Estimular el neurodesarrollo en la primera infancia

Por: / Octubre 2021

Durante los primeros años de vida, el cerebro crece y tiene más actividad que el resto de la vida. Las experiencias y el factor emocional son elementos clave en su desarrollo.   

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l cerebro, esa masa gelatinosa de más de un kilo que cargamos en la cabeza, es la estructura biológica más compleja que existe. Su responsabilidad es enorme: se encarga de que todos los demás órganos funcionen, que nuestros músculos se muevan, que tengamos consciencia, pensamientos, sentimientos, memoria e imaginación, por mencionar solo algunos. Y para que esa torre de control funcione bien toda la vida, lo que pase con ella en los primeros años es fundamental.  

Todo empieza en el vientre materno. Más o menos en la tercera semana de gestación, se origina el sistema nervioso central: de una lámina repleta de células llamada placa neural surge el tubo neural, una estructura de apenas tres milímetros de la que luego nacen el cerebro y la médula espinal. Ese sistema nervioso recién creado es tan poderoso, que en nueve meses es capaz de coordinar el desarrollo de todos los demás órganos del cuerpo, y también del suyo. 

Los estudios señalan que entre las semanas 15 y 20 de gestación, se producen entre 50.000 y 100.000 neuronas por segundo, para llegar a las cerca de 100.000.000 de neuronas con las que nace un bebé, el equivalente a 13 veces la población mundial. Pero de nada sirven esos millones de neuronas si no tienen conexiones. Esa comunicación entre neuronas se llama sinapsis y es la que nos permite ver, oler, oír o caminar, hasta resolver las operaciones matemáticas más complejas. 

De acuerdo con el Centro de Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard, el periodo más activo para establecer conexiones neuronales son los primeros años de vida, en ellos se forman más de un millón de sinapsis por segundo. Y a medida que se crean conexiones, el cerebro crece. “Desde la tercera semana de gestación hasta los cinco o seis años, el cerebro crece hasta cuatro veces su tamaño, para llegar al 90 % del tamaño de un cerebro adulto”, explica Darío Botero, pediatra puericultor de Colsanitas. Y aunque el cerebro sigue creciendo en la adolescencia y haciendo sinapsis toda la vida, nunca lo hace al mismo ritmo que en los primeros años. 

Después de esa etapa, ocurre un proceso llamado “poda”, que consiste en que aquellas neuronas que no se utilizan, se eliminan. Esto ocurre para que el cerebro sea más eficiente y se quede con el cableado necesario: el que utiliza. Ese proceso, normal en los humanos, se ha traducido en la proliferación de programas de estimulación que buscan “salvar” neuronas de esa poda. Sin embargo, de acuerdo con el doctor Botero, hay estudios que demuestran que niños que no tuvieron ningún programa especial de estimulación pero recibieron atención y cariño de sus padres, jugaron, fueron a la escuela y se alimentaron bien, no tienen ninguna diferencia, desde el punto de vista de desarrollo, con aquellos que asistieron a programas de estimulación. “Probablemente el niño híper estimulado era un niño que buscaba hacer cosas todo el tiempo, su cerebro estaría en la búsqueda permanente de estímulos”, cosa que tampoco es buena. 

Entonces ¿qué hacer para favorecer el desarrollo cerebral de los niños en esos primeros años de vida? Varios son los factores a tener en cuenta, pero principalmente cuentan la carga genética, las relaciones, el entorno y la nutrición. 

CEREBRO BEBÉS CUERPOTEXTO

Para que el cerebro funcione bien toda la vida, lo que pase con ella en los primeros años es fundamental.

La carga genética

Cuando el cerebro empieza a configurarse, los genes que están dentro de cada neurona son como una especie de guía que le dice dónde ubicarse y con qué otras neuronas conectarse. De acuerdo con el Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares de los Estados Unidos “Al menos un tercio de los aproximadamente 20.000 genes diferentes que componen el genoma humano están activos principalmente en el cerebro. Esta es la mayor proporción de genes expresados en cualquier parte del cuerpo. Estos genes influyen en el desarrollo y la función del cerebro y, en última instancia, controlan cómo nos movemos, pensamos, sentimos y nos comportamos”. 

Las relaciones y el entorno 

Aunque los genes juegan un papel fundamental en la definición de quiénes somos, no estamos condenados a ellos, pues existe algo llamado plasticidad cerebral que, literal como si fuera plastilina, hace que el cerebro pueda moldearse, cambiar su estructura y funcionamiento, según las experiencias que vivimos. En otras palabras, la interacción entre los genes y la experiencia es lo que determina la arquitectura de nuestro cerebro. 

Cada bebé, desde el día uno, tiene una serie de experiencias únicas para él. Esas experiencias son las que van generando una explosión de conexiones neuronales, que, no mucho tiempo después, lo harán gatear, caminar, pronunciar sus primeras palabras, en fin, demostrar una serie de habilidades sensoriales, motoras, cognitivas, sociales y emocionales que son el reflejo del mundo que lo rodea, ese mundo que, a su vez, le permite desarrollarse. 

