Para qué sirven los cuentos de hadas

Por: / Ilustración: Jhon Varón / Abril 2022

Todos conocemos cuentos como “Pulgarcito”, “La Cenicienta”, “La bella durmiente” o “Caperucita Roja”. ¿De dónde vienen estos relatos? ¿Por qué despiertan el interés de niños y niñas desde hace miles de años?

SEPARADOR

El cuento de hadas típico va más o menos así: una princesa vive infelizmente retenida o dormida por obra de un hechizo, un padre celoso, un dragón o una bruja, hasta que un príncipe —el único entre muchos que superará las pruebas— logra romper el cerco y sacarla de ahí, y entonces viven felices para siempre. 

Parece que ahí cabe prácticamente todo lo que llamamos o recordamos como cuentos de hadas. Se preguntan no pocas personas para qué leer eso si todo es lo mismo, esa vaina tan fantasiosa qué le enseña a los niños o a las niñas… ¿a ser violentos?, ¿a ser rescatadas? 

Creo que por eso es importante, desde ya, darle tres noticias, estimada lectora, estimado lector: son muy pocos los cuentos de hadas que van sobre príncipes y princesas; el beso de amor verdadero es una extrañeza que popularizó Walt Disney desde 1937, y en muchos cuentos de hadas nadie vivió feliz para siempre, sino que le fue muy mal a los malos y solo fueron felices los que actuaron bien. Pocos recuerdan que la justicia en los cuentos es implacable y que su cruda extrañeza es un espejo en el que todos podríamos aterrarnos y maravillarnos de llegar a contemplarnos en él. 

Me gustaría creer que en estas líneas podré sembrar en los lectores la tentación de morder la manzana, el deseo de extraviar el camino y cruzar el espino que oculta la belleza de estos cuentos. Animarle a ir en busca de una o varias colecciones de cuentos de hadas, sabiendo que quedará cautivado para siempre. Quisiera invitarle a saltar por la madriguera del conejo: le garantizo que no volverá ileso del país de las maravillas. 

Los agentes del destino a través del tiempo

El cuento de hadas es uno de los fenómenos más asombrosos que haya producido la cultura humana. Su historia tiene por lo menos 4.000 años en Europa, Oriente Próximo, la India y el resto de Asia. Hay referencias de su existencia en textos tan antiguos como el Gorgias de Platón. Han cruzado de boca en boca, de tradición en tradición y de continente en continente a través del tiempo. 

Para que se hagan una idea: una de las Cenicientas más antiguas que se conocen es de la China medieval, así como parece que “La bella y la bestia” se puede rastrear hasta las Metamorfosis de Ovidio en la Roma antigua, y que “La bella durmiente” fue alguna vez la valkiria Brunilda, castigada al sueño por Odín según la sagas nórdicas de hace mil años. Como en estos últimos dos casos, es aún más difícil estimar desde cuándo comenzaron a independizarse como cuentos por fuera del contexto mítico que los pudo inspirar. 

En otras palabras, los cuentos de hadas han viajado a lo largo de los siglos por un motivo muy simple: han sabido adaptarse para hablarle a las audiencias más diversas en los países más distintos y en las épocas más disímiles. Tienen una actualidad perenne.

Su nombre y personajes característicos, las hadas, pueden explicar muy bien por qué. En muchas de las lenguas de Occidente, hada (fée en francés, fairy en inglés, por citar los dos ejemplos más familiares) viene del latín fatum, destino. Los personajes que terminarían como dulces mujeres aladas son descendientes de las Parcas, esas viejas diosas romanas que preveían, hilaban y cortaban los hilos del destino de todos los seres humanos. Es decir, los cuentos de hadas son relatos sobre los futuros que aguardan a la vuelta de nuestros actos. 

Cuerpo Texto 2 Cuentos de Hadas

Y no hace falta ir a buscar esas versiones antiquísimas para descubrirlo. Basta con abrir los Cuentos de los Hermanos Grimm o cualquier antología de Hans Christian Andersen para acceder a toda su magia. O bueno, digamos de una vez que no basta solo abrir el libro… Hace falta pronunciar los hechizos.

“Espejito, espejito…”

Parece una tontería, pero no lo es: para que el cuento revele su potencia, hace falta oírlo, leerlo en voz alta. Mucho antes de transitar a la literatura escrita, los cuentos de hadas vivieron en la tradición oral y popular. Se asistía en distintos espacios, en la corte y en la aldea, al momento en que alguien los contaba, y no solo a los niños: era, en sentido estricto, una forma cultural abierta al mismo tiempo a todas las generaciones. Esta es otra de las razones por las cuales siguen leyéndose y contándose después de años y años:  porque rescatan valores esenciales como la honradez, la humildad, la limpieza del corazón.

