La pandemia y su impacto en el desarrollo del habla

Por: / Mayo 2022

El aislamiento social tuvo repercusiones en el desarrollo de los niños. Una de ellas fue el retraso en el proceso de lenguaje. ¿Qué podemos hacer? Una especialista nos explica.

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Existe una máxima que deberíamos tener presentes todas las mamás primerizas, que puede ayudarnos a transitar esas preocupaciones incesantes que nacen al mismo tiempo que nuestros hijos: “Todos los niños viven un proceso de desarrollo diferente y si el hijo de mi vecino tuvo un avance hoy que mi hijo aún no tiene, no debo, necesariamente, alarmarme”. Difícil interiorizarlo, más en esta época de redes sociales donde somos testigos de la “cotidianidad” de los demás.

Escuchar a un hijo que empieza a balbucear, luego a juntar sílabas, más adelante palabras y finalmente frases es una experiencia muy reconfortante. Escuchar sus necesidades, saber qué le pasa, por qué llora o qué lo tiene contento, a través de sus propias palabras, es además tranquilizador. Pero este es un proceso natural que, como decía al inicio, varía mucho entre niño y niño. Sin embargo, el aislamiento social causado por la pandemia del Covid-19 generó una ralentización en el desarrollo del lenguaje de algunos niños.

Para dimensionar las causas de esta situación, empecemos por entender cómo es el proceso mediante el cual un bebé se encamina hacia la producción del lenguaje, con la guía de Aixa Materón Acuña, fonoaudióloga y rehabilitadora cognitiva adscrita a Colsanitas:

- De los 0 a los 12 meses

Los bebés hacen sonidos guturales y vocálicos.

- 12 meses

Aparecen los monosílabos. Por ejemplo, ma, pa, ca.

- 18 meses

Pueden decir de 10 a 12 palabras de dos sílabas.

- 23 meses

Dicen unas 40 palabras bisilábicas y yuxtaposición de palabras, mapa, capa.

- 24 meses Forman frases simples, sin muchos artículos, sustantivos o verbos.

- 3 años

Tienen más vocabulario, adjetivos y adverbios.

- 4 años

Ya hablan perfectamente.

- 4 y medio

Pueden hacer el sonido vibrante de la erre.

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El ingreso al jardín o la socialización con otros niños también crea un panorama propicio para empezar a hablar.

Las bases hereditarias son las que determinan, mayormente, qué tan rápido articulará un niño las palabras, pero también existen algunos factores que estimulan la producción del lenguaje. Por ejemplo, los padres que desde temprana edad (ocho meses) explican a sus hijos lo que están haciendo, lo que están viendo o escuchando logran que los niños tengan un contexto de su cotidianidad y se aproximen más rápidamente a la verbalización.

El ingreso al jardín o la socialización con otros niños también crea un panorama propicio para empezar a hablar, porque estar en contacto con otros niños les significa retos, necesidad de expresión, “el niño se debe evaluar y corregir y esto se logra enfrentándose a otros iguales a él”, explica la experta.

¿Qué produjo la pandemia?

Los colombianos estuvimos en confinamiento alrededor de 155 días. En este tiempo los colegios y jardines infantiles estuvieron cerrados. La socialización de los niños con sus pares se redujo drásticamente. En un hogar en el que la mamá y el papá tenían que trabajar desde la casa, conectados todo el día a un computador, las pantallas, televisores y dispositivos digitales se convirtieron en el salvavidas de muchas familias para entretener a sus hijos y así lograr sobrevivir a una dinámica que poco o nada contemplaba a los niños. Los menores no socializaban, primero porque no había tiempo, tampoco era recomendable juntarse con otros niños y segundo porque había mucho miedo y desconocimiento. Preferimos mantenernos en casa porque así disminuía el riesgo de contagio.

Mariana Bravo es la mamá de Celeste, de 2 años. La niña nació con un CIV, Comunicación interventricular (defecto congénito en el corazón), diagnóstico que la convertía en población de riesgo frente al Covid-19. Cuando empezó el aislamiento Celeste tenía solo un mes. “Apenas empezó la pandemia, nos mudamos a un pueblo y de ahí no volvimos a salir”, cuenta la mamá. Esta decisión, donde primaba la protección de su salud física, hizo que Celeste no tuviera contacto con ningún otro niño casi hasta sus 22 meses.

Dos años después del encierro, Celeste apenas está diciendo palabras completas y muy pocas frases. Y aunque el desarrollo en cada niño es diferente, el aislamiento sí pudo ser uno de los factores que retrasó el proceso en ella. Así lo explica Aixa Materón: “El contacto con pares es muy importante porque el lenguaje no es sólo imitación, es también necesidad. Si no lo necesito, no lo produzco”. Mariana lo confirma: “Para ella no era necesario comunicarse verbalmente porque todos la entendíamos, con señalar cualquier cosa todos sabíamos lo que necesitaba”.

Cuenta Mariana que el desarrollo motor de su hija también se vio afectado por el encierro: “Los niños aprenden muchas cosas viendo y como ella no nos ve jugando, trepando en el parque, haciendo tanta actividad física pues no lo tiene aún muy interiorizado”.

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 La cifra

A los 24 meses los niños comienzan a formar frases simples, sin muchos artículos, sustantivos o verbos.

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Aixa Materón recibe en su consulta muchos casos como este. “Nos quedaron muy malos hábitos en los niños tras la pandemia. Tengo niños ansiosos, que no negocian, no tienen tiempo de espera, solo quieren hacerse entender con gestos. También con malos hábitos de alimentación: chupos, teteros, comidas blandas hasta cuando están grandes. Hijos de mamás y papás helicópteros, es decir, que le hacen todo al hijo, no le dan la oportunidad de expresarse”.

Todo esto es posible revertirlo. Lo principal es buscar ayuda profesional y no asustarse ni poner rótulos a los niños, no etiquetarlos. Mucho menos evaluarlos o buscar en internet consejos o despejar dudas sin la ayuda de profesionales.

¿Cómo detectarlo?

Existen algunos signos de alarma que determinan un problema mayor (diferente a un retraso por causa del aislamiento social en el proceso del lenguaje) que debemos tener en cuenta y que son motivo de consulta inmediata para determinar a qué se deben estos síntomas:

- Si el niño a los ocho meses no atiende fuentes sonoras, no voltea la mirada hacia lo que produce un sonido.

- Si repite algo con mucha frecuencia (un gesto, una sola palabra).

- Si no fija la mirada en nada.

- Si no le gusta estar con otros niños.

- Si a los cinco años aún no le suena la r vibrante

 

*Periodista interesada en temas de familia, crianza y medio ambiente.

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