una gesta heroica del deporte nacional. Iván Molina y Jairo Velásquez habían derrotado, nada menos, a Estados Unidos, una potencia tenística. David contra Goliat: una fábula bastante seductora, aún más para un muchacho de 16 años.

El amor platónico creció cuando, poco después, pude ver en la televisión nacional la transmisión de un partido de exhibición entre Iván Molina y un tenista sudafricano que lo movía de lado a lado y luego lo humillaba con sus golpes cortos. Recuerdo que el público colombiano aplaudía al sudafricano y el comentarista nos explicaba a los legos, como yo, que en el tenis era así: también se aplaudían las buenas jugadas del rival, “porque es un deporte de caballeros”. Decidí que me gustaría practicar ese deporte. Casi de inmediato entendí el abismo entre la realidad y el deseo: no éramos socios del único club de Ibagué donde había cancha de tenis, y una caída de un árbol a los seis años —mal tratada por un médico— me había dejado el brazo derecho anquilosado. Creía que eso me hacía imposible el movimiento para el servicio. Así me pareció, sin ninguna razón lógica: en aquella época jugaba basketball en el equipo del colegio, objetivamente algo más difícil para la limitación que tenía. En fin, me olvidé del tenis y me quedé, muy complacido, con el basket y los partidos de banquitas del barrio.

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Me vine a Bogotá a estudiar y seguí con el basket y el futbolito. Cerca de la residencia estudiantil había una universidad donde se podía jugar baloncesto entre semana y un parque donde los sábados y los domingos se formaban unos campeonatos de banquitas memorables. Pero el tiempo pasó y el combo se abrió: hubo que buscar otros deportes menos colectivos. Yo encontré, gracias a mi suegro, la bendita natación, que iba a ser el deporte que practicaría el resto de mi vida cuando un día, por casualidad, en el club en el que era socio, me dio por acercarme a la cancha de tenis y preguntar si podía tomar clases. De eso hace exactamente 23 años, y hoy me queda difícil imaginar la vida sin el tenis.

Desde entonces he jugado tenis casi todos los días. Digo casi todos porque los lunes no hay servicio en el club y existen los jueves y los viernes santos, el 25 de diciembre y el prime - ro de enero. Cuando viajo, de trabajo o de vacaciones, llevo la raqueta: ahora en casi todas partes se puede jugar. ¿Cuál es la atracción? ¿De dónde sale esa adrenalina que con trasnocho o sin trasnocho, con guayabo o sin guayabo, lo despierta a uno antes de las seis de la mañana con ganas de jugar? ¿Qué tiene el tenis que no tenga la natación, el deporte más completo? Me lo he preguntado muchas veces y creo haber encontrado la respuesta.

Es tan bonita la cancha de tenis en las mañanas, el color del polvo de ladrillo. Hay tanta sensualidad y tanto desahogo al golpear la bola con la raqueta. Y un olvido tan profundo de lo que somos al pensar única y exclusivamente en una bola durante hora y media. Poner la mente en blanco y olvidarse de lo que pasó y de lo que viene, del recuerdo y del anhelo. Estar solo en el presente, en el ser, como nos lo han pedido la poesía y el budismo zen. La mente en blanco y el cuerpo en movimiento. Después de jugar tenis, después de aislarse del tiempo, las ideas fluyen y la inspiración llega.

Pero no todo es mística. El tenis es terrenal y competitivo y por lo tanto abono para las mejores y las peores pasiones humanas: la nobleza, la compasión, la solidaridad, el egoísmo, la vanidad, la mentira, el odio y la sevicia.

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El tenis tiene diez golpes -diez mandamientos- que los jugadores aficionados y tardíos nunca llegaremos a dominar. Sin embargo, el aliciente de acercarse cada día a esos arquetipos sorteando el ridículo llega a ser un objetivo plausible. Con nuestro golpe menos malo y mucha inteligencia se puede sobrevivir decorosamente en la tercera categoría.

Ganar y perder. Dicen por ahí que “el fútbol te da revancha”. En el tenis, por sus reglas, ganar y perder es más frecuente y por lo tanto, la alegría y la tristeza se alternan de manera constante. No escasean el triunfo ni la oportunidad de revancha. Remontar un set que se perdía 1-5 es casi épico. Perder otro por una bola que vaciló en la malla y resolvió caer de nuestro lado. Pero mañana será otro día. Todo eso forja un carácter. Y ayuda a entender la vida y su cambiante rueda de la fortuna.

El tenis es un mundo cruel en el que el grande no solo se come al chico sino que lo desprecia: todos quieren jugar con alguien mejor y sacarle el cuerpo a alguien peor. Aunque en la práctica, a veces eso no es tan cierto. Podemos perder con cual - quiera o ganarle a cualquiera. Porque el rival más peligroso es uno mismo.

Solo queda esperar que, como decía Adolfo Bioy Casares, excelente escritor y devoto del tenis, en el cielo -si existe- tengamos la oportunidad de jugar un último partidito.

 

*Escritor colombiano.

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