Burnout: el precio del trabajo excesivo

Por: / Ilustración: John Varón / Junio 2021

El “síndrome del trabajador quemado”, o burnout, se ha extendido por todas partes desde que fue descrito por primera vez en 1974. El teletrabajo y el estrés por la pandemia han multiplicado los casos. ¿Qué hacer? ¿Cómo identificarlo?

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I

“Dejé de rendir, vivía con una falta total de concentración, y sufría de irritabilidad, insomnio crónico, pesadillas muy cargadas y estaba muy sensible… Lloraba por cualquier cosa, bajé de peso, se me caía el pelo, mi dermatitis se alteró” me dice Natalia Rodríguez, psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana. Ya sufrió un burnout, y apenas tiene veintisiete años. “En ese momento estaba trabajando en el Ministerio del Interior, en la Unidad Nacional de Protección”.

El burnout o síndrome del trabajador quemado es un fenómeno que está en aumento a lo largo y ancho del mundo. Fue formulado por primera vez en 1974 por Herbert Freudenberger, psicólogo que trabajaba en una clínica de Nueva York donde se trataban casos de adicción y enfermedades mentales. Freudenberger identificó que una gran parte del personal del hospital padecía fatiga crónica, desmotivación y falta de interés por el trabajo, los cuales habían desembocado en claros síntomas de ansiedad y depresión, además de reducir su productividad, concentración y empatía con los pacientes y familiares. Muchos trabajadores de la clínica carecían de horarios fijos, cargaban con jornadas laborales extenuantes y tenían salarios bajos: un contexto propicio para esta afección. 

En 2019 la OMS incluyó el burnout entre los problemas asociados al empleo en la Clasificación Internacional de las Enfermedades CIP-11, que entrará en vigor en enero de 2022, aunque ya estaba en el catálogo desde 1990 en la sección “problemas asociados al control de la vida”. Se considera resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo y puede estar relacionado con precariedad, carga laboral excesiva o acoso. Y una característica que puede aparecer en algunas personas que lo padecen es negar el problema, atándose a la necesidad de seguir trabajando para intentar demostrar que no están afectados. 

“Yo estuve en negación por un tiempo largo”, retoma Natalia. “Me costaba aceptarlo porque soy psicóloga, se supone que tengo las herramientas, las estrategias… Pero pasó. La presión era inmensa. Mi trabajo consistía en analizar y evaluar en territorio el riesgo de comunidades de mujeres afro e indígenas amenazadas. A la carga laboral súmale la vulnerabilidad emocional: estás muy expuesta, sin hablar de los riesgos a tu integridad física. Cuando la insatisfacción, la presión y el cansancio fueron inmanejables, aparecieron los síntomas”.

Le pregunto cómo salió de ahí. “Comencé un proceso intenso con psicología. Renuncié a mi trabajo y me fui de viaje durante cuatro meses con lo que me pagaron. Me sirvió para darme cuenta de que había cosas que tenía que entender. El compromiso con mi trabajo no podía estar por encima de mi compromiso conmigo misma”.  

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Ilustraciones por John Varón. Instagram @john.varon.art.

II

Saber qué tanto estrés es normal, soportable, es verdaderamente difícil. Por este motivo, la  prevención suele ser complicada, y su diagnóstico, la consecuencia de no haber actuado a tiempo. Y sin embargo, para algunos trabajadores las circunstancias parecen ser inmodificables. 

En la actualidad la psicóloga Natalia Rodríguez trabaja en la Unidad de Salud Mental de la Secretaría de Salud de Bogotá, curiosamente en un contexto muy parecido al de Herbert Freudenberg cuando describió el trastorno por primera vez. Maneja casos mentales crónicos, lo cual implica no sólo hacer seguimiento e intervención de pacientes junto a psiquiatras, sino hacer lo propio con familiares y cuidadores. Y como buena parte del personal de salud durante la pandemia, ha estado a punto de volver a quemarse lidiando con la presión inmensa que el virus les ha puesto en los hombros. 

Un excelente resumen de la situación del personal de salud de primera línea en Colombia apareció recientemente en el portal digital Mutante: turnos de 12 o 24 horas continuas (es decir, semanas de 72 horas laboradas o más durante los picos), ansiedad de ser contagiados, contagiar y morir… Además, el informe indica –con cifras de la Procuraduría– que tan solo el 28,6 % del personal de salud es de planta o tiene contrato laboral con la institución con la que trabaja. Y la situación es similar en muchos países, no necesariamente de esta parte del mundo. 

Para el personal médico de primera línea, al estrés laboral se le suma la impotencia y el manejo de la impotencia, el duelo y la pérdida, me explica Ana Millán, psiquiatra adscrita a Colsanitas. De ahí la importancia, por ejemplo, de los Grupos Balint, grupos de apoyo para médicos liderados por un psiquiatra o psicólogo, que se hacen en algunas clínicas para verbalizar problemas que se tienen en casa o en el trabajo, de modo que los trabajadores puedan procesar lo que les está pasando. “La raíz del burnout es psicológica, un conjunto de síntomas que tienen una raíz emocional por un desbordamiento de estrés, y por eso es complicado también: los que lo padecen pueden ir de médico en médico sin que les puedan resolver gran cosa hasta que ya es demasiado tarde. Luego terminan lidiando con depresión o condiciones más graves. Por eso es que la psicoterapia a tiempo puede ser una herramienta de prevención muy valiosa, porque puedes terminar con cosas que ya son problemas y necesitan un tratamiento”, remata la doctora Millán. 

