Mi caso más difícil

Por: / Fotografía: Sebastián Jaramillo / Octubre 2021

Los médicos tienen que lidiar con la enfermedad y la muerte, pero también con la personalidad del paciente, con la educación de sus familiares, con el sistema de salud, entre muchos otros factores. Cinco profesionales de Colsanitas comparten su caso más complejo.

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odos tenemos días complicados, pero quizá algunos profesionales los tienen más que otros. Los médicos, por ejemplo. A veces las dificultades para curar o, por lo menos, atender a un paciente, no tienen que ver con la experiencia del profesional o con los avances de la medicina. De vez en cuando, un caso se complica por un trámite, por asuntos familiares o por otras variables fuera del alcance del médico. Para la mayoría de dolencias a las que se enfrentan los doctores existe literatura y experiencia al respecto, pero la manera como lo vive cada profesional y cada paciente sí es única. Visitamos a algunos profesionales de la salud para que compartieran con los lectores de Bienestar Sanitas algunos detalles de su caso más complejo.


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De izquierda a derecha: Juan Pablo Llano, Ana Milena Rodríguez y Javier Darío Maldonado.

Juan Pablo Llano, endocrinólogo pediatra

Cualquier papá o mamá espera que su hijo nazca bien y sin complicaciones. Sin embargo, a veces el recién nacido tiene problemas, como un bebé que atendí que había nacido con el azúcar excesivamente alto. Tenía 1.000 miligramos por decilitro, más de diez veces los niveles normales de un adulto. Si bien en los niños de cinco o seis años la diabetes es cada vez más frecuente, en bebés y en esos niveles es muy raro. Ocurre en uno de cada 400.000 nacidos vivos. Lo detectamos porque el niño no tenía mucho apetito y rechazaba la leche materna, que no tiene tanta azúcar. Haber detectado esto a tiempo fue importante porque una situación de estas es muy grave para el cerebro del bebé. Al niño le pusimos una bomba de insulina que lo tendrá que acompañar de ahora en adelante.

Ana Milena Rodríguez, fisiatra

Como fisiatra no me encargo de manera directa de los casos sino de la rehabilitación de personas. Sin embargo, hubo un caso en el que la dificultad no estuvo tanto en la paciente, una niña de nueve años con un tumor cerebral cuya ubicación no permitía operarlo. No podía sostener su cabeza, caminar ni mover los brazos. Se fue quedando dormida y dependía completamente del cuidado externo. El problema consistía en que su papá y su mamá eran divorciados y nunca estaban juntos en las citas, por lo cual era difícil que ambos tuvieran clara la misma información. La señora insistía en que ella tenía la carga del cuidado de la niña y que el papá no se interesaba, pero cuando él iba a las citas, sí parecía estarlo. Los dos estaban reacios a llevarse la niña a la casa, incluso con hospitalización domiciliaria. Fue un caso duro desde lo personal porque a los padres no se les veía señales de querer ponerse de acuerdo entre ellos ni en estar al frente del caso. La niña no tenía otros familiares que pudieran servir de apoyo. No he vuelto a saber de ella desde que dejé de atenderla. Afortunadamente, este tipo de situación es rara.

Javier Darío Maldonado, cirujano cardiovascular

Un hombre de 42 años tuvo un infarto mientras jugaba fútbol. En el hospital le hicieron un cateterismo y le pusieron un stent, que es una malla que corrige el estrechamiento de las arterias. Al día siguiente se sintió mal y tuvo otro infarto. En una nueva cirugía, le hice un bypass pero hubo complicaciones y no se le pudo quitar la máquina corazón-pulmón, por lo que se le tuvo que conectar una segunda máquina de asistencia cardiaca. De esa situación el paciente salió con falla hepática, renal y con problemas en el pulmón. Durante los siguientes doce días lo operamos siete veces, al cabo de los cuales era evidente que su corazón no iba a mejorar y entró en lista de espera para recibir un trasplante. Durante los siguientes quince días hubo entre ocho y diez ofertas de corazones, pero ninguno le servía, hasta que al fin encontramos uno que llegó desde Medellín. Después del trasplante en la Clínica Colombia el paciente tuvo una buena evolución, sin problemas. ¿Qué me enseñó este caso? Este paciente pasó por tres clínicas, y cerca de 57 personas estuvimos pendientes de él: eso me dice que nunca puedo bajar la guardia ni puedo dejar de pensar en que sí puedo salvar una vida.

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De izquierda a derecha:  Ricardo Duarte y Antonio Becerra.

Ricardo Duarte, oncólogo

A veces los casos no son difíciles por su parte médica sino por trabas que no tienen que ver con la medicina. La mamá de un colega, de 69 años de edad —ahora tiene 71— llegó con cáncer de colon. Ya había tenido una cirugía exitosa y un tratamiento de quimioterapia. Esto ocurrió en abril de 2014. En noviembre, dos meses después de haber terminado el tratamiento, se le hicieron unos estudios complementarios con resultados normales. En marzo de 2015 los estudios de control mostraron que la señora había hecho diseminación de la enfermedad y un factor llamado mutación K-Ras positivas, que contraindican el uso de algunos medicamentos (los cuales no se le estaban administrando). Se le hizo un tratamiento con el esquema adecuado, pero en ese punto era puramente paliativo. Sin embargo, lo recomendado para ella era un tratamiento disponible fuera de Colombia.

Aunque el medicamento no se consigue en el país, se puede pedir por medio del Invima con la historia clínica y la literatura que respalde la solicitud. Es un proceso que a veces es demorado y con cargo al paciente o a la EPS. Además, cada vez es necesario hacer el trámite de importación por medio de la entidad. Sin embargo, como el hijo de la paciente es médico, pudo traer el medicamento de manera personal desde España por intermedio de un colega. Actualmente la paciente está mejor. No tiene dolores ni dificultad para comer, tampoco es necesario hospitalizarla, pero siempre estamos ante el problema de que el Invima no trae el medicamento porque dice que el beneficio para el paciente es marginal, es decir, que la sobrevida es de unos dos meses. Pero ese tiempo es un promedio, y la señora viene demostrando que su sobrevida es mucho más amplia. A veces los casos son complejos no desde el punto de vista médico, sino desde el administrativo.

Antonio Becerra, neurocirujano

Hace 15 años, poco tiempo después de terminar mi especialización, llegó una niña de cuatro años con hidrocefalia. Su caso era aún más grave que el de cualquier paciente en estas condiciones, porque el cráneo de la niña medía 150 centímetros de circunferencia. Su cabeza pesaba diez kilogramos. Era de origen campesino y sus padres no la llevaron temprano para tratamiento. Luego quedó al cuidado de una tía en Bogotá que fue quien la trajo a mi consulta. Por su edad y tamaño, lo único que pudimos hacer fue reducir el tamaño del cráneo a 90 centímetros para mejorar un poco su calidad de vida y la de su tía, quien tenía que cargarla, darle de comer y hacer todo por ella. La hidrocefalia se puede tratar si se detecta a tiempo. Incluso, ahora es posible operar al bebé dentro del útero y permitirle llevar una vida normal. Pero para nosotros esa cirugía era experimental en ese momento. La intervención que hicimos trajo dificultades posoperatorias que requirieron más de un mes de trabajo adicional, pero logramos ayudar a la niña. No obstante, murió cuando estaba a punto de cumplir diez años.

 

*Periodista colombiano.

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