El triste reino de las cosas

Por: / Julio 2020

Las cosas que tenemos nos definen. ¿Cuánta vida damos por las cosas? ¿Qué dicen de nosotros nuestras cosas?

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icen que el 24 de octubre del año 79 d.C. la erupción del volcán Vesubio sepultó en lava, gases tóxicos, calor y ceniza a la icónica ciudad de Pompeya. Aún no se sabe cuántas personas murieron, se han hallado esqueletos de poco más de mil quinientas. Parece que llevaban días festejando en honor al emperador Augusto, y quizá fue por efectos del licor y el frenesí y la alegría y el ruido que no se percataron de los pequeños temblores ni de las disimuladas humaredas que salieron de la cabeza del volcán la noche del 23. Al día siguiente un calor ancho y pesado como la tierra cayó sobre ellas, y en menos de veinte horas todo estaba cubierto por ceniza y silencio. Lo que sucedió allí es importante por dos razones: i) por lo mismo que es importante todo el pasado: porque, como decía el filósofo danés Søren Kierkegaard, la vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás; porque es sólo escarbando en las ruinas del tiempo cuando vamos encontrando los restos que nos ayudan a ensamblarnos, y ii) porque Pompeya nos regaló algo especial: la posibilidad de ver los gestos que tenían nuestros antepasados en el instante de su muerte. Los gases, el calor y la ceniza ayudaron a conservar la forma de la carne de cientos de cuerpos, y con ello sus gestos. Esa tragedia nos ha permitido ver el miedo en los rostros de toda una civilización de hace casi dos mil años.

Sabemos también sus costumbres y ritos y estructura económica y esas cosas, y podríamos saber mucho más de no ser porque incluso antes de que se cerraran las tumbas, ya estaban siendo saqueadas. Nada cambia. Desde entonces y desde antes, los ladrones se han encargado de llevarse lo más valioso del pasado, venderlo a particulares para el goce privado y dejarnos sólo los huesos. En un librito tan divertido como inteligente, llamado Mundo antiguo, cuenta Jerry Toner que parte del problema con los huesos de los habitantes de Pompeya se debe a que los saqueadores nunca tuvieron cuidado con ellos, porque se interesaron por el oro y los metales; incluso en el siglo XVIII, cuando se redescubrió arqueológicamente ese lugar, los huesos fueron mal tratados, o vendidos a colecciones privadas, centenares fueron arrojados a una especie de baños, amontonados con huesos de caballos y perros.

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Los objetos, como siempre, tuvieron un mejor fin. Toner insiste en que por milenios nos han importado más las cosas que las personas, y esto cuenta no sólo para los saqueadores de tumbas. Dice que muchos de esos cuerpos que se encontraron enteros, petrificados de afuera hacia adentro, “habían muerto aferrados a los objetos preciosos que llevaban consigo cuando intentaron huir. El lado humano del desastre resultaba fascinante”.

Las imágenes son impresionantes. Algunas de las estatuas de Pompeya tenían objetos, o el gesto de atesorar contra su cuerpo un objeto que el tiempo les robó. Yo sé que hay cientos de historias de muertos que eran enterrados con sus pertenencias, y que ellas incluían mujeres, esclavos, animales y niños, pero esto es distinto: qué relación habríamos de tener con un objeto para que mientras huimos de la furia interna de la tierra que se nos viene encima, elijamos gastar tiempo tomándolo, cargándolo, tropezándonos entre las gentes abarrotadas, que se iban asfixiando, sofocando y sucumbiendo por el hervor dulce de su sangre. ¡¿Qué clase de mundo es un mundo en el que las cosas importan tanto?!

El virus ha intensificado nuestra relación con las cosas. Hace unos días vimos un espectáculo inquietante: cientos de personas amenazadas por la pobreza y un contagio que podría causarles la muerte a ellas y a los suyos, se precipitaron como hordas hambrientas hacia almacenes de cadena para comprar objetos. Hemos juzgado como aberrante y vergonzoso ese frenesí por consumir lo que rápidamente creemos innecesario, embebidos en este afán de hacer funcionar la balanza mental que computa el bien y el mal. Es una lástima, sin embargo, que nos perdamos la deliciosa oportunidad de entendernos por andar ocupados en el afán de juzgarnos.

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"Gran parte de nosotros tenemos cosas que nos han acompañado durante años, y que han visto lo que a nadie mostramos, y es quizá por eso que guardamos una relación tan fuerte con ellas, porque esas cosas amontonan nuestra identidad".