Sin embargo, la situación hoy desborda con creces la pandemia, y los trabajadores de la salud no son los únicos afectados. La inestabilidad laboral, el abuso de jefes poco preparados o empáticos, horarios que no se respetan o falta de claridad en las expectativas y metas del trabajador son también antecedentes de alto riesgo para burnout, como señalan diversos artículos que pueden leerse en línea sobre el trastorno. 

“Además, nosotros no estamos diseñados para vivir encerrados”, agrega Millán. “En términos de prevención y manejo, por eso es que salir es fundamental para las personas que están teletrabajando. Salir a caminar, montar bicicleta, ir a nadar, lo que se pueda hacer, porque esas pausas y cambios de espacio son claves para mantener el equilibrio. De hecho, una cosa muy importante que se entendió con el teletrabajo es que incluso ese desplazamiento entre la casa y el trabajo ayudaba mucho a metabolizar mentalmente las cosas, a entrar en disposición para trabajar o para pasar a los temas de la vida personal y dejar el trabajo, atrás cuando la persona regresaba a casa. Por otro lado, con los computadores y los aparatos la gente ya no habla tanto de forma casual, ni en el trabajo ni en su casa, eso se ha perdido y es muy importante. Son todas cosas que parecen menores, pero que hacen una gran diferencia”.

Y todos estos son factores que se han agudizado con la pandemia para todo tipo de trabajadores. Resulta difícil imaginar que es posible no quemarse cuando el incendio está incluso dentro de la propia casa, y parece que apagarlo está solo en manos del que arde o ya está carbonizado.

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Tomar acción a tiempo requiere hacer esfuerzos como renegociar la carga laboral, sacar horas de donde no se tienen para comenzar a cultivar algo de ocio, participar en grupos de apoyo o iniciar terapia.

III

Natalia Sánchez también es psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, especializada en terapia Gestalt, y también sufrió en sus veintes un burnout. En su caso, estaba estudiando dos especializaciones clínicas en terapia gestáltica en la Argentina y trabajando como cuidadora de dos niños, de uno y dos años, para costear su estadía en ese país. El problema en su caso fue que la presión y el cansancio, además de trastornar su sueño haciéndolo poco reparador, colmarla de ansiedad y volverla irritable, sí desencadenó un brote psicótico, uno de los síntomas más duros que puede llegar a experimentar una persona quemada laboralmente. “Cuando ya la persona pierde el control de la realidad y hay que cuidarla para que no se haga daño a sí mismo o a los demás”, según explica la doctora Millán.

“Aparecieron delirios. De grandeza, de persecución, alucinaciones”, me cuenta Natalia. “Primero me dieron olanzapina y me trajo a la realidad después de dos semanas de tomarla, porque esos medicamentos nunca actúan de una; pero entré en anhedonia y en fases tempranas de depresión... Como la olanzapina inhibe la serotonina, entonces me dieron un antidepresivo para estimularla. Y luego me dieron quetiapina para ayudarme a dormir. Es muy complicado equilibrar el flujo de hormonas y las reacciones químicas cerebrales. Yo sé que necesitaba tomar medicamentos para tratar la crisis, pero las pastillas no me ayudaron a recuperar mi bienestar anterior. Lo que me ayudó a salir adelante fue entrar a terapia con psicología, hablar de lo que viví para procesarlo y aprender a poner límites, hacer ejercicio, bailar, hacer yoga, cantar. Actividades para volver a sentir y recuperar herramientas de expresión. Autocuidado, mejor dicho.

El dato
El burnout fue formulado por primera vez en 1974 por el psicólogo Herbert Freuden- berger.

    

”Son muchas las personas que se sienten bien con las pastillas, como sin ganas de llorar, por ejemplo, pero en el fondo saben y sienten que la razón para llorar existe, que sigue ahí, por eso hace falta la terapia y hacer otras cosas. La inmensa mayoría de personas somos capaces de producir esas hormonas de forma natural: hay que trabajar en ello, descansar, buscar actividades que te hagan feliz y construir rutinas. Cuidar de los afectos, las relaciones y el ocio”. 

Le pregunto a Natalia qué cree que puede hacer la persona quemada para construirse algo de bienestar. “Hacer actividades distintas permite generar pensamientos distintos y también sentirse diferente. Hay personas a las que les funciona la escritura como herramienta para aclarar sus pensamientos y emociones. O hacer ejercicio. O cocinar. Son actividades que ayudan a descargarse y a producir un espacio propio no asociado a lo productivo. Pero si la persona necesita aprender a relajarse o a sacar tiempo para hacerlo, a muchos les sirve el yoga, o aprender a cuidar de su alimentación, meditar. Para tomar conciencia de esto se usa mucho, en terapia congnitivo-conductual, monitorear hábitos: puntuar de 1 a 5 cómo estás comiendo, descansando, gastando tu tiempo, para que tengas una idea de cómo vas y te des cuenta de que puedes cambiar. Se trata de hacerse agente de su propia vida”.

Lo que sin duda está claro, y las tres profesionales concuerdan en ello, es que el problema de tomar acción a tiempo requiere hacer esfuerzos como renegociar la carga laboral, sacar horas de donde no se tienen para comenzar a cultivar algo de ocio, participar en grupos de apoyo o iniciar terapia. E incluso, en circunstancias en las que todo parece irresoluble, renunciar a ese empleo que no deja tiempo para todo lo demás. Y son muchísimos los que consideran esto como impensable. Pero como me dijo una de ellas: “lo más importante es que las personas se decidan a sopesar sus opciones. Siempre hay algo que nos queda por hacer y no hemos intentado, y puede salvarnos de un quemón serio. Si la recompensa es nuestro bienestar, vale la pena intentarlo, ¿no crees?”.

 
*Historiador, periodista. Colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas y Bacánika.

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