Cómo funciona la terapia cognitivo-conductual

Por: / Noviembre 2020

 

Terapia cognitivo-conductual. ¿Qué es? ¿Para qué sirve? Una persona que la ha aplicado en entornos de riesgo responde a estas y otras preguntas.

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i analizamos la vida emocional de cada ser humano, seguramente llegaremos a la conclusión de que una parte importante de la población mundial necesita asistencia psicológica. Es casi imposible encontrar personas completamente equilibradas, sin traumas y sin conflictos, que puedan relacionarse consigo mismos y con los otros sin angustia o ansiedad. Según la Organización Mundial de la Salud, la prevalencia de los trastornos mentales aumenta cada año: la entidad calcula que en el mundo hay 300 millones de personas con depresión, 60 millones con trastorno afectivo bipolar y más de 20 millones que padecen de esquizofrenia y otras psicosis. Los diagnósticos declarados de demencia se acercan a los 50 millones.

Para enfrentar las angustias y dificultades emocionales que llevan a las personas a actuar en forma impulsiva o poco sensata, se puede acudir a diferentes formas de terapia. A veces, llegar a las causas profundas de ciertos comportamientos que nos dañan o dañan a otras personas puede ser largo y difícil. Muchas personas no tienen interés en estas exploraciones profundas de su vida interior, o simplemente no tienen recursos para entrar en una terapia de este tipo, que por lo general requiere de sesiones que pueden prolongarse durante meses e incluso años.

Para casos menos complejos existen formas de intervención que pueden tener un impacto enorme sobre la conducta de las personas, y que son relativamente sencillas de poner en práctica. Estos tratamientos se conocen en general con el nombre de terapias cognitivo-conductuales —TCC—, y se basan en la idea de que un mejor conocimiento de uno mismo y de sus pensamientos ayuda a actuar de manera sensata. Los estudios muestran que son eficaces para gran parte de las dificultades que enfrentan las personas en su vida diaria, y además, pueden aplicarse a grupos con unos costos relativamente bajos, o al menos más bajos que una terapia psicológica individual.

La TCC está basada en la idea de que los pensamientos influyen en la forma en la que nos comportamos, y que es posible cambiar los hábitos mentales. Para hacerlo, es preciso seguir de manera sistemática unos pasos que sirven para enfrentar la vida sin tanto sufrimiento. Algunas personas, por ejemplo, tienen la tendencia a convertir en una catástrofe hechos que en la realidad son menores; situaciones como no recibir la llamada de un amigo, sacar una mala nota en un examen o perder un objeto con valor sentimental pueden convertirse en una experiencia profundamente dolorosa para estas personas. Esa tendencia a ver tempestades en vasos de agua puede reducirse siguiendo ejercicios prácticos que ayudan a confrontar estos pensamientos y a ajustar los sentimientos incómodos.

Terapia cognitivo-conductual

Las intervenciones cognitivo-conductuales, a diferencia de otros tratamientos, tienen una estructura definida y un tiempo determinado de duración. Un tratamiento típico dura unas dieciséis sesiones. Los terapeutas utilizan un manual que enfoca la sesión, escalas rigurosas para medir la efectividad del tratamiento y definen las tareas que deben cumplir las personas en la casa o por fuera de las sesiones.

Una ventaja adicional de esta intervención es que puede utilizarse en grupos y adaptarse a poblaciones y problemas puntuales. Por ejemplo, en Chicago y en Bogotá existen programas como BAM (Becoming a Man) o Cuenta hasta 10 de la Secretaría Distrital de Seguridad, Convivencia y Justicia de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Ambos programas están dirigidos a jóvenes que hacen parte de comunidades vulnerables con altas tasas de violencia y riesgo de caer en conductas criminales.

En ambos casos, los muchachos asisten a reuniones de TCC que incluyen juegos de rol, testimonios individuales, ejercicios grupales y otras actividades que los ayudan a identificar y controlar sus emociones. Descubren cómo la ira los puede llevar a tomar malas decisiones, que pueden terminar en peleas, hurtos e incluso homicidios. Los resultados de esta intervención en reducción de la violencia en entornos específicos son esperanzadores. Por ejemplo, el programa BAM logró reducir los arrestos por violencia en 50 % en los grupos donde se aplicó, e incrementó en un 19 % las tasas de graduación escolar de estas personas.

La terapia cognitivo-conductual ha sido desarrollada y probada de manera sistemática. Es una alternativa para atender grupos que enfrentan situaciones en las cuales un mal manejo de las emociones puede terminar afectando de manera negativa su desempeño escolar o laboral, sus relaciones interpersonales e incluso su integridad física y la de otras personas.

Otra Mirada

Néstor Ramos

La terapia cognitivo conductual involucra una serie de complejidades que van mucho más allá de reconocer y modificar el pensamiento que condiciona la conducta. Por eso no debería emplearse indiscriminadamente y de la misma manera en todos los pacientes, sino que debe amoldarse a la patología particular de cada uno. Por ejemplo, en psiquiatría puede emplearse en patologías tan disímiles como depresión, ansiedad, esquizofrenia o bulimia, y la terapia cognitivo conductual no funciona de la misma manera en cada uno de esos pacientes. Aunque es cierto que tiene una serie de características básicas que pueden emplearse en grupos focales, como en el ejemplo de los jóvenes en Chicago y Bogotá citados en el artículo, el problema es que éstas sólo tratan el problema superficialmente y no de raíz.

La terapia cognitivo conductual es apenas una herramienta dentro de un tratamiento mucho más grande; el psicoanálisis es otra. Por eso debería ser remitida por un psiquiatra o un psicólogo, alguien que considere que esa es la mejor alternativa para tratar los síntomas específicos de un paciente en particular. Asistir a terapia cognitivo conductual no invalida la posibilidad de contar con otro tratamiento más profundo y prolongado en el tiempo.

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