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De las cosas se dice que han sido siempre medios para algo distinto: reducir esfuerzos, aumentar comodidades, conseguir éxito en nuestros propósitos, hacer menos pesado el peso de existir. Se dice también que hemos creado una sociedad en la que el valor de una persona depende de las cosas que conserve bajo su poder, de la cantidad y calidad de las mismas. Por construir algunas cosas a diario se destruyen millones de formas de lo vivo; quizá también por eso se dice que hemos rebajado todo a la medida de las cosas, y ellas y nuestro deseo por tenerlas acabarán pronto con todo esto tan bello. Las cosas han inundado la tierra, los mares, las calles, los cuerpos y los deseos, y seguro es por eso que dicen que de las cosas es el reino de la Tierra.

Pero también hay quienes aseguran que quizá nada nos conozca mejor que nuestras cosas: gran parte de nosotros tenemos cosas que nos han acompañado durante años, y que han visto lo que a nadie mostramos, y es quizá por eso que guardamos una relación tan fuerte con ellas, porque esas cosas amontonan nuestra identidad, son como un álbum de fotos cuya sola existencia tranquiliza y atesora lo que la cabeza borra. Y es por eso, dicen, que al perderlas una parte de nosotros se pierde, se nos van desapareciendo los testigos de nuestra existencia. Quizá por eso habría que amarlas, quizá por eso han sido los viejos faroles, los sombreros de ala ancha y el percal los motivos de canciones bellas. Quizá por eso Pablo Neruda escribió una “Oda a las cosas”: comienza diciendo Amo las cosas loca/ locamente, y termina así: “Oh río/ irrevocable/ de las cosas,/ no se dirá/ que sólo/ amé/ los peces,/ o las plantas de selva y de pradera,/ que no sólo/ amé/ lo que salta, sube, sobrevive, suspira./ No es verdad:/ muchas cosas/ me lo dijeron todo./ No sólo me tocaron/ o las tocó mi mano,/ sino que acompañaron/ de tal modo/ mi existencia/ que conmigo existieron/ y fueron para mí tan existentes/ que vivieron conmigo media vida/ y morirán conmigo media muerte.”

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Dicen que hubo un tiempo en que al separarse dos que se amaban, se entregaban algo, una tela con el olor de ella, un broche, un pedazo de pelo, nada más, pero esas cosas eran también la representación de algo distinto, una especie de no me olvides. El escritor norteamericano Tibor Fischer decía que le encantaban las personas que amaban las cosas, y más aún las obsesionadas con ellas, los coleccionistas, porque trataban de poner en orden un pequeño cuadrado de la existencia.

Ya tenemos pues un panorama de lo bello y lo triste de nuestra relación con las cosas.

Hay algo sobre las cosas que se dice poco, y es que debería parecernos bello ese espectáculo: millones y millones de animales despreciando lo que a todos se les ofrece por igual, la inmensidad de la tierra, los misterios de lo vivo y lo muerto, la imponente existencia del mar, y prefieren gastar sus vidas mordiendo la cola esquiva de las posesiones de lo finito. No se nos dice que las cosas son los habitantes de nuestro pequeño reino, que sólo en ellas descansa nuestro poder y tranquilidad. Imaginen ustedes un mundo en el que todo les pone a riesgo, un mundo inestable, en el imperio de la incertidumbre, imaginen un mundo así, y seguro que agradecerán cualquier metro de tierra, un pequeño pedazo que les regale la ilusión de libertad, que les permita sentir el poder de algo, el patrimonio, que es como una muleta que mantiene la ilusión de altura del mutilado. Cómo no van a ser bellos los individuos de una especie condenada a preferir lo inferior sobre lo superior; cómo no sentir tristeza por nosotros que, condenados a la nada, vemos en los objetos la única esperanza de ser algo.

Quizá deberíamos empezar a mirar a nuestro alrededor y preguntarnos cuánta vida hemos dado por las cosas que tenemos, y cuánta más daremos por las que deseamos, y así ir eligiendo el objeto que abrazaremos para morir junto a él, no con gestos de terror, sino de pasión, cuando los asuntos vayan peor, cuando el cielo de Pompeya se ponga sobre nosotros como una sola sombra larga.

 

** Jhon Isaza es filósofo y librero. Es uno de los encargados de la Librería Libélula, con sedes en Armenia y Manizales, y despachos a todo el país.

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