“Aprender a ser nuestra mejor compañía” : Una entrevista con la psiquiatra Andrea Caballero

Por: / Octubre 2022

La directora científica de la Clínica Campo Abierto comparte sus ideas sobre la enfermedad y la salud mental, la terapia y el arte en los caminos de la curación y la aceptación.

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Andrea Caballero atraviesa el enorme solar de la Clínica Campo Abierto. Saluda con familiaridad tanto a los médicos y enfermeras como a los pacientes que toman el sol al pie de los grandes árboles que dan sombra a decenas de suculentas. 

La doctora Caballero señala el solar y me dice: “Este es el Jardín de la Calma, una de las estrategias que más nos ha funcionado para sobrellevar la ansiedad y el impulso autolesivo”. Cuando le pregunto en qué consiste la estrategia, me responde: “Simplemente venir aquí a cuidar la tierra y regar las plantas. Es impresionante cómo los calma”. 

De no ser por las batas y los tapabocas que llevan algunas personas, es prácticamente imposible suponer que estamos en un psiquiátrico. Esto parece un agradable hogar para retiros. De hecho, Andrea Caballero, médica psiquiatra y magistra en Bioética, directora científica de la Clínica psiquiátrica Campo Abierto, echa de menos los días antes de la pandemia, cuando nadie usaba batas o tapabocas. “Nos acercaba mucho más, poniéndonos en un mismo nivel, recordándonos que el cuidado y el proceso de recuperación es un trabajo entre iguales”. 

El temperamento afable de su directora científica y el Jardín de la Calma son el mejor reflejo de una institución que ha optado por un modelo innovador y humano en su abordaje de la enfermedad mental.

De hecho, la Asociación Mundial de Psiquiatría anunció que Campo Abierto estará incluida en una serie de publicaciones sobre experiencias en el manejo psiquiátrico no coercitivo, para animar a profesionales de todo el mundo a adoptar estas alternativas. 

En la implantación de este modelo humano y no coercitivo ha sido clave la visión de esta mujer de cuarenta y dos años, apasionada del cine, las artes y del estudio de la conducta humana desde sus años universitarios, pero sobre todo crítica de visiones incapacitantes de la enfermedad mental y de métodos coercitivos en la práctica psiquiátrica.

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¿Cómo cree que deberíamos cambiar la forma en que abordamos la enfermedad mental?

Lo que vemos los profesionales de la salud mental es que se trata de un gran abanico lleno de matices que empieza desde algún problema menor o transitorio de salud mental en un extremo, hasta síntomas francos de enfermedad psiquiátrica en el otro. Todos deberíamos tener presente que podemos movernos en ese espectro a lo largo de nuestra vida. De hecho, en la pandemia sí que estuvimos cerca de sentirnos vulnerables mentalmente, incluso al borde de un colapso viendo cómo se afectó todo, desde nuestro sueño hasta el apetito, incluso quedándonos sin fuerzas para llevar el día a día... 

¿Y qué efecto produce este giro?

Especialmente en enfermería, se han estudiado mucho dos conceptos en el manejo de la enfermedad mental: sameness, el reconocimiento de nuestra semejanza en los otros, y otherness, percibir a los demás desde su otredad. Los estudios muestran que saber que se puede estar en los mismos zapatos de quien atraviesa una crisis por enfermedad mental brinda una empatía mucho mayor que se refleja en todo: te da más paciencia, te invita a escuchar y comprender mejor qué puedes hacer, te hace menos propenso a caer en juicios odiosos... La salud mental podría ser un asunto mucho más llevadero para todos si pensáramos así.

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¿Cuáles son los detonantes más frecuentes de las crisis que llevan a los pacientes a hospitalización, según su experiencia en la Clínica Campo Abierto?

Los que llegan a necesitar hospitalización por salud mental son personas como cualquier otra, pero que están pasando un momento muy difícil y tienen sus mecanismos de afrontamiento desbordados. La mayoría ingresa por estresores que se salen de sus manos: problemas económicos, sentimentales, laborales… situaciones a las que todos estamos sometidos, solo que unos más que otros. 

