Ficción al acecho

Por: / Ilustración: Sako Asko / Enero 2021

 Somos el resultado de lo que nos ha sucedido... pero también de las cosas que nos sucederán. El filósofo y escritor Jhon Isaza analiza el papel de la ficción en la vida de las personas.

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n alguna parte parte de un libro de Giorgio Manganelli hay un relato corto que habla de un asesino, un ladrón y un mentiroso. El asesino no ha matado ni matará a nadie, pero sale a la calle con sigilo, procurando no cruzar los mismos caminos que ha cruzado antes, evadiendo siempre los encuentros con la ley, y disfruta como pocos de ver a personas entrar en callejones solitarios que les harían presa fácil para ejecutar un acto del que él sería incapaz, pero que no por ello le excita menos. El ladrón nunca ha robado ni robará a nadie, pero conoce todas las fragilidades de los almacenes de la zona por la que transcurre, ha hecho cuenta del valor de las propiedades de las personas que convendría asaltar, ha espiado con cautela, ha contemplado su entorno con la disposición de un pintor impresionista, y es por eso que sabe claves de seguridad, cronogramas y fragilidades de tantas personas, que ya le ha sido fácil ejecutar en su mente delitos de los que sagaz e indudablemente saldría limpio, si tuviera interés en hacer algo que nunca hará. El mentiroso, como sospecharán, nunca ha mentido a nadie, pero goza con el placer casi perverso de la posibilidad del engaño, ha analizado la forma de pensar de los suyos y las torpezas en sus formas de creer, sabe que en ese pequeño fragmento del cosmos que le rodea, pocas personas son amantes de la duda, y esto le ha dejado el camino libre para hacerles ver como verdadero lo falso, cosa que nunca pasará. Ninguno ha sido ni desea ser lo que el otro. El asesino detesta la mentira o la posibilidad del robo. El ladrón que no es ni será un ladrón, está más lejos de ser un asesino que el asesino, que en alguna medida evidente tampoco lo es. Y ni se diga del mentiroso, que sin serlo es naturalmente más proclive al engaño que los otros dos, que, por cierto, nunca han mentido. Cómo es posible, me pregunto, que cada uno sea tan distinto a causa de algo que no les ha pasado aún. Cuestión de probabilidad, dirán ustedes, o de propensiones, pero quizá haya otro fenómeno que no percibimos muy bien, y que tiene que ver con una cosa simple, simplísima: no todo lo que no nos sucede, nos deja de suceder igual. 

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* Ilustraciones por SakoAsko. Instagram: @Sakoasko

La primera vez que supe de una idea parecida fue al leer Lo que no sucede y sucede, el discurso del escritor español Javier Marías tras recibir, en 1995, el premio Rómulo Gallegos. Parece ser, dice, que las personas necesitamos, cada tanto, cierta dosis de ficción, necesitamos lo imaginario además de lo acaecido y real. Quizá sea por una aplicación a rajatabla de su etimología, o porque recordamos sólo a medias la distinción que popularizó Descartes, o será el sereno, pero el caso es que buena parte del mundo se ha creído que la realidad, la realitas, la res, está habitada sólo por el conjunto de las cosas extensas, de las materiales, las que ocupan un fragmento del espacio: árboles, animales, edificios, personas y balas. Ha sido el filósofo norteamericano John Searle quien se ha dado a la tarea de exponer la importancia de los estados mentales en la construcción de nuestra realidad social. Nuestra realidad está construida por hechos brutos y hechos institucionales. Unos tienen como base la materia, y otros el lenguaje.  

Existe una piel, carne y huesos que la sostienen, labios y manos, su olor y calor, existe una forma en que se mueve el mundo dentro de ella, y el hálito que descarga sobre mi cuello y mi espalda, que también existen, cuando me abraza fuerte segundos antes de dormir. Y existe también ese nombre, no me refiero a la N sobre el papel de las cartas que aún no le he escrito a mano: me refiero al símbolo que representa esa piel, y existe mi nombre, y un nosotros que no puede ser definido como la suma de dos cuerpos. Creamos cosas con palabras, y esas cosas existen, es decir afectan nuestras vidas y las vidas de otras personas. Vivimos también entre los efectos de nuestras ideas. 