Especialistas como María Tatar o Jack Zipes han destacado la importancia de las veillées, las veladas que fueron costumbre en los pueblos franceses (y en muchos otros lugares del mundo) desde la Edad Media hasta bien entrada la modernidad, cuando después de una celebración, todos se sentaban a escuchar al que guardaba para ellos el placer de estas historias. 

Cuando aparecieron en sus primeras formas escritas tampoco abandonaron del todo la palabra hablada. La lectura en silencio que hoy tantas personas gozan gracias a la escolarización general es un fenómeno relativamente reciente. Antes, como se ve incluso en distintos capítulos de Don Quijote de la Mancha, cuando alguien entre las clases populares tenía un libro impreso o manuscrito era frecuente que no supiera leerlo. La visita de alguien que supiera hacerlo era todo un evento, y se aprovechaba para escuchar su lectura en silencio. Se reverenciaba el acto de traer a la vida el texto consignado en las páginas de un libro. 

Desde siempre han sido muy populares las ediciones de estos cuentos tradicionales: la rudimentaria Bibliothèque bleu, o ediciones piratas y económicas de obras canónicas del género como los Cuentos de Mamá la Oca de Charles Perrault, Las mil y una noches, Los cuentos de la infancia y el hogar de los hermanos Grimm o los Cuentos de Hans Christian Andersen que han popularizado tanto los relatos de hadas desde hace siglos hasta hoy.

Y entonces como hoy, la lectura en voz en alta siguió y sigue siendo el vehículo privilegiado para estos cuentos: son perfectos para la hora en que los niños van a la cama. Se trata de un hábito que también tiene muchos años. De hecho, el cuentista danés Hans Christian Andersen, nacido en una familia muy pobre, escuchó el que sería su cuento favorito de voz de su propio padre cuando era apenas un niño: “Aladino y la lámpara maravillosa”, el más famoso de los relatos de Las mil y una noches. 

No es gratuito que los cuentos reclamen la lectura de viva voz, pues ésta crea la posibilidad de la interacción: de que los niños escuchen la risa de los adultos, los adultos se vean en la embarazosa tarea de ofrecer respuestas a los más pequeños, de detenerse y crear suspensos para mantener la trama tensa, abrir conversaciones que no hemos tenido y, de atrevernos a indagar más, descubrir un mundo de ideas que nos pueden decir mucho sobre nosotros mismos. ¿Pero sobre qué exactamente?

El peso de los actos

A los cuentos de hadas los reconocemos por detalles como las moralejas al final, por ejemplo, que son un invento tardío, ampliamente introducido por los autores franceses del siglo XVII. El Érase una vez o Había una vez también es reciente: fue popularizado por Wilhelm Grimm, el menor de los hermanos alemanes, quién lo volvió una convención para iniciar las historias en la última y definitiva edición de sus cuentos, publicada en 1857. 

En los cuentos de hadas podemos encontrar hermosos relatos sobre las personas sencillas que, por su buen trabajo, corazón, generosidad y candidez, logran surgir y encontrar la felicidad a pesar de las dificultades. En “El ganso de oro” de los hermanos Grimm, un duende premia a un paria despreciado y llamado por todos Bobalicón que, por compartir su almuerzo con él, se gana el pájaro dorado que cautiva a todos y que hace que todo aquel que lo toque quede prendido de él irremediablemente. El doble sentido es para hacer morir de la risa a los adultos. Gracias a su maravilloso ganso y al apoyo del duende —su buen hado, su buena fortuna—, Bobalicón llega a ser rey, uno bondadoso y justo, después de pasar toda suerte de pruebas. 

En “El patito feo”, de Andersen, vemos la propia vida del autor pasar frente a nosotros: nacido pobre y despreciado por su extravagancia y cuna humilde, logró llegar muy alto por su tenacidad y genio, dos cualidades con las que nació y que le darían el lugar que se merecía entre los más grandes creadores. Y también hay muchos otros en esa misma línea: desde “El gato con botas” de Perrault hasta “El zapatero y los duendes” de los Grimm. 

En estos relatos también podemos aprender a despertar la compasión y aprender mucho sobre el sufrimiento de los otros. En “La vendedora de cerillas”, de Andersen, asistimos a la última Navidad de una niña pobre que vive de vender cajas de fósforos. Se trata de un cuento duro y cruel, capaz de recordarnos las penas que viven a diario muchos seres humanos. En “Rapunzel”, un cuento que recordamos especialmente mal, la joven de dorado y largo cabello es desterrada de la torre y del reino en el que vive por su hada madrina, y no por una vileza gratuita. En la versión temprana de 1812, la primera que publicaron los hermanos Grimm, Rapunzel le pregunta a su hada madrina por qué sus vestidos le quedan cada vez más estrechos, una confesión sutil e involuntaria del embarazo extramatrimonial que causa su difícil y finalmente feliz destino. 

