Seis reflexiones sobre la salud y la enfermedad II

Por: / Febrero 2022

Las personas que  viven con una enfermedad ven el mundo de otra manera, se mueven a otro ritmo, quizá comprenden cosas que las personas sanas no llegan a comprender, o a ver. Estar enfermo es habitar el mundo de diferente forma, no necesariamente más precaria o débil.

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Nuestras amistades y amores, nuestras expectativas y planes, nuestra identidad, nuestros cuerpos y los ajenos, rígidas casas y edificios, todo, todo tiene por ley la fragilidad. “Entre la cuna y la tumba/ todo es banal”, dijo la poeta norteamericana Mary Oliver. Qué tal si cambiamos “banal” por “frágil”: “Entre la cuna y la tumba/ todo es frágil”. Todo se quiebra, todo se agrieta, nada se salva de la entropía y el desgaste. 

Quizá la fragilidad sea como un animal del que ciertas fortunas intermitentes nos mantienen a salvo y nos permiten el privilegio de evadir; se hace grácil la vida cada tanto cuando ese animal se oculta, pero cuando sale de las sombras, cuando nos asalta, por fugaz que su encuentro sea, se nos echa encima la conciencia de la muerte, la posibilidad del sufrimiento, el recuerdo del dolor y el temor a la tragedia. La fragilidad es la realidad, decía el psicoanalista Jacques Lacan, porque “la realidad es cuando uno se golpea”. 

La artista Laura Hernández (@lauraydolor) lleva años contándonos su relación con el dolor. En sus exposiciones y en su libro Diario de Dolor, Dolor no es algo sino alguien. En ocasiones Laura habla de Dolor como si de un hijo se tratara: “Ayer Dolor despertó primero que yo. A Dolor no le gusta que yo duerma más que él, entonces me despierta”; “pero esta mañana”, me dijo hace unos meses, “esta mañana yo desperté primero”; “El día empezó hace poco y Dolor amaneció con él”. También habla de él como si fuera un verdugo, o un hechicero: “El 5 de marzo de 2019 Dolor y yo caímos de la cama. Yo me hice más débil; Dolor más fuerte”; “A Dolor le gusta oírme gritar”, “Dolor me multiplica”. 

La fragilidad convierte a los cuerpos enfermos en otros cuerpos: más extraños, con más habitantes. Es en el Diario de un enfermo que Azorín, el escritor español, dice disfrutar por un momento su enfermedad, dice que es como descubrir un nuevo sentido que le permite explorar universos sospechados pero nunca revelados. Y algo más: 

Ahora que me duele un riñón, y que cada tanto se me contrae una arteria, ahora me siento más habitado que antes. Nunca, mientras fui saludable, tuve evidencia directa de que existieran, sólo ahora les deseo buenas noches al dormir. 

Isaza CUERPOTEXTO

Un caracol y un movimiento

Elisabeth Tova Bailey está enferma. Su condición le obliga a reducir a su habitación su mundo, todo movimiento se le dificulta. Una amiga tomó de un bosque cercano un caracol, de un jardín arrancó una flor, la puso en una maceta, puso el caracol en la flor y se los obsequió. Elisabeth no tiene idea de qué hacer con el animalito, no está en condición de encargarse de una vida que no sea la suya, lo último que se le ocurriría buscar como compañía sería un caracol. Y sin embargo, ese caracol cambiará su vida y su comprensión de la enfermedad. La historia de esa transformación la cuenta en El sonido de un caracol salvaje al comer. 

Se trata de una novela, de un diario y de una serie de confesiones de las maneras en que nos transforma el padecimiento. Dice que es justo cuando el cuerpo se fractura y su utilidad entra en sospecha cuando vienen las preguntas: los por qués, los cuándos, los qués, los cómos. Cada tanto Elisabeth deja guiños que van marcando la ruta que explicará el lugar que ese animal tomará en su comprensión de la enfermedad. En la enfermedad todo es frágil, y en la fragilidad todo es pérdida: 

(...) Habida cuenta de la facilidad con la que la buena salud infunde sentido y propósito a la vida, es sorprendente la rapidez con la que la enfermedad nos roba esas certidumbres. Lo único que podía hacer para superar cada momento era reflexionar, y cada momento me parecía una hora interminable, y pese a ello, los días pasaban inadvertidamente en silencio. El tiempo que no se utiliza y sólo se soporta también desaparece, como si el propio tiempo estuviera muriéndose de hambre y se tragara cada día de un solo bocado, sin dejar migajas ni recuerdos ni ningún rastro de él.

