Mentiralandia

Por: / Ilustración: Liliana Ospina / Septiembre 2020

Cuando decimos la primera mentira abrimos la puerta a un mundo en el cual tarde o temprano se borrarán los límites entre la ficción y la realidad. 

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M

amá me enseñó a mentir. Yo tenía diez años, creo. Papá era un hombre convencional: trabajaba, se quejaba de su destino de hombre, vigilaba la casa como un perro guardián que cuida un hueso del intruso y luego lo tira a la tierra y al olvido hasta que llegue otro intruso, o hasta que se le antoje agarrarlo. En mi infancia, como en la de millares hoy, hubo violencia por parte de papá. Mamá era mi guardiana. Una noche mamá y yo sabíamos que él llegaría bravo y con ganas de hacer daño, entonces mamá me agarró del brazo, me llevó a la cama y me susurró suavecito al oído y con voz como de serpiente: “hágase el dormido, mijo, hágase el dormido”. No tuve valentía ni cabeza para algo distinto. Mientras la bestia entraba intenté aprender cómo se cierran los ojos sin parpadear; no supe cómo pero funcionó, por esa noche y para mí. Yo ya no creía que la nariz creciera al mentir, y a esa edad ya me estaban importando muy poco los pecados, así que supongo que es por eso que no entendía del todo por qué era tan malo mentir, si con ello lograba evitar que mamá llorara en las noches.

Crecer consistió también en una confirmación de la utilidad de la mentira, y por eso fui mintiendo más y mejor, hasta ya no distinguir qué de lo dicho era ficción, cuáles recuerdos eran producto del mundo y cuáles de mi lengua. Tiene algo de triste el que sea sólo en la edad adulta, es decir, sólo después de muchas pérdidas, cuando nos vamos dando cuenta de los peligros de la puerta que se abre al mentir.

The Invention of Lying se estrenó en 2009. El tiempo y lugar de la trama son imprecisos, lo que importa es que se trata de una civilización en la que nadie miente, no por voluntad, sino porque no saben que la mentira existe. Es decir, su lenguaje no conoce ni la falsedad ni el ocultamiento intencionados. Mark Bellison, el protagonista, es un guionista de cine que se acaba de quedar sin empleo. Va al banco a retirar el dinero que le queda en la cuenta, y por azar dice algo que no coincide con los hechos. Gracias a ello recibe más dinero del que en realidad tenía reservado. De allí en adelante todo es distinto para él. Su madre está en el hospital, agonizante y con mucho miedo de la muerte y de la nada; antes de morir le susurra eso al oído a su hijo, “tengo miedo”. Y él, entonces, haciendo uso de esa cosa nueva que ha descubierto en el banco, decide decirle que no tiene nada que temer, que uno no muere cuando muere y que hay un cielo en el que la van a recibir ángeles con trompetas, y que existe un Dios que la condecorará por todo lo bueno. Va inventando esas cosas que también creímos nosotros cuando éramos infantes. Su madre muere feliz y convencida, y Mark va poco a poco beneficiándose de las ventajas de mentir.

 Por qué decimos mentiras?

Mentimos, entre otras cosas, para esconder una realidad que avergüenza, pues sabemos que nuestras fragilidades deberían ser solo nuestras. Dicen que sólo los humanos mienten, pero que su origen, el engaño, es también cosa de animales, que hasta ellos se las arreglan para sacar provecho. Se dice que no habría paraíso sin la mentira, que difícilmente nuestros amores seguirían siéndolo si no usáramos con ellos, cada tanto, cierta dosis de ocultamiento.

Pero ocultar fragmentos de la realidad y mentir no son la misma cosa. Estrictamente hablando, la mentira es un divorcio, una inadecuación entre el lenguaje y el mundo, entre las proposiciones y su contenido. Si Pinocho pronunciara la proposición “Yo estoy hecho de carne y hueso”, bastaría con ver su rostro de madera o tocar sus brazos para saber que esa frase no corresponde con la realidad. Del latín mentis derivamos esa palabra que señala una deformación de los hechos producto de la mente, y esa es la regla que se viola al mentir; se trata de una regla muy simple: hacer que nuestras palabras coincidan con los hechos. Mentir es distanciarse del mundo para habitar en las ficciones de la mente. Lo cual sería maravilloso, si no fuera porque la violación de esa simple regla también causa daño.

