Vivir sin alcohol

Por: / Ilustración: Liliana Ospina / Agosto 2020

¿Cómo se hace a un lado algo que está en todas partes? Algunas personas nos cuentan sus motivaciones, su experiencia y los aprendizajes que han encontrado llevando una vida en sobriedad.

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a primera vez que se emborrachó, Camilo Gómez tenía seis años. Fue en una boda familiar en la que él era el pajecito, y en medio de la fiesta confundió piña colada con colada de piña, tomó sin restricción y en pocos tragos cayó dormido. No recuerda nada de ese día, pero sus tías y primos siempre cuentan con humor la anécdota de su borrachera accidental. Aunque ese episodio no pasó a mayores ni fue determinante, ya en su temprana adolescencia a Camilo el alcohol le parecía algo normal. “Quizá a los 13 años probé mi primera cerveza y cinco meses después probé mi primer trago de aguardiente. Siempre me pareció delicioso”, recuerda este publicista pereirano hoy, cuando completa 110 días sobrio.

Anécdotas como la suya son frecuentes en Colombia. De acuerdo con cifras del Ministerio de Salud y la Encuesta Nacional de Salud Mental, el 87 % de los colombianos entre los 12 y los 65 años ha consumido alcohol. Por otra parte, el Segundo Estudio de Consumo de Alcohol en Jóvenes de la Corporación Nuevos Rumbos revela que un 47 % de los menores de edad en Colombia han consumido alcohol en presencia de sus padres y otros adultos. En otras palabras, aunque las restricciones sobre el consumo y venta de alcohol a menores de edad son muy claras y ampliamente conocidas, en Colombia el complejo panorama del consumo de alcohol comienza en la adolescencia, y en muchos casos con el aval de los adultos.

Vivir sin alcohol

Estas cifras también son, en parte, el reflejo de un rasgo muy particular que existe sobre el consumo del alcohol: aunque los efectos de su exceso son fuertemente divulgados y combatidos, existe la idea generalizada de que son socialmente más aceptables por tratarse de una sustancia legal. “Desafortunadamente, para el consumo de alcohol lo que sobran son excusas: la gente bebe si está feliz, si está triste, si se sienten emocionados o desilusionados…”, dice Indira Mondul, psiquiatra de Colsanitas especializada en adicciones.

En medio de la cantidad de excusas, por lo general pasa desapercibido un factor determinante: el alcohol actúa diferente en cada persona. “El cuerpo humano no necesita alcohol para nada, por eso se le considera una sustancia tóxica. Al ingerirla altera el funcionamiento de algunos sistemas de neurotransmisión: activa algunos e inhibe otros, pero en ambos casos hace que no funcionen correctamente”, explica Mondul. Es por eso que, dependiendo de la composición bioquímica, psicológica y social de cada persona, el alcohol genera comportamientos diferentes: algunos se ponen espontáneos, otros se intimidan, otros se entristecen, otros se adormecen y otros pueden aguantar una parranda hasta el amanecer.

“Yo usaba el alcohol para desinhibirme” dice Camilo Gómez. “Tenía muchos complejos en la adolescencia: pesaba 90 kilos, estaba empezando a descubrir mi orientación sexual y no era fácil llevar esto, más a esa edad… y el alcohol me hacía sentir más valiente, más seguro de mí mismo”. Así pasaron más de doce años, con el trago como respaldo, hasta finales de 2019 cuando comenzó a sentir que lo suyo con el alcohol siempre terminaba en excesos. El 31 de diciembre, como en una especie de ritual, se tomó un trago que sería el último, y en muy poco tiempo empezó a sentir cambios positivos. “Lo primero es no sentir el guayabo al otro día. Me despierto sin malestar y el día me rinde mucho más. También me ha ayudado para avanzar en mi rutina de ejercicio en el gimnasio, porque veo mejores resultados: me siento más ágil, más fuerte”. Héctor Peña —mecánico, bogotano, 53 años— tuvo motivos diferentes para dejar a un lado el alcohol. Como muchas personas, tomaba porque sí y sagradamente cada semana. “Para mi generación, que además fuimos criados en contextos tan machistas, lo normal es que los hombres tomemos mucho”, dice Héctor. Un día, a sus 26 años, se sintió mal del estóma - go. Su médico le dijo que tenía problemas de gastritis y en gran parte el alcohol había permitido que se de - sarrollara. Héctor decidió no volver a mezclar tragos y empezó a tomar solo whisky, por esa idea generaliza - da de que, por ser un licor fino, es menos dañino.

Presión social para tomar

Sin embargo, años después se vio de nuevo en el consultorio de un especialista porque el problema gástrico había vuelto. Decidió entonces dejar de tomar definitivamente.

La gastritis se fue con el tiempo, y también encontró un beneficio que no se le había pasado nunca por la cabeza: empezó a ahorrar plata. “Cada semana sacaba cien mil, doscientos mil pesos para tomar, que al mes iban siendo 800 mil pesos o más. Y empecé a invertir esa plata en otras cosas… también vi que ahorraba tiempo y lo podía invertir en otras activi - dades con mi familia. Después de no volver a tomar empecé a valorar cada vez más el tiempo que puedo compartir con mi esposa y mis hijos”, explica Héctor, que hoy, en marzo de 2020, lleva más de veinte años sin tomar.

