La belleza escasa

Por: / Ilustración: Liliana Bedoya (@frag.mentaria) / Mayo 2020

¿Belleza es igual a bondad? ¿A perfección? ¿De dónde viene nuestra fijación con la belleza? Segunda entrega de esta columna que, más que respuestas, promueve ideas y preguntas. Bellas preguntas.

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V

i hace algunas semanas un video que infortunadamente no guardé: era de un campesino hablando sobre la diferencia entre los aguacates de él y los de su vecino. En la mano derecha tenía una belleza de aguacate, ¡grande!, de un verde luminoso, sin manchas, turgente, gordito, coqueto. En la izquierda tenía un aguacate que daba muy mala espina, chiquito, como normalito, más bien pálido, ojeroso, como trajinado. El primero era de los que se venden en las grandes cadenas de supermercados, un aguacate de mostrar, de exportación. Al segundo no le quedaba más que aspirar a ser codiciado en carreteras o galerías o tiendas de barrio. 

Pero ese no es el problema, cada aguacate tendrá su comprador, a tal alma tal diablo diría un escritor polaco. El asunto es que para producir sus hermosos aguacates, el vecino usaba métodos de cultivo que afectaban el cultivo del señor del aguacate feo, y era por eso que buena parte de su cosecha se perdía. Pero, saben, el video no era una queja contra el vecino, era algo distinto, algo tan simple, tan aleccionador, tan filosófico: dijo que esos aguacates feos eran los aguacates normales, que era muy difícil hacerlos bonitos, que la naturaleza no era así y que por eso tocaba forzarla, envenenarla, para que fuera en contra de sí misma. También dijo, el campesino del video, que si preferíamos los aguacates feos beneficiaríamos a muchos como él. Luego dijo más cosas que seguro tenían que ver con la oferta y la demanda, pero por ahora, detengámonos un momento en esa idea.

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¿Tenemos una especie de fijación con la belleza? Seguramente la idea la expusieron antes, y seguro no fue en Occidente. Pero Platón sostenía la creencia de que la belleza de los cuerpos es el camino, la escalera, a otros niveles de belleza que llevan a la divinidad. Digamos que la virtud de lo visible es signo de la virtud de lo invisible. La idea inversa también se extendió: la fealdad de lo visible es signo de los vicios de lo invisible. Una versión de esta idea sobrevivió en la escolástica, ese movimiento intelectual del medioevo que usaba la filosofía para comprender y difundir la visión cristiana del mundo, y que resultó construyendo buena parte de la vida íntima, social y religiosa que conocemos en Occidente hoy en día —las ideas de los medievales son el aire que respiramos.

En el siglo XIII Tomás de Aquino estableció requisitos para la belleza. Dijo que para ella se demandaba “integridad y perfección”, y que aquello que carecía de ambas estaría incompleto, en su ausencia al ser le falta algo, y ese algo era el germen de los vicios: el pecado, la infidelidad, la lujuria, la mentira, el robo son producto de la incompletitud, mientras que la fidelidad, la honestidad, la castidad, la sinceridad son producto de la completitud. Este era pues el péndulo de lo humano: lo bello era signo de lo bueno, y lo feo era signo de lo malo.

Desde mucho antes de Platón incluso esa misma fórmula hacía parte de los ritos sociales: hemos escuchado historias de comunidades que han despreciado lo feo o lo anormal y lo han catalogado de monstruoso, de señal o advertencia de los dioses frente a un sino trágico. Millones de recién nacidos fueron arrojados por acantilados a causa de sus imperfecciones, es decir, a causa de no parecerse al resto de normales. En la literatura o el cine hasta hace muy poco lo monstruoso, lo sucio, lo ruidoso y lo grotesco eran la representación del mal, y lo pulido, lo silencioso, lo limpio y lo agradable la representación del bien: Freddy Krueger y Chucky no tienen cómo competir contra la Mujer Maravilla de Lynda Carter, o el coqueto Jack Dawson, de Leonardo DiCaprio, en Titanic. Ángeles y demonios. Ha habido excepciones: Mary Wollstonecraft creó a Frankenstein para nuestra alegría (un monstruo que sólo buscaba amor y compañía); también están Quasimodo y Shrek, y en la vía contraria están las bellezas malvadas de las películas de Hitchcock, o el encantador Ted Bundy, el asesino serial norteamericano que tenía club de fans. Están Maléfica, Harley Quinn, Armando Mendoza... en fin.

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"Parece que una parte de nuestras vidas la dedicamos a conseguir lo que Antonio Muñoz Molina llamó una “belleza escasa”, la que compramos en edificios que no deja ver los árboles, las montañas o el mar, que sólo pueden gozar de una belleza común".

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Durante unos años di clases en un pregrado de psicología, y las estudiantes no me creían o no supe hacerme entender cuando les decía que cuando tuvieran que recoger información para hacer un diagnóstico de sus pacientes, era muy importante que se fijaran si el paciente vivía el mundo como alguien bello o como alguien feo, porque el mundo de los feos es muy distinto al mundo de los bellos. Los recuerdos de los feos están cargados de un esfuerzo adicional por demostrar que no llevamos el alma viciada.