En segundo lugar, vienen por mecanismos de afrontamiento insuficientes, frágiles o pobres. Tercero, ingresan por ignorar o negar que se padece una enfermedad psiquiátrica. Cuarto, por no adherencia a su tratamiento. Y quinto, por cuidadores fatigados o redes de apoyo deficientes. Acá en la clínica trabajamos unas guías para cada uno de estos detonantes, que los pacientes hacen de forma individual, en las que buscamos que aprendan a manejar o procesar lo que están pasando. La idea es que desarrollen herramientas que les permitan sobrellevar su diagnóstico y situación lo mejor posible por sí mismos.

Justamente quería preguntarle eso, ¿cómo es un ingreso y hospitalización aquí?

En Campo Abierto conocemos muy bien a nuestros pacientes, sus diagnósticos, familias y dificultades. Eso hace que ellos sientan que este es un espacio seguro y por eso llegan usualmente por sus propios medios. Nosotros ofrecemos un modelo de atención interdisciplinario e intensivo que pone a disposición de cada paciente un equipo conformado por psiquiatría, psicología, terapia ocupacional, trabajo social y enfermería. Ellos abordan cada caso desde sus necesidades específicas brindando las herramientas y el tratamiento que necesite la persona, siempre de forma consensuada entre ella y el equipo. 

Evitamos tanto como podemos todas las medidas de coerción, y tenemos espacios como el jardín, la biblioteca o las clases de arte a los que pueden acceder durante su estadía. También somos muy claros desde el inicio en que los doce días que pasan en promedio aquí no van a ser suficientes: es su compromiso con el tratamiento y el desarrollo de las herramientas que les hagan falta lo que les va a permitir salir adelante.

¿Qué indicador le parece que describe mejor el éxito de este modelo humanizado?

La evidencia más diciente que nosotros podemos dar es el número de pacientes que requieren inmovilización. Tenemos las mismas patologías que otras clínicas, pero con una tasa de inmovilizaciones muy baja comparada con la de otras instituciones. Esas prácticas en otras partes son la regla, mientras en Campo Abierto son la excepción. Y también tenemos cifras muy bajas de salidas voluntarias o evasiones. Contando que tenemos unos muros muy bajos, la inmensa mayoría de nuestros pacientes no intenta escapar o pide salir antes de que les demos el alta por mejoría.

Todo esto es mucho más que lo que usualmente llaman humanizar la medicina…

En las clínicas uno a veces ve esos decálogos que dicen “mire al paciente a los ojos, salúdelo por su nombre…”. Yo cada vez que los leo pienso que eso no puede ser lo que caracteriza la humanización de la medicina; es apenas lo mínimo para ser buena persona. Por eso aquí le metimos toda la ficha a la propuesta de Pensarte: humanizar el servicio permitiendo el ingreso de las ciencias humanas y las artes a los pasillos de la clínica. 

¿Qué es lo que pueden aportar las artes y las humanidades al manejo de las crisis psiquiátricas? 

La mayoría de los profesionales de la salud mental nunca hemos experimentado lo que nuestros pacientes están sintiendo. Por ejemplo, una alucinación… La angustia que debe producir debe ser insoportable. Siempre he sentido que al no tener una representación de lo que ellos experimentan, nos vamos alejando. Así que cuando asistimos a una clase de escritura creativa, sin que sea el propósito de los profesores, muchas veces tenemos la oportunidad de oír cómo es la experiencia en primera persona de la depresión, la manía, la psicosis. 

Por otro lado, creo que el lenguaje oral o escrito no siempre nos alcanza para expresar lo que nos sucede. Es muy impresionante ver que en las clases de danza, ilustración y música los pacientes encuentran alivios muy profundos y herramientas para descargarse y hacer catarsis, además de encontrar recursos para lograr comunicar lo que sienten. Y ambas prácticas nos ayudan a ofrecer el mejor tratamiento posible.

