La compleja misión de alimentar a un niño

Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Marzo 2020

Un gran reto que enfrentan las familias con niños pequeños es lograr que coman de manera balanceada, es decir, alimentos de todos los grupos nutricionales. ¿Qué hacer?

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o solía jactarme cuando me preguntaban si mi bebé comía bien. “Come todo: frutas, verduras, queso, leche de vaca, proteína animal, es una maravilla, cero problemático”, y sonreía. Mi hijo tenía un poco más de un año, ya le habían autorizado alimentación complementaria y nos iba de maravilla. Cualquier crema sencilla con muchas verduras y carne se la devoraba. Cada fruta que probaba le parecía más sabrosa que la otra, y hasta los vegetales que para mí eran insípidos él los saboreaba como un manjar. No disfrutaba mucho la comida de los restaurantes pero eso no representaba un problema para mí: un arroz con verduras que llevara en la pañalera lo tendría feliz.

Pero la dicha terminó más rápido de lo que quería. Cuando mi hijo se fue acercando a los dos años (la edad que los expertos llaman “los terribles dos”), sus hábitos alimenticios se transformaron, se voltearon, se fueron de cabeza. Y yo con ellos.

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"En las épocas de crecimiento los niños tendrán mayor demanda de calorías".

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Primero empezó a rechazar las frutas que siempre había comido en grandes cantidades. Nunca más probó el banano, ni la papaya, ni el melón. Después empezó a comer dependiendo el día de la semana. Los lunes no, los martes si, los miércoles tal vez. Y finalmente eligió sus comidas favoritas (que nada tienen que ver con el brócoli, el pollo o la zanahoria), y aprendió a mencionarlas o a pedirlas con señas: papa, pan, queso parmesano...

Al principio me frustré porque trataba de prepararle nuevas recetas, compraba libros de cocina para bebés, hacía experimentos culinarios para tratar de camuflarle los alimentos balanceados en sus comidas... y nada funcionaba. Me ponía triste porque al final no lograba que mi hijo se alimentara bien. Además, pensaba en todo el tiempo que había perdido tratando de solucionar este problema y en cómo habría podido invertir mejor esas horas. 

Empecé a investigar sobre el tema y descubrí que, como buena mamá primeriza, estaba exagerando con mis preocupaciones. “Un niño promedio nace midiendo 50 centímetros y llega al año con 75 cm. En el segundo año de vida aumenta mucho menos de lo que creció inicialmente, y necesita menos comida. Esto significa que en las épocas de más crecimiento tendrá mayor demanda de calorías. En el segundo año ya no comen tanto, comen solo lo necesario y además se vuelven más activos, corren, caminan, juegan, entonces es más difícil sentarlos a comer, comparado con la inactividad que tenían en el primer año. Un día reciben comida y al otro no. Esto es normal, pero claramente desconcierta a los padres. Lo importante es que la curva de crecimiento del bebé, la que revisa el pediatra en los controles, esté bien”, explica Claudia Victoria Liz Villanueva, pediatra de Colsanitas.

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No hay por qué alarmarse si el niño un día no se termina el plato que servimos, o decide no almorzar pero se come las onces. El pediatra español Carlos González, presidente de la Asociación Catalana pro Lactancia Materna, y autor de más de siete libros sobre crianza, afirma en su libro Mi niño no me come, que uno de los mayores errores que cometemos los padres al alimentar a nuestros hijos es obligarlos. “Nunca obligue a comer a su hijo, con ningún método, bajo ninguna circunstancia, por ningún motivo”. Es categórico al afirmarlo porque en su consultorio de alimentación recibe a diario padres confesando que sobornan a sus hijos con premios, postres, juguetes si comen. Otros que los amenazan con quitarles la televisión, los juegos, los postres, los juguetes si no comen, y un sinnúmero de artimañas que no funcionan porque, sencillamente, si un niño no tiene hambre no va a comer.

¿Cómo podemos enamorarlos de la comida?

“Para que el niño coma de forma adecuada debemos involucrarlo en la mesa”, dice la pediatra Claudia Victoria Liz. “Que coma con la familia, que se divierta, que pueda jugar con los alimentos, ensuciarse, que el momento de comer sea una celebración. Lo peor que puede suceder es que la mamá se acerque a él ansiosa, porque el niño percibe esto y se bloquea. Hay mamás que entran muy angustiadas a batallar con el niño a la hora de comer, y eso es contraproducente”, concluye la especialista.

También podemos incentivar los hábitos que abren el apetito de los niños. Por ejemplo, hacer algo de actividad física con él o ella, o darle medias nueves y onces pequeñas para que en el momento del almuerzo o la cena tengan hambre, ofrecerles porciones de acuerdo a su edad, no podemos pretender que los niños coman lo mismo que los adultos. También evitar darle golosinas muy azucaradas o muy saladas.

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"Para que el niño coma de forma adecuada debemos involucrarlo en la mesa: que coma con la familia, que comer sea una celebración".

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Hay que tener en cuenta, además, que tenemos que buscar diferentes presentaciones para las verduras. Darlos en forma de tortas, compotas, sopas, salsas, porque es el sabor suave de las verduras lo que muchos niños rechazan, pues prefieren sabores más definidos, como la sal o el dulce.

La hora de la comida debe ser un momento familiar, de conversación y celebración, no un momento tenso que termine por arruinarnos el resto del día. Cada nueva sentada a la mesa es una oportunidad para disfrutar el tiempo en el que todos estamos concentrados en una misma actividad familiar. Es una oportunidad para enseñar y aprender con nuestros hijos, para conversar y conocerlos mejor, no un momento de mirar el celular o de estar concentrados en un programa de televisión. La mesa une a la familia y promueve esa unidad familiar que a veces tanto extrañamos.

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Hábitos que ayudan

• Los hijos copian el ejemplo de sus padres. La mejor forma de enseñarlos a comer de todo es con hábitos saludables para toda la familia.

• Comer es un acto vital, como dormir. No lo convierta en un premio o castigo.

• Lleve a su hijo a mercar para que él mismo escoja frutas y vegetales. Este es un buen primer paso para que las quiera probar.

• Las onces no tienen que ser dulces: puede ser una fruta, lácteos o incluso vegetales. Si es un carbohidrato, no debería ser de más de 15 gramos.

• Deje las frutas a la vista, que puedan tomarlas sin restricciones.

• Sea crítico frente a lo que venden los comerciales de alimentos procesados. Investigue antes de creer con fe ciega que “contienen vitaminas” y que ayudan a crecer “sanos y fuertes”.

• Las onces son opcionales y dependen de cada niño. Las que no deben faltar son las tres comidas principales: desayuno, almuerzo y cena.

• El paladar se educa. Para desarrollar el gusto por frutas y vegetales se requiere insistencia. No rendirse a la primera que rechazaron un alimento o dijeron “no me gusta”

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