Por eso, si un niño vive en un entorno seguro, predecible, rodeado de amor y lleno de experiencias su cerebro se va a desarrollar normalmente. Lo maravilloso del neurodesarrollo es que no tienen que ser experiencias sofisticadas, pues las actividades cotidianas resultan extraordinarias para los niños. Ahora bien, un menor que, por el contrario, crece en un entorno caótico, sin expresiones de cariño, con estrés constante y mala nutrición, probablemente será un adulto con problemas psicológicos, agresivo, impulsivo y con dificultades para relacionarse. 

El famoso caso de los orfanatos rumanos en los años 80 lo comprobó. Se trataba de niños que estaban hacinados, recibían muy poca atención, no formaban vínculos afectivos con nadie, se la pasaban echados, sin juego y estaban desnutridos. “Eran niños que a los cuatro años no se movían, no hablaban, les daba lo mismo que hablaras o no hicieras nada. Algunas parejas canadienses adoptaron a esos niños y nunca pudieron recuperar su desarrollo en comparación con otros niños de la misma edad. Eran niños que, incluso, se morían entre los tres y cuatro años de física tristeza”, señala el doctor Botero. 

Las tomografías cerebrales de estos niños demostraron que sus cerebros no crecieron de forma normal, se quedaron más pequeños que el promedio. Eso prueba la importancia de las relaciones afectivas y el entorno para el desarrollo neuronal.  Como explica Botero, se ha demostrado que las relaciones son muy importantes y dan una estructura maravillosa que es el apego, es decir, la relación beneficiosa con el medio ambiente: “La primera persona es la mamá, después van involucrándose otras, yo les llamo adultos significativos, que le sirven para organizarse y entender el mundo. Acompañado por ellos, un niño llega a los cuatro o cinco años con una mejor estructura de comportamiento”.  

Quiere decir que las necesidades emocionales de los niños son tan importantes como las fisiológicas (comer, dormir, ir al baño) y eso es algo que los papás deben tener en cuenta a la hora de criar. También es importante entender que los niños no son un adulto miniatura sino seres en desarrollo que hay que entender y sobre todo acompañar, pues ellos, no los padres, son el motor de su propio desarrollo. 

La nutrición

La actividad del cerebro consume buena parte de la energía de los niños, por eso es importante compensarla con alimentos nutritivos. Desde el embarazo, la alimentación debe ser variada y saludable. Es particularmente importante tener buenos niveles de ácido fólico pues éste juega un papel importante en el desarrollo y crecimiento celular. Luego, la leche materna es fundamental, pues tiene todos los nutrientes que el cerebro del bebé necesita, además del contacto con la madre, que genera ese apego que le da seguridad y confianza.  

Cuando empieza la alimentación complementaria, se debe priorizar lo natural, la comida hecha en casa, que sea variada e incluya todos los grupos de alimentos. Entre los más reconocidos para la salud del cerebro se encuentran: las verduras, los pescados azules como el salmón o la trucha (gran fuente de omega 3, que facilita las conexiones neuronales), los mariscos, el aceite de oliva, el aguacate, los huevos, los lácteos, los frutos secos (que en los menores de tres años deben presentarse macerados para evitar atoramiento) y las legumbres. 

El cerebro y las pantallas (celular, tableta, computador, televisor) 

Los celulares y otros dispositivos tecnológicos hacen parte de la vida y prohibirlos a los niños resulta difícil para los padres. Sin embargo, la recomendación de la Academia Americana de Pediatría es evitar al máximo su uso hasta los dos años, con excepción de videollamadas para ver a familiares y siempre acompañados por un adulto que pueda explicarle al menor lo que está viendo. 

Las anteriores recomendaciones se basan en un grupo de estudios que han demostrado que el uso de pantallas antes de los dos años: 1) Puede alterar la duración del sueño, sobre todo cuando es en la tarde, pues la luz azul inhibe la producción de melatonina; 2) Puede hacer que se presenten retrasos en el desarrollo cognitivo, social y emocional, así como en el lenguaje; 3) se asocia con aumentos pequeños pero significativos en el índice de masa corporal y con aumento de peso más adelante en la infancia. 

Además, de acuerdo con el doctor Botero los videos del celular activan la zona límbica del cerebro, asociada a las respuestas primitivas del ser humano y a la satisfacción, lo que puede generar adicción. Por ser una zona del cerebro que no ha terminado de madurar, exponerla a esta clase de estímulos tan tempranamente, resulta perjudicial. 

Muchos padres utilizan el celular o la tableta como herramienta para calmar a sus hijos, pero según la Academia Americana de Pediatría y salvo situaciones excepcionales como por ejemplo un procedimiento médico en el que es necesario que el menor esté quieto, “existe la preocupación de que el uso de los dispositivos como estrategia para calmar pueda generar problemas con el establecimiento de límites o la incapacidad de los niños para regular sus emociones”. 

Si bien los científicos continúan estudiando los efectos de la tecnología en los niños, a la fecha la recomendación de las autoridades en pediatría es evitar al máximo las pantallas durante los dos primeros años. Posteriormente, entre los dos y los cinco, se recomienda restringir el uso de pantallas a máximo una hora al día, evitarlas por lo menos una hora antes de dormir, así como durante las comidas y el tiempo de juego con los padres, escoger contenidos de calidad y siempre acompañar a los niños para que entiendan mejor los contenidos. 


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