Ya del otro lado, también notó rápidamente una dinámica social que existe en torno al alcohol: hay una presión social para consumirlo. Salsero como es, Héctor normalmente se encuentra con que los bares exigen un consumo mínimo que es difícil de cumplir para quienes no toman alcohol: “Nosotros a lo que vamos es a bailar. Mi esposa no se toma más de tres cervezas, y como yo no tomo, entonces a veces no es tan fácil que te den una mesa por un consumo tan bajo. Yo lo que hago es dejar una muy buena propina para compensar el uso de la mesa”, explica.

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"Hay una presión de grupo o una presión sistemática en un mundo donde el alcohol hace presencia en todas partes".

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Algo similar le pasó a Juan Sebastián Sánchez —editor, 31 años— en la Feria de Cali de 2019. “Fui - mos al concierto del Grupo Niche y solo vendían cerveza. En general pasa así en todas partes: no hay una alternativa para las personas que no consumen alcohol… es como si todo te empujara a consumirlo”, dice. En su caso, hizo el alcohol a un lado durante las fiestas decembrinas de 2012. Tomó todo tipo de tragos, pero en Navidad y Año Nuevo de ese año todos le empezaron a saber mal. “Simplemente no les encontraba el sabor como antes. Y fue cuando tampoco les encontré sentido”, explica.

Después de eso, Juan empezó a notar algo que notan casi todas las personas que dejan de tomar alcohol definitivamente: “La gente se extraña cuando vas a una fiesta y dices que no tomas: o piensan que pasaste por un tema de crisis o de adicción, o te dicen que cómo no vas a tomar, que cómo les vas a despreciar un trago… ves que hay un tema de presión de grupo, que pasa también en otros contextos. Hubo mucha gente de mi círculo social con la que se acabaron las relaciones, no porque hubiera mala onda, sino porque empecé a darme cuenta de que no había más interacción que a través del trago”, explica.

vida sin alcohol

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"Como con cualquier hábito, el consumo de alcohol produce efectos que, dependiendo de cada persona, hace que sea más fácil rechazarlo o no".

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Ya sea porque haya una presión de grupo o una presión sistemática, en un mundo donde el alcohol hace presencia en todas partes (fiestas, publicidad, patrocinios, eventos sociales, vida nocturna, relaciones) es común que muchas de las personas que han decidido vivir en sobriedad empiecen un nuevo estilo de vida o empiecen a descubrir nuevos hábitos en su intento por alejarse de esta sustancia. Por lo general, las mismas dinámicas conducen a eso. “Es como un toque de queda. Simplemente ya te da sueño más rápido como para estar en una fiesta hasta el amanecer, o prefieres hacer otras actividades o coincides con personas que no le prestan tanta atención al alcohol”, ejemplifica Juan Sebastián.

Sin embargo, para todo el mundo no es tan fácil como decir “mi último trago y adiós”. Así como los efectos del alcohol son diferentes en cada persona, el proceso para dejarlo a un lado depende también de la composición y contextos de cada uno. “No es una cuestión de mera voluntad —explica la psiquiatra Indira Mondul—. Como con cualquier hábito, el consumo de alcohol produce efectos que, dependiendo de cada persona, hace que sea más fácil rechazarlo o no. Cuando ya no hay un control sobre ese consumo es cuando el alcohol se convierte en un hábito no adaptativo; por ejemplo, si una persona siente que no puede conciliar el sueño si no se toma un trago”.

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La cifra
El 87 % de los colombianos entre los 12 y los 65 años ha consumido alcohol.

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En todos los casos, lo recomendable es empezar por racionalizar la situación, es decir, hacerse consciente de que el consumo de alcohol que se lleva ya no se controla fácilmente o está perjudicando algún aspecto de la vida de la persona. Si al intentar dejarlo a un lado encuentra dificultades, lo mejor es buscar ayuda en redes de apoyo como la familia, los amigos, un profesional en psiquiatría o psicología, grupos como Alcohólicos Anónimos o comunidades terapéuticas similares. Exteriorizar con otros las formas en que llevan su relación con el alcohol sin sentirse juzgado y conocer las experiencias de otros es beneficioso y recomendable: así se sienten escuchados, comprendidos, se pueden orientar mejor.

En el camino hacia la sobriedad, largo o corto, el primer paso es el más difícil y, al parecer, también el más fácil. “Creo que es tan sencillo como que cada persona se pregunte qué tanto provecho está sacando de consumir alcohol. Y si se siente presionado para tomar cuando ya lo ha empezado a dejar, lo mejor es que se pregunte qué tan cierta, importante o aportante es la opinión de quien se lo dice: que compare si la opinión de otros está por encima de su propio bienestar. Creo que por ahí se empieza”, concluye Héctor Peña.

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