Hace unos años leí “Mentiralandia”, un cuento del escritor israelí Etgar Keret. El personaje central descubre a una compañera de trabajo mintiendo a su jefe, y luego, por un azar extraño, resulta encontrando un umbral para llegar a otro mundo. En ese mundo van apareciendo cosas que se le hacen familiares: un niño pelirrojo que roba cuanto puede, un perro atropellado y con las patas quebradas, una hermana siendo violentada por su esposo, una abuela muerta, un tío enfermo… ese mundo es Mentiralandia, el lugar al que van todas nuestras mentiras. En el cuento el personaje lamenta que por culpa de sus palabras creara un mundo en el que haya alguien sufriendo, y se sorprende de tantas mentiras dichas que había olvidado ya. Seguro no sabía que con el mentir pasa lo mismo que con casi todo en la vida de los mamíferos: la costumbre nos ciega y conduce. La repetición es una trampa.

Y allí está el riesgo de esa puerta que se abre al mentir: que la novedad y extrañeza de los primeros casos de cualquier cosa suelen tener como respuesta la alarma de nuestro cuerpo, una descarga de dopamina. Pero con la repetición, digamos de la muerte y el sufrimiento, o de la injusticia, por ejemplo, paulatinamente vamos haciendo de la muerte, el sufrimiento y la injusticia parte del paisaje, y vamos asumiendo, como mamá, que la violencia de papá es normal porque se repite. El riesgo es que tarde que temprano, cuando escuchemos que alguien dice “todos los hombres son infieles”, no nos alarmemos, no le exijamos a quien lo dice que ofrezca las pruebas que ha realizado a toda la población de la que habla, no reclamemos la evidencia de esa proposición, y entonces aceptemos que es sólo una exageración y no una mentira, o que es una mentira inocente, “piadosa”.

 Mentiralandia

Y seguro que sí, o casi, de no ser porque de tanto perdonar o ignorar ese error nos pasará que luego, cuando escuchemos “los pobres son pobres porque quieren”, “quien no está conmigo está contra mí”, “a las mujeres las violan por la forma en que se visten”, o “Pinocho es un hombre honorable”, cuando eso pase es probable que nuestra mente esté tan acostumbrada a divorciarse de la realidad que no veremos nada extraño en ello, habremos hecho de la excepción la norma, habremos renunciado a exigirle a las palabras, a las nuestras y a las de todos, adecuarse con los hechos. Y si la vida nos ha tratado mal y hemos abandonado el compromiso con la verdad, daremos crédito a lo absurdo. Habrá que tener cuidado al cruzar esa puerta, porque tarde que temprano la palabra, que es el sostén y garante de las sociedades civilizadas, y que, por cierto, es la mayor ventaja evolutiva que tenemos respecto a otras especies, se habrá desplomado en valor, y con su caída se irá también a pique el hilo que cose las relaciones sociales.

He pensado mucho en el cuento de Keret. El personaje cambia su forma de mentir: para ocultar que desprecia su trabajo y que lleva semanas deseando no volver, que lleva semanas retrasándose por la desidia, no dice que ha auxiliado a un perro atropellado, sino que se ha quedado protegiendo a una familia de gatitos que estaban felices y muy bien alimentados. Por ahí va la idea de Keret: que quizá nuestra Mentiralandia podría ser un mundo menos ruin. Y pensé que era una idea hermosa, hasta que empecé a sospechar que había entendido el cuento mal, que las mentiras bonitas que hablan de armonía y paz y seguridad y gatitos felices en Mentiralandia, ocultan tiranía y sangre y desprecio en la realidad.

Les dije que hace muchos años mamá me enseñó a mentir, y que simulé dormir y todo estuvo bien para mí. Pero ahora que lo pienso, nunca dominé el fino arte de dejar quietos los párpados al fingir dormir, y recuerdo que papá, esa noche, me hizo saber mi torpeza a su manera. Supongo que tendré que elegir una de las dos versiones: una para dejarle al mundo y otra para Mentiralandia.

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