Corro como vivo

Por: / Ilustración: Sako Asko / Septiembre 2021

Correr es pensar y al mismo tiempo dejar de pensar. Correr es meditar, es respirar. Correr es escuchar y recordar. 

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e pelado uno corre y no sabe que está corriendo; no hay distancias, no hay objetivos. Vas rápido y solo podés ir más rápido. Las piernas se adelantan a la mente, que a esa edad es como una liebre que nos marca el ritmo durante la carrera. De pelado correteaba a los demás y hasta hice parte de un equipo de atletismo. De adulto retomé porque quería callar el ruido de mi cabeza. Algo me dijo que lo hiciera, que de esa forma encontraría sosiego. Entonces, una tarde me puse unos “tenis de deporte” viejos, una pantaloneta y una camiseta cualquiera y corrí tres kilómetros. Ese arranque obtuvo su recompensa a mitad de camino, cuando los músculos ya estaban calientes y la cabeza cansada.  

Hoy salgo a correr cuatro veces por semana: lunes, martes, jueves y domingo. En los días laborales hago una carrera de ocho kilómetros, y en los no laborales, dos de diez. Los fondos, carreras de quince kilómetros en adelante en mi caso, los guardo para el último día, que es cuando tengo más tiempo y puedo permitirme el desgaste. Mi pace —ritmo, velocidad— no es la gran cosa. En los días en que estoy motivado he podido bajarlo a 4,20 minutos por kilómetro. Llegar a esa rutina, sin embargo, me costó una periostitis tibial —un dolor en la tibia como si fuera a romperse, que se produce por el impacto con el cemento—, que casi se vuelve crónica. Correr puede ser una forma de autodestruirse. Más si te impulsa la rabia y la frustración, que fueron los sentimientos que en un principio me motivaron. En realidad, estaba huyendo. Quería que el dolor de las piernas me tapara las demás señales del cuerpo. Corría de cualquier forma, todos los días a la misma velocidad y distancia, con unos tenis gastados que no eran los de mi tipo de pisada. Corría sin la técnica adecuada, y si bien encontraba algo de paz durante el camino, al final me esperaban los problemas que creía haber sobrepasado.  

Había olvidado que uno siempre está con uno aunque acelere el paso. Aunque corra hasta otro continente. Había olvidado que competía conmigo, y que el ruido en mi cabeza era mi propia voz. Afortunadamente, correr también es una forma de perdonarse. De ahí que para comenzar en este deporte sea indispensable aceptar el límite de nuestras fuerzas, negociar con él. 

En otras palabras, hay que descansar. Se recomienda hacer tres o cuatro circuitos por semana y que éstos varíen en distancia, ritmo, altura y tipo de carrera. Hay que dormir bien, mínimo seis horas por noche. Hay que comer balanceado y, en ciertos casos, consumir suplementos que ayuden a la recuperación muscular. Hay que comprarse unos tenis buenos, que por lo menos sean acordes a la pisada de uno —en roadrunningreview.com se encuentran las mejores reseñas sobre artículos para corredores—. Hay que reaprender a correr, de hecho: la cabeza inclinada un poco hacia delante para aprovechar la gravedad; impulsarse con los brazos, mantenerlos en un ángulo de setenta grados para que no se engarroten; las piernas deben dibujar una gota con el movimiento de la zancada. 

Hay que respirar. 

Correr CUERPOTEXTO
"Uno siempre esta con uno aunque acelere el paso".

El cuerpo humano puede sobrevivir durante unos días sin alimento o sin agua. Sin aire, en cambio, puede vivir nada más que unos pocos minutos. El oxígeno es el verdadero alimento vital, y sin embargo rara vez respiramos de forma consciente. De eso suelen tratar varios ejercicios meditativos cercanos al budismo: respirar a determinado compás; concentrarse en el presente y no en la promesa de un futuro, de una meta, de un supuesto camino deparado. Correr es una forma de respirar. Los músculos demandan más oxígeno y el sistema cardiorrespiratorio se ve obligado a suplir dicha exigencia. Yo procuro controlarlo, que el corazón no se desboque. Y para ello me concentro en la apertura y en la contracción de mis pulmones; en cada zancada, en cada metro, en los objetos que me rodean y que voy dejando atrás. Pongo en práctica una técnica que le aprendí al corredor argentino Leonardo Mourglia en su canal de YouTube. Precisamente, al ser más la demanda de oxígeno, no basta con respirar únicamente como nos enseñaron: inhalando por la nariz y exhalando por la boca. Por el contrario, conviene inhalar y exhalar al mismo tiempo por esos orificios. Ese cambio pone un desafío motriz que vale la pena practicar antes de salir a correr, y que ocupa la cabeza obligándola a hacer un esfuerzo por agarrarle el paso. 

Correr es un ejercicio de escucha. Al principio ponía perreo a todo volumen; hoy prefiero oír la música que produce mi organismo. Trato de imitar aquel experimento que realizó John Cage en la década del cincuenta para determinar si existía un espacio de silencio absoluto en la tierra. Cage se metió a una cámara anecoica y escuchó dos tonos: uno agudo, que era producido por su sistema nervioso, y otro grave, el de la circulación de su sangre. No hay manera de que un oído sano deje de escuchar por completo: es más factible educar el oído que taparlo. Mientras corro, las regurgitaciones de mi cuerpo me ayudan a desenredar la madeja. A veces logro separar aquellos sonidos que me son propios de aquellos ajenos que pretenden enconarse en mi conciencia. 

Hay días que no pasan y otros que pasan desapercibidos. Correr también es un ejercicio de memoria, una forma de imprimirle cierta continuidad necesaria a la existencia. Yo disfruto de la regularidad, de las rutinas. Prefiero mantener una cadencia —amplitud de la zancada— templada durante las carreras. Me acerco a mis ilusiones, a mis metas, mediante un proceso. Corro como vivo: con fe, consciente de que voy a ciegas, dudando de cada paso. Pero no me detengo porque entre más corro, menos siento las piernas; vuelvo a ese pasado en el que el cuerpo no me pasaba factura y un jugo de lulo me esperaba en la nevera de mi casa. Por eso odio los semáforos, que alguien se me atraviese y me haga perder el ritmo. Si me detengo, caigo en cuenta de que estoy haciendo equilibrio y me vengo abajo. Caigo en cuenta de que estaba corriendo y tengo que explicarme con qué fin lo hacía. Se supone que ya no puedo correr por correr. De ahí que me parezca natural que haya escrito sobre esto. Otro síntoma de los treinta, que ya me esperan al final de la próxima vuelta.

* Escritor, autor de la novela Nadie grita tu nombre (Editorial Planeta)

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