La decadencia de los fantasmas

Por: / Ilustración: Catherine Dousdebes / Octubre 2022

Que un niño de seis años diga que no teme a los fantasmas es similar a que uno de tres diga que Papá Noel no existe. Hay algo de estupor, de asombro, de desencanto en la afirmación. 

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Hoy no sé con certeza qué tan cautelosos serían mis pasos al caminar una mansión embrujada, pero puedo asegurar que por lo menos hasta los diez años me costó quedarme solo en mi casa sin ver sombras a la vuelta de cada esquina, sin escuchar susurros tras las paredes, sin sentir presencias a mi alrededor. 

Se supone que la infancia es el tiempo de la fertilidad de la imaginación y los monstruos. Pensar en fantasmas o en vampiros o en zombis o en duendes o en hadas era el trabajo de esos días. A pesar de esto, parece ser que los fantasmas se han sumado, quién sabe desde cuándo, a la lista de bienes depreciados de las casas que antes habitaban y hoy andan arrumados bajo las escaleras junto a las vajillas desportilladas. 

Cuando mi primo de seis años me hizo tal confesión, probablemente tuvo presente en algún rincón de su memoria la bella historia de Monsters Inc., esa película animada en la que los monstruos están a punto de perder el trabajo (y el sentido de sus vidas) ante la creciente suspicacia de unos niños temerarios como nadie. “¿De verdad?, ¿no te dan miedo?”, le pregunté. Y él siguió tan firme en su respuesta que yo tuve miedo de su seguridad y de él, igual que los monstruos temen a la niña en la película. 

Podríamos sugerir que ha habido un giro drástico en la trama con el cual los espectros pasaron a ser las nuevas víctimas de un peligro aún difuso, mitad real mitad ficticio, igual a ellos mismos.

Monsters Inc. esbozó hace veinte años esa decadencia en la que han caído las criaturas terroríficas que deambulan por la tierra desde que registramos las historias. Hay fantasmas ilustres en la tragedia griega, por poner el caso, y desde allí han aparecido con mayor o menor frecuencia o éxito en la literatura oral y escrita, en la música, en el cine, en la televisión, y en alguna noche entre amigos. Hay tantas historias de fantasmas como casas viejas con pisos de madera.

Es probable que nadie tenga una respuesta al porqué de tal decadencia. En Monsters Inc. no ofrecen una. Algo tendrá que ver la fe excesiva que hemos cultivado en la observación mediada por las cámaras. El credo vigente dice que si no está en video es cuento chino. La creencia en los fantasmas y demás cuentos populares antiguamente radicaba sobre todo en su condición de historia: si el cuento estaba bien echado, el cuerpo y la sangre hervían hasta hacernos sudar en las noches bajo la protección de las todopoderosas sábanas; pero si era pobre narrativamente, sin detalles de vestuario, sin atmósferas, sin descripciones de acciones, simplemente seguíamos nuestra vida como si nada, durmiendo el sueño de los escépticos.

Oscar Wilde pensó en este problema más de cien años antes que Pixar y sus películas animadas. Cuando el novelista irlandés publicó El fantasma de Canterville, en 1887, el mundo llevaba por lo menos cincuenta años seducido por la fotografía y su capacidad de capturar el mundo. No debemos olvidar que para entonces la fotografía se consideraba el camino más fidedigno para retratar la realidad, a pesar de seguir siendo otro método puramente artificial. Un ejemplo de ello es El lápiz de la naturaleza, el primer libro fotográfico de William Henry Fox Talbot, cuyo título dice mucho por sí solo.

En el cuento de Wilde, el pobre fantasma del viejo castillo de los Canterville sufre tormentos inimaginables cuando la residencia es comprada por los Otis, una familia norteamericana fervorosa solo de lo material. Basta mencionar que, al ser advertido por el vendedor de la presencia del fantasma en la casa, míster Otis responde con ironía que igual adquirirá el inmueble con el fantasma bajo inventario, porque no cree en su existencia y duda de “que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa”.

En principio, parecería ser un caso más de incredulidad, algo remediable con un buen susto. Motivado por este propósito, durante la primera noche, el fantasma arrastró por el pasillo unas pesadas cadenas con grilletes oxidados, vistió ropas anticuadas, manchadas y hechas jirones, y ocultó sus ojos rojos tras una cabellera larga y gris, una imagen que había funcionado para enloquecer a todo el linaje Canterville desde hacía tres siglos. Cuando la familia despertó por el sonido del hierro, míster Otis salió y en tanto vio al fantasma le pidió encarecidamente que engrasara las cadenas para que los dejara dormir, tendiéndole un engrasador certificado por su eficacia; volvió sobre sus pasos, cerró la puerta y se acostó a dormir. 

De ahí en adelante, los intentos del pobre fantasma fueron burlados de diversas maneras por los Otis, especialmente por los hijos menores, dos gemelos que le tendían trampas inocentes y malvadas, sin llegar a sentir ni una pizca de temor ante su presencia. Tal fue el caso, que una noche decidió acabar con todos de una vez, asesinando a algunos y enloqueciendo a otros, y para ello personificó a uno de los espantos que mayor efecto había tenido en su historia. Fue así que se deslizó furtivamente a través del zócalo esbozando una sonrisa perversa en su boca cruel y arrugada, “refunfuñando extrañas interjecciones del siglo XVI, y blandiendo de vez en cuando el puñal enmohecido, en el aire de la medianoche”. Entonces, al girar en una esquina del pasillo, vio ante sí “un horrible espectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como una pesadilla de un enajenado mental”. Muerto de susto, el fantasma no pudo más que huir hacia su escondite, para darse cuenta de que había sido burlado de nuevo. 

