El arte de cuidar el dolor

Por: / Marzo 2020

En tiempos de crisis e incertidumbre es necesario reconocer la capacidad de sentir de quienes trabajan a diario en atender el dolor ajeno. Entender que el personal de salud siente lo mismo que el resto de nosotros es abrir ventanas en época de cerrar puertas.

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l día más difícil en la vida de Laura fue cuando el hombre que vivía en la casa frente al puesto de salud se suicidó. La llamaron primero que a la policía por ser la médica del pueblo. Cuando llegó a la casa vio al hombre colgando de una cuerda amarrada a una viga sobre el comedor. Lo escuchó pedir ayuda. El miedo y la falta de aire que sigue al arrepentimiento. Para ese momento al lado de Laura estaba el resto del equipo médico: una jefe y dos auxiliares de enfermería, la odontóloga y el otro médico del puesto. Luego llegó la policía. Todo en cuestión de segundos. La casa estaba cerrada desde adentro. Las puertas estaban trancadas con pasadores y las rejas en las ventanas eran angostas, sólo cabían las manos. Alguien trajo un palo de escoba e intentó ponerlo bajo los pies del hombre para salvarle la vida. Pero al final murió.

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Laura, el otro médico de la población, la odontóloga, la jefe y las auxiliares vieron el cuerpo a través de la ventana sin poder ni siquiera bajarlo. Ella lloró y los otros también. En ese momento Laura estaba haciendo su año rural obligatorio como estudiante de medicina. Nadie está nunca preparado para un momento así. Cuando la policía entró a la casa, bajó al hombre. Para entonces ya había más personas en la calle, entre ellas las que vivían en la casa, la pareja del hombre, sus amigos, gente que lloraba e intentaba comprender tanto horror.

En la noche, Laura y el otro médico, Nelson, y un hombre que se ofreció como ayudante, hicieron la necropsia del cuerpo en el cementerio del pueblo. Terminaron en la madrugada. Exhaustos. Tristes. Con algo atravesado en el cuerpo. No pudieron hacer nada para acompañar el dolor del hombre, prevenir su muerte, evitar el sufrimiento de la gente que lo quería.

En tiempos de crisis e incertidumbre vamos olvidando la capacidad de sentir de otras personas por concentrarnos en la propia. Pensamos en nuestro temor y nuestro dolor y el de los que nos son queridos, y en ese ejercicio la experiencia de los otros va dispersándose como una partícula de algo en aire. No es que nos cueste creer que alguien más pueda sentir lo que sentimos, sino que lo relegamos a un segundo plano. Buscamos sostenernos con esfuerzo en el marco de la ventana para que el dolor o la posibilidad del dolor sea apenas un anuncio pasajero de lo que sucede en otros lados, en otras casas.

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"Cada una de las personas que en estos tiempos de incertidumbre pasan sus horas encerradas dentro de las paredes blancas de una clínica, hospital o centro de salud de cuarto, tercer, segundo o primer nivel están sintiendo de alguna forma lo mismo que nosotros".

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Nada más válido y comprensible. Esa sensación, la primera forma del miedo, todos la experimentamos. En el egoísmo somos humanos. Todos tememos. Todos sufrimos. Incluso aquellos a quienes les confiamos nuestro dolor: el personal de salud no está hecho de seres sobrenaturales, no son héroes o heroínas. Cada una de las personas que en estos tiempos de incertidumbre pasan sus horas encerradas dentro de las paredes blancas de una clínica, hospital o centro de salud de cuarto, tercer, segundo o primer nivel están sintiendo de alguna forma lo mismo que nosotros. Y además con perspectivas que agudizan la incertidumbre: el miedo al contagio, a las réplicas, a la radiación, a la enfermedad, a la muerte. También tienen miedo de fallar, de cometer un error, de no ser capaces de aguantar. Y están la frustración, la rabia, la impotencia, el cansancio.

El problema de repetir constantemente que los médicos, personal de enfermería, auxiliares, camilleros, personal asistencial en general son algo superior al resto de nosotros, que son héroes, es que en ello se les está negando la capacidad de vivir y sentir la crisis y la incertidumbre como al resto; se les reduce a solo una de las caras de la vida: la de su oficio. Nuestra tarea no es reconocer lo sobrenatural que hay en estas personas, sino su humanidad: su capacidad de sentir temor y amor y compasión. Porque finalmente es eso lo que late en el centro de toda profesión de la salud: el deseo de cuidar el dolor de otro.

Hacer el bien o no hacer daño, como dice Hipócrates, es justamente cuidar ese dolor, el físico y el intangible, el emocional. Es ir más allá de aliviar y de curar, porque no siempre se puede. La muerte no es una sorpresa. Es más bien abrazar el dolor del otro como si fuera el propio para tratarlo como tal. Ese es el cuidado que guía casi siempre el quehacer del personal médico. Y ese gesto minúsculo no es el de poner un marco en la ventana para luego cerrarla, sino el de abrirla para ver que lo que pasa al otro lado de ella es lo mismo que pasa en este lado, en el interior.

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El miedo, la frustración y el cansancio que sintió Laura todos los días durante su año rural en el pueblo es el mismo que sienten millones de trabajadores de la salud en cada rincón del país. Es convivir a diario con la idea de que en cualquier momento le puede tocar a uno mismo, a un ser querido, padres, hermanos, abuelos, parejas, hijos, pero que no hay posibilidad de ausentarse, que en medio de la crisis el único que no puede parar es uno. Que pase lo que pase llamarán siempre al médico de turno, al médico en disponibilidad. Que pase lo que pase llamarán siempre a enfermería. Que pase lo que pase el personal de salud va a estar ahí.

Nadie quiere ver ni sentir dolor. Pero las personas que se dedican a cuidar la salud de los demás pasan los días mirándole la cara de frente y abrazándolo y asistiéndolo en cada una de sus formas. No importa de quién sea, sin distinción. No siempre se puede aliviar el dolor. No siempre se logra postergar la muerte. Y tal vez eso es lo admirable. Entender que esas personas sienten lo mismo que nosotros y además de formas diferentes, complejas, pero que hacen por nosotros lo que tal vez nosotros pensaríamos dos veces antes de hacer por otros, es abrir una ventana. Reconocer la sensibilidad de esas personas es ampliar las posibilidades de lo sensible, de la experiencia humana. Y eso en tiempos de incertidumbre lo cambia todo.

 

* Brian Lara es periodista. Adelanta una maestría en Filosofía en la Universidad de los Andes.

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