"El inmenso conjunto de las cosas que no nos han ocurrido, es decir de nuestras ficciones, no está poblado por una miríada de ideas iguales, y por eso mismo sus efectos en nuestra vida son distintos”.

 El sufrimiento y el pensamiento sobre él hacen parte del conjunto de lo que nos sucede. Marías cuenta que el filósofo rumano Emil Cioran consideraba que estaba mal leer novelas: la realidad es tan rica, tan trágica, tan sorprendente, tiene tantos misterios que no se entiende cómo alguien puede dedicar el tiempo a la ficción, a la mentira, a lo que no sucede. El consejo de Cioran era simple y sensato: si porfiamos en alejarnos de la práctica que tanto prepara y cambia la vida, y tercos nos ponemos a leer, entonces que sea sobre la realidad: periódicos, historias, biografías. Marías acepta que la realidad es lo que sucede, pero luego se pregunta si lo que no sucede es tan accesorio, tan ornamental, tan inofensivo.  En alguna medida es cierto que somos el resultado de lo que nos ha sucedido, de nuestros títulos y trabajos adquiridos, de las enfermedades y dolores que hemos tenido, somos producto de los amores y goces que nos han modificado, pero también somos el resultado “de nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse —todas menos una, a la postre—, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros”. 

En nuestra inconformidad con la vida en la que nos ha sido dado despertar hoy, no son sus defectos sino las virtudes de las otras vidas que no son la nuestra, las que calan más hondo en la herida de la insatisfacción que nos lleva a la impotencia, la tristeza o el rencor, tan vergonzosamente reales; los pensamientos sobre la vida tranquila que dejé escapar o que nunca he tenido, sobre el logro que no he alcanzado o no alcanzaré, la sola idea de la enfermedad o la muerte que aún no cubren a la persona amada son como sombras de aves en vuelo reflejadas en el suelo de la habitación a través de la ventana, y nosotros somos el gato que las observa, perturbado por fantasmas alados que revolotean sin hacer ruido, y que lo atraviesan todo. 

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Hace poco leí un librito lleno de joyas. Se trata de El simétrico milagro, del escritor español Ramón Eder, publicado por la editorial Milserifas, y en él, una idea que podría resumir la defensa de Marías a leer ficción: “Lo que no nos ocurrió es una parte fundamental de lo que nos ha ocurrido”. El asunto ahora es que el inmenso conjunto de las cosas que no nos han ocurrido, es decir de nuestras ficciones, no está poblado por una miríada de ideas iguales, y por eso mismo sus efectos en nuestra vida son distintos. No solamente se trata entonces de que estamos compuestos, como dice Marías, de lo que ha sido y de lo que no. Aunque hay una parte importante en nuestra biografía que está habitada por elecciones libres, por cosas que hicimos guiados por la voluntad y el deseo, es mayor la cantidad de cosas ante las que hemos sido simplemente pacientes de las circunstancias y el azar: nuestro cuerpo, nuestra familia, nuestras limitaciones intelectuales y emocionales, el país, el paisaje y el Estado que nos han estado transformando y limitando, han sido las cartas con que nos ha correspondido jugar, las exiguas alternativas de nuestra libertad para actuar han dependido de ellas. No sólo se trata de que todo lo que no nos ha pasado importe, sino que es sólo en nuestras ficciones donde reside la parte no condicionada de nuestra libertad, es decir lo que seríamos si no fuéramos lo que nos ha tocado ser. 

Pessoa decía que nuestra imaginación es el teatro de la crueldad. Mientras acaricio la cabeza de N, simulando el ir y venir de las olas con mis dedos, me pregunto: ¿pensará que estoy urdiendo algo? ¿De todo lo que no he sido ni seré, qué es lo que N cree que soy? Y quienes conocen buena parte de nuestras biografías y gestos, es decir poca cosa, ¿sabrán cuántas maneras de asesinar hemos identificado y la manera limpia de hacerlo?, ¿tendrán por lo menos una cuenta cercana de cuántos robos hemos planeado, o de cuánto tiempo hemos pasado analizando las fragilidades ajenas? ¿Sospecharán, quienes nos conocen, cuáles de nuestras ficciones están al acecho?

*Filósofo y escritor. Uno de los responsables de Libélula Libros, con sedes en Manizales y Armenia. 

 

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