Releer

Por: / Ilustración: Leonardo Parra / Mayo 2022

La magia de las palabras es poderosa, capaz de encantarnos con la misma cadencia una y otra vez, una y otra vez …

SEPARADOR

Hubo un tiempo en que mi hijo menor, de cinco años, quería que le leyera noche tras noche el mismo libro, cuyo título, según me dice la esquiva memoria, bien podría ser este: La niña que iluminó la noche, de Ray Bradbury.

Todas las noches la misma historia: “¿Qué quieres que te lea?”. Y todas las noches la misma respuesta. Yo traté de hacerle trampa, tengo que confesarlo, pues el cuento tenía más de 20 páginas, y si bien me gustaba, mi paciencia no era tan buena como para releer y releer una y mil noches el mismo libro.

La primera trampa que ensayé fue la de saltarme un par de páginas. Cuando lo hice, mi hijo dijo ofendido: “Te saltaste dos páginas”. Alegué que no eran muchas. Alegó que quería oír el cuento completo. Otra noche traté de editar con sutileza el cuento y omití un párrafo, esperando que no lo notara. Mi hijo interrumpió mi lectura y recitó de memoria el párrafo que yo había sustraído. No había manera de hacerle trampa, como pude comprobar en tercos y repetidos ensayos, pues se sabía el cuento de memoria. Cuando le pregunté por qué quería leer todas las noches un libro que ya sabía de memoria, me respondió de manera contundente y definitiva: “Porque me gusta”.

El famoso refrán que mis padres me habían repetido hasta la saciedad se había convertido ahora en un incisivo estribillo, que yo me repetía a mí mismo: “Al que no quiere caldo le dan cien tazas”. Y me las tomé sin chistar, hasta que una tarde mi hijo menor me preguntó si yo no había leído ya el libro que me veía leyendo en ese momento. Y le contesté que sí, que era un libro que me gustaba mucho. Y él, que no suele malgastar sus palabras, se fue sin hacer comentarios a jugar con el mar de fichas de Lego que inundaba su cuarto.

El silencioso reproche me hizo caer en cuenta de que había dedicado mi vida a releer libros, desde los primeros que leí hasta la saciedad porque me gustaban los personajes: Huckleberry Finn, el Capitán Nemo, el Tigre de la Malasia, san Francisco de Asís, y me emocionaban sus aventuras y los peligros que enfrentaban, y en los cuales me involucraba como si yo fuese un personaje más de esas peripecias entrañables. 

Lo mismo hice con los que leí en mi juventud, los cuales no me cansé de releer una y otra vez, al derecho y al revés, en orden y en desorden, porque me encantaba su música o me hacían sentir en otros mundos, o comprender asuntos que para mí eran oscuros, o enriquecían con una nueva oscuridad aquello que me seducía y confundía, o me encantaban sus juegos y sus malabares, o me atraía la manera de contar o el ritmo que los impulsaba, o la inteligencia y lucidez de su escritura, o quería volver a sentir el placer de descubrirlos de nuevo. En suma, buscaba que los libros que me encantaban obraran de nuevo su magia en mí cuando los releía. 

Al fin y al cabo nadie se baña dos veces en el mismo río, y nadie lee dos veces el mismo libro, ni somos la misma persona que leyó este libro que ahora releo. Personas que se sorprenden porque alguien lea varias veces un mismo libro son capaces de oír mil veces una canción de los Rolling Stones o un aria de Turandot o un bolero de Toña la Negra, y algunos no tienen problema en pedir el mismo plato de pasta en el mismo restaurante italiano que frecuentan desde hace más de diez años, y otros repiten todas las mañanas el placer de saborear una arepa de huevo cuando van de vacaciones a Cartagena.

RELEER CUERPOTEXTO

“En suma, buscaba que los libros que me encantaban obraran de nuevo su magia en mí cuando los releía”. 

Cuando sentimos que una persona, un lugar, un libro, un poema, una música, una obra de arte nos toca sensible y hondamente, queremos que su presencia en nuestra vida ilumine la común existencia, donde impera lo absurdo, lo atroz, lo insustancial, lo violento, la basura, la descomposición.

Volvemos a los libros que nos han encantado, conmovido y perturbado, que nos han hecho soñar, como quien regresa al hogar perdido a escuchar voces familiares y queridas. Como quien vuelve a ver a un amigo y siente la calidez de su compañía y reanuda un antiguo diálogo. Como quien prueba de nuevo el sabor, oculto en la memoria, de una comida que alegraba su infancia.

William Ospina escribió un ensayo sobre la lectura que tituló “El placer que no tiene fin”, nombre con el que quiso hacer sentir el doble sentido de la lectura entendida como un placer que nunca acaba, y como una felicidad sin objeto, sin ningún fin fuera de la de ser una fuente inagotable de placer.

Releer un libro es multiplicar esta felicidad. Y efectivamente sucede, aunque de maneras insospechadas, pues lo que buscamos al releer no es descubrir cómo se desenvuelve el hilo de la historia, ni saber cómo termina, ni, por decirlo de algún modo, saber quién es el asesino. Queremos oír de nuevo la voz que nos seduce, queremos de nuevo saborear cada párrafo, cada frase, explorar la música que nos absorbe, encontrar en ella nuevas relaciones, nuevos y maravillosos sentidos, matices que aún no nos han sido revelados.

Como mis hijos, como cualquier niño de hoy en día que repite hasta el cansancio (de los mayores) el cuento o la película que le fascina por el solo placer de repetirla, por volver a sentir las mismas emociones, por volver a vivir los mismos vértigos, los mismos asombros y los mismos deliciosos terrores; por volver a encontrar los mismos personajes odiables y adorables que tanto encanto suscitaron, y porque al fin y al cabo, parodiando a Oscar Wilde, releer un buen libro tiene la elegancia de dejarlo a uno insatisfecho, con ganas de más, y por eso volvemos a él. Una y otra vez.

 

*Escritor y guionista colombiano.SEPARADOR

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