Sin embargo, las artes suelen estar subestimadas en la educación en general, y en la educación en salud en particular… 

Para mí es fundamental que las artes hagan parte del sistema educativo, pero sin calificación. Asumidas como ejercicio de exploración. Porque podemos estar cohibiendo a muchos chicos de sus beneficios por el tema de la nota. Muchos profesores dicen aquí: ni el papel ni la pintura juzgan. Los diferentes lenguajes expresivos pueden ser benéficos para la salud en general, pero su aprendizaje debería ser generoso, desinteresado, placentero, libre de juicio. Así, la creación termina siendo un espacio terapéutico sin que ese sea el fin per se.

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Todas estas ideas resuenan con los temas que usualmente aborda la bioética, el campo en que usted cursó su maestría. ¿Cómo cree que ese otro universo tan cercano a las humanidades permea su mirada médica?

Una cosa es estudiar psiquiatría y otra, ejercerla. Yo empecé a conflictuarme con algunas aristas del poder psiquiátrico que no me gustaban: las hospitalizaciones involuntarias, las inmovilizaciones, la sedación... La dignidad y la autonomía son muy importantes para mí. Por eso busqué la maestría. Y siento que me cambió la vida, porque los médicos pensamos todos muy parecido: siempre en busca de diagnósticos para ofrecer tratamiento. Pero los que vienen de filosofía, derecho y ciencias humanas nos pueden ofrecer preguntas muy diferentes a las que usualmente nos hacemos... Uno se da cuenta de que tiene mucho en qué pensar aún, que no sabe nada, que tiene mucho qué aprender. 

Y fue en su tesis donde abordó por primera vez la cuestión de la insuficiencia de las palabras y la necesidad de buscar otras formas de empatizar con pacientes…

Así es. Quise sustentar la posibilidad del suicidio médicamente asistido para las personas que tienen enfermedad de Alzheimer, pues cuando llegan a la terminalidad de su enfermedad ya han perdido incluso el lenguaje y la capacidad para tomar decisiones, así que solicitar la eutanasia es prácticamente imposible. Y mucho antes de llegar ahí comienza un sufrimiento anticipado terrible porque saben que van a dejar de ser las personas que eran. A mí me marcó el caso de mi abuela paterna, que sufrió de demencia frontotemporal. Ella seguía ahí físicamente, pero terminó por perder el lenguaje y desaparecer. Me angustiaba mucho verla y no saber qué estaba experimentando. 

No tener cómo comunicarnos es muy doloroso. Así que para mi tesis eché mano de la filosofía y diferentes narrativas. En particular hubo una muy relevante: el blog de Joe Potocny sobre su vida y cotidianidad desde que comenzó a padecer de Alzheimer. Pero también filósofos como Paul Ricoeur, Hannah Arendt, Ludwig Wittengstein, Martha Nussbaum…

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Martha Nussbaum y su reflexión sobre las capacidades del ser humano ha sido una influencia clave en particular. ¿Cómo cree que las ideas de esta filósofa pueden cambiar el abordaje de la salud mental?

Pensar desde la teoría de las capacidades exige partir de reconocer que la enfermedad mental no quita capacidades, y que las emociones, por fuertes que sean, tampoco lo hacen. Uno siempre oye ese rollo de: si estás en crisis, no tomes decisiones. ¿Entonces cuándo decidimos? Pensar así quita mucha autonomía y agencia. 

¿Y qué emoción le parece que es un desafío hoy? 

Deberían enseñarnos a relacionarnos más y mejor con las emociones negativas en general, a no huir de ellas. Estar en búsqueda de la alegría y las otras emociones positivas de forma permanente es insostenible, porque todas son efímeras. Todos podríamos aprender a estar aburridos o tristes sin buscar rumba o distractores que nos saquen transitoriamente de ahí. La inmediatez nos tiene muy desfamiliarizados con nosotros mismos, porque si hay dificultades, problemas o las cosas no nos salen de una vez, somos cada vez más propensos a frustrarnos y a huir… Nos falta aprender a ser nuestra mejor compañía.

 

*Fotografías de Fernando Olaya e Ilustraciones de Estefany Fajardo Gutiérrez.

 


 

*Historiador y escritor. Colaborador permanente de Bienestar Colsanitas y de Bacánika.

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