Un viaje al nacimiento del libro

Por: / Marzo 2022

¿Por qué un ensayo de 400 páginas sobre el mundo clásico ha vendido casi medio millón de ejemplares, y sigue embrujando lectores por todo el mundo?

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Corría el año 2019 cuando la filóloga clásica y escritora Irene Vallejo publicó El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo en el catálogo de la editorial española Siruela. No es en vano que, casi tres años después, haya aún alguien escribiendo una reseña sobre ese libro: sigue siendo un éxito absoluto. Ha ganado cantidad de premios, recibido las mejores reseñas, obtenido unas cifras en ventas asombrosas y, sobre todo, un número de reimpresiones y traducciones inverosímil para un libro de historia, estudios literarios o filología. ¿Qué hizo su autora, Irene Vallejo, para conseguir semejante acogida con un libro sobre un tema que podría padecer la impopularidad usual de la historia clásica y del libro como objeto de culto? Lo que no hacen la mayoría de los libros de historia y filología: ser vivaz, narrar, describir como si fuera una novela y no un ensayo. El resultado es magistral.

Comencemos con una aclaración: las cuatrocientas cincuenta páginas de El infinito en un junco no son una historia del artesanado y la invención de los dos grandes soportes de la palabra escrita: el rollo de papiro y el códice en pergamino o papel. Si esto ocupa un quince por ciento del texto, es mucho. Para Vallejo explicar la invención del libro en el mundo antiguo es reconocer que el libro es sobre todo mucho más que un objeto: es una cultura y una obsesión. Y su libro comienza allí, en la obsesión libresca más asombrosa que haya tenido alguna vez un rincón del mundo occidental: la Biblioteca de Alejandría. 

Explicar la obsesión de la dinastía de los Ptolomeos con los papiros manuscritos (el deseo nunca fue menor que tenerlo todo) es la excusa narrativa que le sirve a Vallejo para llevarnos a colinas lejanas donde sus mercenarios compraban, pedían en préstamo o tomaban a la fuerza tantos papiros como fuera posible, y de ahí llevarnos a las aguas del Nilo donde crecían los robustos juncos que gracias a un proceso artesanal altamente sofisticado permitían grabar la escritura con tinta sobre rugosas páginas. También para llevarnos a la Atenas de la filosofía, la tragedia y la comedia, y al lecho de Alejandro Magno, que descansó siempre pegado a su ejemplar de la Ilíada, soñando imitar a su gran héroe, Aquiles, entre tantos escenarios más en los que el libro nacía como fenómeno cultural. 

JUNCO CUERPOTEXTO

Contar esta historia exige describirnos un mundo muy distinto. Para hacerlo, Vallejo aborda en dos partes su relato: una primera y extensa sección sobre el mundo griego y otra más breve sobre el romano. En ambas, la vida se escucha a través de las páginas por las calles, talleres, mercados y escuelas de esas sociedades que inventaron el mundo escrito del que somos hijos. La autora nos describe muy de cerca la vida de entonces, dando cuenta con rigor de las muchas diferencias y similitudes que existen entre ese mundo y el nuestro, por cosas como el oficio de los escribas y copistas. Uno de los pasajes más fascinantes del libro puede ser uno en que la autora nos ofrece las citas textuales de la carta de un padre que le escribe a su hijo, aprendiz de escriba, y que resulta de una actualidad increíble: un regaño espantoso por el mal desempeño del joven, mientras su progenitor le reclama la inversión que ha hecho la familia para costear sus estudios. Como les digo: el libro, sobre todo, es vivaz.

Porque la historia que cuenta Vallejo tiene por protagonistas aquellos que apropiaron ese invento para darle un refugio y un público a sus ideas: los autores. El infinito en un junco se detiene muchas veces en distintas figuras clave de las letras clásicas, y permite examinar el nacimiento de las grandes tradiciones y disciplinas que nos acompañan hasta el día de hoy. Nos cuenta del celo en Atenas para atesorar los manuscritos originales de Esquilo, Sófocles y Eurípides; de Safo de Lesbos y el origen de la enorme tradición de la poesía íntima que entonces se cantaba al acompañamiento solitario de una lira; de los primeros libros que hicieron las listas de los mejores restaurantes del mundo mediterráneo, como harían más tarde las guías de turismo de hoy. Y tanto, tanto más. 

En el libro sobresalen las partes en las que Irene Vallejo se detiene en –se nota– sus autores predilectos: logra contagiarnos de su gusto por el griego Heródoto y el romano Marcial. No solo es evidente el amor que siente por ellos en la calidad de una prosa que corre como agua bajo los ojos, sino que la autora se esfuerza por mostrarnos la cercanía de un Heródoto viajero (que hoy parecería más un reportero investigativo o un cronista) que recorrió el mundo conocido entonces buscando los testimonios que permitieran explicar las guerras entre persas y griegos, así como a un poeta romano –el del mejor sentido del humor que haya existido–, consciente de todos los vicios, envidias, formas de comercio y costumbres de la capital del Imperio. Un rasgo sublime este de perfilar en su actualidad a algún escritor antiguo en su contexto, uno que de hecho solo había tenido la oportunidad de ver así de bien logrado en otro libro sublime sobre la antigüedad: El Reino de Emmanuel Carrère. Pero esa es harina de otro costal.

En resumen, ¿por qué el éxito de El infinito en un junco? ¿Por qué ir corriendo a leerlo? Porque gracias a sus páginas la antigüedad ha vuelto a estar viva y cerca en la página que leemos, lejos de los análisis especializados e íntimamente emparentada a nuestra vida cotidiana: esa misma que lo acompaña en el silencio personal en el que termina de leer estas letras. 

Irene Vallejo, El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, Madrid, Siruela, 2019.

  

*Escritor e historiador.

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