Decía que, en un principio, la familia Otis daba la impresión de ser incrédula, pero incluso cuando vieron al fantasma su reacción fue de total antipatía. Su problema no era solo la falta de fe en las historias fantásticas sino una confianza excesiva en “la Naturaleza”, esto es, en el mundo visible y tangible. El miedo que producen las historias de fantasmas y espantos está soportado sobre todo en una narración capaz de crear un clima ideal para el terror, una cierta predisposición ante ellas.

La confianza excesiva de los Otis en el mundo material borró de ellos todo rastro de susceptibilidad ante fenómenos inexplicables. En algún momento del cuento, míster Otis sugiere que el fantasma podría ser la estrella de un espectáculo en el nuevo continente. Nadie duda de que ver un fantasma en un circo podría ser una experiencia entretenida e incluso divertida. La razón es que el miedo no es el fantasma, sino lo que lo rodea, la atmósfera, el clima, el ambiente. 

De ahí que el fantasma de Canterville huya pavorido al ver al “horrible espectro” en el pasillo: la noche era de tormenta, todos dormían en casa, el silencio era sepulcral y la oscuridad era impenetrable. El pobre fantasma de Canterville por supuesto cree en fantasmas y apariciones, pues él mismo es uno, así que su predisposición ante tales fenómenos es distinta a la de los Otis.

Con el cuento de Wilde podemos doblarnos de la risa y sentir un pálpito de intranquilidad en el pecho al cambiar de párrafo, como si hubiéramos empezado a leer otra historia. En cada ocasión en la que el fantasma intenta asustar a los Otis, Wilde se vale de un tono tranquilo para describir el nuevo disfraz, las triquiñuelas, los planes elaborados y luego las huidas cuando el susto se va al traste. Y, en cambio, usa un tono más sombrío cuando pone al fantasma a recordar sus cientos de terribles hazañas a lo largo de su vida espectral. 

En la lectura de esos fragmentos es cuando realmente sentimos que el fantasma da miedo, que nos equivocamos al tomarlo únicamente como un alma lastimera y ridícula. El miedo, bajo la lógica de Wilde, no aparece en la observación sino en la narración. El fantasma de Canterville produce miedo cuando sus historias son contadas o rememoradas. La obsesión con ese mundo real que se puede observar y fotografiar ha minado nuestra capacidad de abrazar fenómenos que escapan a esa lógica. 

HalloweenBrian CUERPOTEXTO

Desde el siglo XIX le apostamos ciegamente a esa Naturaleza de lo real al punto de olvidar que muchas de las experiencias que nos tocan a diario aún no encajan por completo en sus patrones. La muerte es una de ellas.

Creer o no creer en fantasmas excede la creencia en lo paranormal y lo sobrenatural si aceptamos que sus historias nos hablan del más acá. Incluso podríamos ser rigurosos y separar la creencia en los fantasmas de la creencia en las historias de fantasmas. Por poner un caso, el día en que vea una sábana flotando frente a mí es probable que ponga en duda mi visión; pero en cambio seguiré cayendo redondo en toda historia de muertos deambulantes que escuche o lea por ahí.

Las historias de fantasmas, desde la tragedia griega hasta hoy, son una forma elusiva de hablar de la muerte y, en muchos casos, también del duelo que conlleva toda muerte. A veces olvidamos que un fantasma es un muerto que aún no se ha ido. La belleza de estas historias se concentra en su capacidad de nombrar sensaciones que escapan a nuestra naturaleza y a la Naturaleza, con mayúscula. No hay un solo ser vivo que muera y siga viviendo, y, sin embargo, precisamente eso es lo que sucede con los muertos queridos que cargamos a diario.

Esos personajes a los que nombramos fantasmas nos aterran porque el duelo de la muerte es sobrecogedor. Aprender a vivir con la presencia de un muerto, su memoria, su ropa en casa, sus caricias aún tibias en nuestro cuerpo, es una de las tareas para las cuales nos siguen faltando instrucciones. Las palabras para el duelo siempre son evasivas. ¿Cómo le explicamos a alguien que aún sentimos la presencia de nuestro padre o madre o hermano o pareja caminando por la casa después de haberlo sepultado? ¿Cómo explicamos que esa presencia nos duele y nos aterra? Ante esa incapacidad se levantan los fantasmas con sus historias. Sobre eso va el cuento de Wilde. 

El fantasma de Canterville está condenado a vagar por el mundo de los vivos hasta que un alma dulce, buena y cariñosa deje correr su llanto y haga brotar una oración de sus labios pecadores. “Entonces toda la casa recobrará la tranquilidad y volverá la paz a Canterville”, dice la profecía. Los fantasmas que nos acompañan también necesitan de nuestro llanto. Y solo después de cierto tiempo, a veces años, vuelve la paz para ellos y para nosotros. 

En un famoso ensayo, Wilde defiende la idea de que el arte supera en belleza a la Naturaleza y que, de hecho, en más de una ocasión, esta imita al arte. Allí señala que los griegos sabían que “la Vida no solo gana con el arte espiritualidad, hondura de pensamiento y sentimiento, tumulto o paz para el alma, sino que puede modelarse a sí misma conforme las líneas y colores del arte […]”. Podríamos pensar que el tema de los fantasmas es una muestra de ello: gracias a las historias fantásticas podemos ver a los fantasmas de nuestros seres queridos rondarnos con sus gestos y sus palabras luego de llevar años descansando bajo tierra. Y también, gracias a ellas, podemos encontrar tumulto y paz para el alma, la nuestra y la de aquellos que se han ido.

 

*Periodista y filósofo. Colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas y de Bacánika

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