En otros cuentos se exaltan la creatividad, la independencia y la honestidad de forma brillante y a través de ambientaciones maravillosas o pintadas de humor. Por ejemplo, en “El ruiseñor”, de Andersen, vemos cómo el genio de la espontaneidad y de los artistas no se puede reducir a ninguna imitación u obediencia ciega. En “El traje nuevo del emperador” hay una burla cáustica a la zalamería y lambonería en la que tanto se cae con los poderosos, sólo para llevar su absurdo al límite donde la candidez y honestidad de un niño podría denunciarla.

Pero quizás el tema más extraordinario que abordan estos cuentos maravillosos, a mi juicio, sean las transformaciones que conlleva la edad y el absurdo que representa resistirse al curso natural de la vida. “Blancanieves” en su versión más temprana no es asesinada por una madrastra o vil bruja, sino por su propia madre, una mujer vanidosa que no acepta que cada día el espejo le diga que su hija es más bella que ella. El cuento además cierra con la macabra condena a sus actos, un castigo típico a la vanidad en los cuentos de hadas: bailar hasta la muerte. 

Cuerpo Texto 1 Cuentos de Hadas

Otros cuentos como “La bella durmiente” o “La sirenita” muestran a través de distintas metáforas la llegada de la adolescencia y la fertilidad en las mujeres. En el primero, el pinchazo con la rueca es expresión de las primeras formas de la propia curiosidad y el deseo, así como el sueño detrás del espino como tránsito y metamorfosis en el capullo es imagen de la espera del momento en que florezca, es decir, el paso de niña a mujer. En el segundo, el deseo de salir del maravilloso mundo de la infancia (una forma de interpretar el universo submarino) al poco placentero y difícil mundo del deseo adulto, le cuesta a la joven sirena su voz y sufrir el desgarro de su cola de pez en dos hermosas piernas. Además, retomando el castigo a los pies típico de estos cuentos, el hechizo de la Bruja del Mar, por ejemplo, le permite a la sirenita conseguir piernas con el don de la gracia para el movimiento y el baile, pero al precio de un dolor indescriptible a cada paso.

¿Para qué cruzar el espino si el riesgo es salir herido?

Tenemos frente a la infancia una idea un tanto ingenua. Suponemos que, entre tantas cosas que deberían descubrir, los niños no pueden leer ni aprender sobre sexo y violencia, solo para dejarlos que lo hagan solos y por sus propios medios. Cuando Caperucita Roja se encuentra con el lobo, el precio que paga con su integridad es el de su inocencia. No es sólo que el mundo sea un lugar difícil y la vida un reto enorme: es que puede ser mucho peor si no sabemos lo suficiente de él. 

Los encuentros con el peligro que caracterizan los cuentos del tipo de Caperucita —fuera de la aldea, en el bosque, la montaña o el mar— han sido interpretados de diferentes maneras: esos peligros son los terrores que nos acechan desde fuera, como la violencia, la incertidumbre, los otros, pero también los que nos acechan desde dentro: el deseo, la vanidad, la arrogancia. Atrevernos a mirarnos en el espejo de los cuentos de hadas puede ser una forma de prepararnos para salir del cercado de la aldea, de prepararnos para acercarnos a las sombras del mundo y a las nuestras. 

Los cuentos de hadas son hermosos y aterradores, crudos y maravillosos, fantasiosos y profundamente realistas, pero sobre todo tienen la capacidad de invitarnos a cuestionarnos sobre nosotros mismos, inspirarnos o alertarnos. Escucharlos debe ser primero un placer, y después una oportunidad para que los más pequeños hagan preguntas y guarden estas historias como amuletos para más adelante. A ellos les encantan, los hipnotizan, por eso nos piden que leamos estos cuentos una y otra vez. 

No sabemos qué día sus palabras se puedan iluminar, esas que cualquier día nos pueden servir de brújula. Hay un breve cuento tradicional de la tribu Cherokee de los Estados Unidos que resume muy bien cómo pueden hacerlo. Un anciano le explica a un niño que dentro de cada uno hay dos lobos en una eterna lucha: uno representa la envidia, la ira, el resentimiento, y el otro la bondad, la compasión y la templanza. El niño le pregunta al abuelo cuál de los dos gana y el abuelo responde: el que alimentas. 

 

*Historiador y escritor. Colaborador de Bacánika y Bienestar Colsanitas.

SEPARADOR

Etiquetados con: Vida / Carta abierta / Leer / Cuentos /

Compartir

Dejar un comentario
Lo Nuevo
Más compartidos
Le puede interesar