Cada ser tiene sus propios ritmos, decía Fernando González. Cada persona tiene un ritmo para caminar, para trabajar, para amar. Dos que se atraen ven en el otro, quizá sin saberlo, ritmos que hacen armonías con los suyos; los ritmos de los amantes unidos, dice, “son importantísimos para la economía del universo”. Cada cuerpo tiene su propia velocidad: “La velocidad de los enfermos, sin embargo, es como la del caracol”, decía Emily Dickinson, y aquí va apareciendo la belleza de la observación de Elisabeth Tova Bailey: parece que de tanto ver al caracol ir y venir de una hoja hacia otra, de tanto observar esa vida al ralentí, a Elisabeth le fue cambiando el ritmo. 

Una tarde, Elisabeth recibió una visita y algo le parecía que andaba mal, aunque todo estuviera como de costumbre: su visita entró al cuarto, se sentó en el borde de la cama, habló de fruslerías y evitó caer en el lodo de las posibilidades trágicas, todo normal, salvo algo: era evidente para Elisabeth que su visitante se movía más rápido que el caracol, y esto le irritaba, porque a diferencia de él y de ella, el visitante se daba el lujo de los movimientos innecesarios, y entonces dice que entendió que la fragilidad no sólo nos cambia el ritmo, sino que hace más evidente el derroche de movimiento en los cuerpos no enfermos.

Los analfabetas de la herida

Para el cuerpo enfermo la identidad es incluso una extrañeza. La fragilidad desnuda otras versiones de lo que somos. El adentro y el afuera cambian. Creo que es en La enfermedad y sus metáforas donde Susan Sontag observa que una pared blanca no será nunca simplemente una pared blanca ante la mirada auscultadora, detectivesca y sospechosa del enfermo: de tanto mirar ese blanco se van advirtiendo grietas, rutas, cicatrices y señales. El reino de la fragilidad es un reino distinto, y quien vive en él está rodeado de más detalles. 

Hay cierto punto de la enfermedad, dice Sontag, en el que al enfermo se le escapa menos mundo. Y quizá es por eso que van adquiriendo, a punta de transfiguraciones y contemplación, una mirada distinta, ritmos distintos, otra identidad, cierto estoicismo en ocasiones, cierta destreza que los distancia y en alguna medida les pone por encima de los cuerpos no enfermos.

Cuenta Roberto Calasso que en los rituales védicos de las religiones indias de hace más de tres milenios veían al hombre “ya no como un arrogante soberano de la creación, sino como el ser más expuesto, más fácilmente vulnerable al mundo exterior. Para ellos el hombre no sólo escondía una herida sino que era una herida única. Quisieron agregar un detalle elocuente: incluso un hilo de hierba puede hacer que brote la sangre del hombre, ese hemofílico vocacional”.

Y si es cierto lo que creían los vedas, entonces todas las personas estamos heridas, todas estamos habitando con la fragilidad, y entre todas hay unas que no son analfabetas de la herida, hay unas que han aprendido a convivir con el extraño, y esto les ha cambiado el ritmo y la mirada. Han adquirido, como Azorín, una especie de nuevo sentido; como Elisabeth, han pasado más tiempo en la reflexión y el examen, y ya no suelen usar las cosas con la gracia gratuita del en vano. En alguna medida son ciegas que ven. A las otras, a las analfabetas, nos resta esperar el cambio repentino del ritmo, porque aunque ya lo sabíamos, “Entre la cuna y la tumba/ todo es frágil”, la realidad es cuando uno se golpea.

  

 *Escritor, filósofo. Está al frente de la sede de Libélula Libros en Armenia.

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