Cuidar el diálogo interno cambia la vida

Por: / Ilustración: Jorge Carvajal / Enero 2022

¿Qué palabras utiliza cuando se habla a usted mismo? ¿Cómo está caracterizado ese diálogo interno? ¿Su voz interior es recia, autoritaria, exigente, o es serena, tranquila, dulce?

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Amar después del amor

Llegará el día en que,

al regresar a casa,

te saludarás con gran alegría, te abrazarás ante el espejo,

y te invitarás a sentarte y a comer.

 

Entonces volverás a amar

al extraño que fuiste.

Dale pan, dale vino y entrega

tu corazón a ese extraño que te amó

toda tu vida y al que has ignorado

por otro que te sabe de memoria.

Recoge las cartas de

del escritorio,

las fotografías,

las notas desesperadas

y arranca tu imagen del espejo.

Siéntate y festeja tu vida

Derek Walcott

¿Cómo se habla a usted mismo? ¿Cómo es ese diálogo interno? ¿Tiende a ser amable y suave, o más bien exigente y duro? ¿Muy suave, o más bien exigente y duro? Durante más de 20 años acompañando a personas en sus procesos de transformación, y en mi propia experiencia, lo que he encontrado con bastante frecuencia es que la respuesta a estas preguntas suele ser la última: gran parte del tiempo nuestro diálogo interno es duro y exigente con nosotros mismos, y puede convertirse en una gran fuente de sufrimiento.

En algunos casos ni nuestro peor enemigo se atrevería a decirnos lo que nos decimos, ni el padre más exigente traspasaría los límites que transgredimos en esa conversación que entablamos todos los días con nosotros mismos, allí donde nadie más puede estar presente. Abrir el suficiente espacio interior para acogernos con nuestras luces y sombras, nuestros dilemas y recursos, ser una compañía confortable para nosotros mismos en el dolor y la alegría y atravesar con menos sufrimiento las situaciones desafiantes de la vida, es posible si transformamos la relación con nosotros mismos. Y la primera clave la encontramos en nuestro diálogo interior. ¿Cómo podemos iniciar ese camino de transformación?

Detenerse para avanzar, entrenar la atención plena

Habitar el momento presente relacionándonos con la realidad tal cual se presenta, siendo conscientes de nuestras emociones y sensaciones, permitiendo a la vida desplegarse ante nosotros como es, podría ser una forma de definir la felicidad con sabiduría, y está íntimamente ligada a la relación que establecemos con nuestro mundo interior. Entrenar nuestra presencia, familiarizarnos con nuestros contenidos mentales y emocionales, sin juzgar, fortaleciendo nuestra autoconsciencia, ubicándolos dentro de la experiencia humana con amabilidad y ecuanimidad se convierte en una práctica indispensable para la vida.

Tratarse con amabilidad, convertirnos en aliados

Empezar a introducir la pregunta ¿Cómo sería tratarme con amabilidad en este momento? en aquellas situaciones donde logramos darnos cuenta de cómo estamos recriminándonos repetidamente por un fallo, un error o atribuyéndonos la responsabilidad por algo que no salió como esperábamos. Repetir esa pregunta en nuestra mente podría facilitar que emerjan las respuestas, que cambie la dirección de nuestra reflexión interna.

No necesitamos ser castigados y quedarnos atrapados en un interminable y repetitivo sermón de autoflagelación, necesitamos que surjan respuestas que faciliten el aprendizaje y que la reflexión se dé desde el lugar adecuado, es decir, el de aliados, no el de enemigos.

DialogoInterno

Cultivar la perspectiva, promover una relación justa

Tomar distancia de nosotros mismos, la necesaria y saludable perspectiva que con demasiada frecuencia perdemos por estar extremadamente atentos a lo que piensan los otros, lo que debería ser, lo que debería suceder. Pasar mucho tiempo fuera de nosotros y los condicionamientos de nuestra propia historia y cultura hacen que interpretemos la realidad de manera sesgada y tendenciosa, y muy probablemente hacen que perdamos esa capacidad de revisar las situaciones de la vida con la misma bondad con la que solemos juzgar los actos de quienes amamos.

Un diálogo interno justo es aquel que puede contemplar las situaciones con sana perspectiva, acogiendo las acciones con una mirada amable y sabia, con la claridad de que hacemos lo mejor que podemos en las circunstancias que nos encontramos y que si no lo logramos, la invitación es más bien a la reflexión, a detenerse, aprender y reparar, para así prevenir el sufrimiento de otros y de nosotros mismos.

En aquellas situaciones en las que nos observamos tratándonos con dureza, podemos incluir preguntas como estas:

-¿Cómo podría interpretar esta situación de otra manera?

-¿Cuál sería una interpretación más justa conmigo?

-¿Cómo me haría sentir esta o aquella interpretación de los hechos?

Enfocarnos en los recursos, cambiar la mirada

Sostener una relación justa con nosotros mismos implica también cambiar el foco de nuestra atención. Una de las características de nuestra cultura es la tendencia a dirigir nuestra mirada hacia lo que nos falta, correr detrás de la carencia y así retroalimentar constantemente la sensación de estar incompletos, insatisfechos, de buscar afuera aquello que ponga fin a esa sensación, postergando para ese momento el disfrute de la llegada a la meta. Sin embargo, cuando llega rápidamente es reemplazada por la siguiente, y así sucesivamente.

¿Qué pasaría si desde la autoconsciencia dirigimos la mirada hacia nuestros recursos? Enfocarnos en aquello que sí tenemos: nuestras habilidades para la vida y las relaciones, aquello que nos conecta con el propósito, las cualidades y sabiduría de las que disponemos para construir la realidad, lo que en resumidas cuentas nos ha permitido estar donde estamos. Porque, en definitiva, avanzamos en la vida gracias a lo que sí tenemos y no con lo que nos falta.

Escuchar las propias necesidades, dar un lugar, tiempo, espacio

Detenernos y prestar atención a las sensaciones y las emociones, escuchando con especial atención, y sin juzgar, lo que nos piden el cuerpo y el alma en cada una de las situaciones que enfrentamos: ya sea descanso físico, contacto con la naturaleza, tiempo para leer o para compartir con otras personas, silencio o soledad. Ese puede ser un comienzo para transformar la relación con nosotros mismos.

Empezar a preguntarnos ¿cuál es mi necesidad profunda en este momento?, y así poder dar a su respuesta un lugar de prioridad en nuestra lista de actividades diarias. Esto ayudará necesariamente a pacificar nuestro interior, nos permitirá ganar presencia en cada uno de nuestros actos y llenará de sentido también las relaciones con los otros.

Autocompasión: observar y sostener los propios dolores

Podemos definir la autocompasión como la acción de fortalecer en nosotros un sentido de apertura, sensibilidad y amabilidad hacia nuestros propios dolores, dilemas y sufrimientos, junto con el deseo de aliviarlos o prevenirlos sosteniendo una relación justa con nosotros mismos.

Aprender a acogernos y arroparnos como los imperfectos seres humanos que somos, a través de nuestra historia, nuestras caídas, nuestros olvidos de nosotros mismos. Porque de eso se trata esta experiencia de humanidad, aprender del compartir con nosotros y con otros acogiendo nuestras incoherencias y abriendo espacio para sostener el propio sufrimiento.

 

 *Psicóloga y psicooncóloga. Es la directora del Programa Comunitario de la Fundación Keralty

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