Y quizá por analogía a todo esto es que hemos construido una sociedad en la que ha imperado lo brillante, lo pulido, lo que no tiene mácula ni mancha ni pecado, y el criterio para determinar si tiramos algo por el acantilado es su grado de belleza y perfección: desechamos ropa y electrodomésticos no porque ya no funcionen sino porque ya no se ajustan a lo que hemos entendido como bello, y hacemos lo mismo con alimentos y con personas, e incluso con nosotros mismos: rechazamos el defecto que no podemos eludir con una cirugía, con dinero, con fama o con otra forma de compensación, y la bisagra que une la belleza del cuerpo y la del alma, la de la mente, ha sido el gesto. No basta, ahora, con un rostro simétrico, hace falta el gesto, la mueca de alegría en cada foto. Lo contrario, el mal humor, la cara triste, es una muestra de una enfermedad casi tan indeseable como una pandemia.

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En alguna medida lo que nos trajo hasta acá ha sido eso: un afán incontenible por borrar las huellas del paso del tiempo y de la intrínseca imperfección de los productos de la naturaleza. Nos han enseñado a rechazar la decadencia, la asimetría, el desperfecto físico y moral como si fuéramos divinidades en vez de mortales. Y ese aprendizaje es importante, muy importante, porque ha permitido hacer de la belleza un valor de cambio. Hoy nos venden la belleza, y la podemos pagar a cuotas, pero sólo se puede acceder a ella en ciertos lugares, de cierta manera, en ciertas revistas, en ciertos supermercados. Sabemos que se ha hecho de ella un factor de estatus, un bien de cambio por el que pagamos precios altísimos. A eso nos ha llevado el ritmo de consumo. Parece que una parte de nuestras vidas la dedicamos a conseguir lo que Antonio Muñoz Molina llamó una “belleza escasa”, la que compramos en edificios que no deja ver los árboles, las montañas o el mar, que sólo pueden gozar de una belleza común.

Es posible que todo este caos de la belleza a cuotas sea culpa de las muchas respuestas que se han dado a una pregunta: qué es la belleza. Cuando el mismo Tomás de Aquino dijo que “Lo bello es lo que place al ojo, al oído” no se refería a los órganos que compartimos con el resto de animales, sino a las capacidades para observar armonía en la naturaleza, en la música, en nuestras vidas. Nadie que crea en Dios podría haber aceptado que la belleza la producía el hombre imperfecto. Contemplar lo bello, lo creado por Dios era, para el santo, fruto del poder cognoscitivo, sólo por medio de la inteligencia podríamos acceder a ello, y por eso tenía sentido una especie de educación para la belleza, porque es necesario guiarnos para alcanzar la perfección y la virtud moral.

Y esto cambia un poquito las cosas. O, por lo menos, dos cosas: 1) lo bello no es entonces algo evidente, o una propiedad de la materia, ni mucho menos algo creado por los hombres, y 2) la perfección y la capacidad para apreciarlo no es natural a nosotros, y por eso deben educarnos para ver y alcanzar la belleza. Parte de esta idea está contenida en un principio japonés que se conoce como Wabi-sabi. La expresión es difícil de sintetizar, pero podemos entenderla más o menos como esto: “la aceptación feliz de que todas las cosas son imperfectas y efímeras en este mundo, reconociendo que precisamente eso las hace más bellas”. El escritor japonés Jun'ichirō Tanizaki dice que es por eso que mientras los occidentales preferimos el diamante, en su tradición prefieren el jade, porque en él quedan las huellas del paso del tiempo, es el símbolo también de lo incompleto, y es el mensajero de una lección: que la belleza no está en la luz sino en la sombra. Yasunari Kawabata decía que “la belleza está en lo que se oculta”. Y quizá podamos comparar todo esto con lo que alguna vez dijo Oscar Wilde: que las bellezas evidentes son para personas sin inteligencia, sin imaginación.

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Michel de Montaigne dejó escrito que nuestro vicio es que disfrutamos de lo alterado, que hay en nosotros una propensión casi religiosa que nos lleva a despreciar lo que se parece a nosotros y anhelar lo que está por encima y lejos: aplaudimos a las heroínas y los héroes, a santas y mártires; hacemos de la pizza más grande del mundo, la yuca o la papa gigantes de algún cultivo nórdico una noticia; queremos no una casa sino un palacio, no una fruta deliciosa sino una que luzca perfecta. Parece que esta inclinación a dominarlo todo nos ha hecho creer que incluso sobre la belleza podemos reinar, y quizá allí esté el error. Montaigne dijo también que “nuestra mísera condición hace que no podamos usar de las cosas en su sencillez y pureza naturales”.

No sé si esta era o no la idea de Santo Tomás, pero creo que por acá iba la idea del campesino del video, y eso es lo que importa: la imperfección, la mancha, es lo normal en nosotros, y aprender a ver belleza en ello haría las cosas un poco mejores. Creo que fue Freud quien dijo que la búsqueda de la felicidad nos distrae del hecho mismo de vivir, y que más valdría comprender que la tristeza es también corriente en nosotros. Los pintores del medioevo decían que “los gestos y pliegues del rostro que sirven para el llorar, sirven también para el reír”. Así como la imperfección física, como son naturales las manchas, las estrías y las arrugas, lo son también las limitaciones emocionales e intelectuales.

Quizá haríamos bien si atendemos al señor de los aguacates feos, si cambiamos el ritmo de una parte de nuestras vidas, si reevaluamos qué es lo que entendemos por bello, y dejamos de buscarlo en los objetos del mercado, cosas y cuerpos diseñados para brillar un instante, en las formas antinaturales escasas y exclusivas. Y aprendemos a desear, con disciplina, con contemplación, con imaginación, la demasiada belleza que se encuentra, por ejemplo, en las arrugas de la piel, o en las manchas de un aguacate.

 

**Jhon Isaza es filósofo y librero. Hace parte del equipo que está al frente de Libélula Libros, una magnífica librería con sedes en Armenia y Manizales.

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