La manía de mentir

Por: / Ilustración: Nathaly Cuervo / Agosto 2022

La mitomanía tiene difícil manejo terapéutico. Los pacientes tienden a negar su condición y a evadir el tratamiento. Pero con el concurso de la familia y el especialista adecuado, el pronóstico mejora.

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Un niño o una niña está a punto de recibir un daño o sufrimiento emocional. Por ejemplo, alguien le dice, cruel e impune, que no es digno de amor porque no hace caso, o lo califican de mediocre o incapaz. Al principio todo es caos y oscuridad para el futuro mitómano. Es cuestión de tiempo, de años, en los que construye un mecanismo emocional con la experiencia, una conducta que incorpora a su personalidad para sobrellevar esta herida tan grande que no puede o no sabe manejar, que es superior a sus fuerzas, a su conocimiento, a su frustración.

El sustento permanente de este estado de desesperación es la baja autoestima y las pocas habilidades sociales. Quizá esa persona haya crecido en un entorno familiar o social en el que mentir es válido, recurrente, y le enseña que mentir otorga ventajas.

En ese entorno emocional complejo, un trastorno psicológico o de personalidad se abre camino: la adicción a las mentiras, para afrontar la dura realidad que vive la persona. Le cuesta decir la verdad. Es un síntoma de varios males interiores, psicológicos. El mitómano, por lo general, no tiene la intención de engañar, porque su verdadero fin es deformar la realidad. Crea y cuenta historias, personales o no, increíbles, llamativas, porque siente inseguridad.

“Casi siempre se trata de personas pasivas que nunca enfrentaron nada, inseguras, miedosas o impulsivas. En la mayoría de los casos, sus allegados, por ahorrarse disgustos, no las ponen en evidencia”, revela el psiquiatra Carlos E. Climent en su columna “La mitomanía”, publicada en el diario El País, de Cali, el 5 de junio de 2021.

Mentir a diario, de forma compulsiva, es la forma de relacionarse con los demás. Lo que para él o ella, en apariencia, no constituye un problema. Poco a poco se transforma en una especie de personaje de teatro que interpreta un papel. Para algunos expertos es “una peligrosa mezcla de narcisismo e histrionismo”. Así nace un mitómano. Enmascara su profundo resentimiento, infla su ego, crea una falsa personalidad. Una personalidad trastornada, a la que incorpora la mentira como rasgo. Siente que tiene el poder de engañar, de darle a la mentira un peso y un relumbrón de verdad.

Cada caso es único, particular. Porque implica el uso de capacidades humanas como la inteligencia, la astucia, la sagacidad y la picardía. Pero la adicción a mentir es el síntoma más evidente. Y miente para salir de otra mentira o para reforzar una anterior, con pasmosa frialdad, y evitar que alguien lo descubra.

En el libro La psicología de la mentira, el psicólogo José María Martínez dice que “el mentiroso alberga casi siempre miedo, fundado o no, a que la verdad se sepa, lo cual encierra, además, miedo a ser menos que los demás, a no conseguir un objetivo profesional [...], a ser menos atractivo, a que no nos quieran o que no nos aprecien, a que no nos respeten, a perder o a no ganar algo”.

Mentir CUERPOTEXTO

Grandilocuencia desbocada

El psiquiatra español Íñigo Rubio, en su artículo en línea, “Mentirosos compulsivos o mitómanos”, lo define como una persona fantasiosa, a la que le gusta imaginarse y simular que está dotada de un poder especial, de unas cualidades grandiosas o de un éxito excepcional.

Aunque es humano sentir deseos e imaginar esto, la diferencia con el mitómano es que siempre intenta hacer pasar esas fantasías como realidad. El que fantasea quizá se finge a sí mismo, pero el mitómano engaña a los demás. Lo suyo no es la recurrida y manida mentira social. Con sus mentiras construye un personaje que no es, con el cual logra, en algunos casos, obtener respeto y admiración de los que lo conocen. Con las narraciones que inventa, sorprendentes, extravagantes, en no pocos casos cautiva a quien le escucha, como un culebrero o un vendedor avezado. No es difícil que hable de una vida secreta, de un pasado inconfesable, hasta de una doble vida. Busca aceptación y, si es posible, admiración. Alcanzar este encantamiento es lo que lo alienta a mantener esta conducta, además del miedo a ser descubierto.

Para Emil Kraepelin (1856-1926), llamado “el padre de la psiquiatría moderna”, el mitómano es, por lo general, una persona amable, educada, inteligente y con el talante de parecer segura de sí misma. Es corriente que exhiba un don de gentes que lo hace encantador y que, si le interesa, puede mostrarse generoso y sacrificado, hasta jocoso, por lo que termina ganándose la confianza de los demás. Es “un complejo engaño organizado”, dice Lucía Pérez en su artículo “Pseudología fantástica o mitomanía”.

Nunca admite que se equivoca con respecto a algún compromiso o asunto de la vida cotidiana. Se deshace de culpas o responsabilidades y, habilidoso, se las asigna a otros, para intentar quedar bien ante los demás. Incluso, cuando alguien lo confronta, niega lo dicho o hecho. No asume lo que hace o dice. Siempre maquina, manipula, goza y sufre. De forma consciente y constante. Todo esto supone un esfuerzo enorme, porque para mentir debe regular sus emociones y no parecer nervioso, inseguro.

El adicto a la mentira, con el paso de los años, ve cómo cada vez le cuesta más trabajo controlar su propia conducta, lo que le ocasiona sentimientos encontrados, contradictorios: culpabilidad, frustración, impotencia, incapacidad para controlar sus impulsos, zozobra y estrés. Sufre una incesante lucha interior que es una fuente de elevada ansiedad y sufrimiento.

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La cifra 

Puede tener origen orgánico como resultado de un ACV o por traumas cerebrales.

 

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Creador de una realidad paralela

En 2014, el periodista colombiano Hernando Salazar entrevistó a un joven mitómano bogotano y escribió un relato para BBC Mundo. Le contó que mentía desde los siete años de edad, para “sorprender, asustar y llamar la atención de los demás […] Miento para que la gente diga algo de mí, porque me he sentido rechazado […] [Miento] cuando estoy con alguien recién conocido, para impresionarlo, o con un viejo conocido”.

El psiquiatra español Juan Moisés de la Serna, en su artículo en línea, “La mitomanía: descubriendo al mentiroso compulsivo”, afirma que “las personas que sufren adicción suelen tener baja tolerancia a la frustración y quieren lograr rápidamente la recompensa por aquello que hacen. Es decir, tienen escasa persistencia en las tareas que realizan, sobre todo si estas conllevan un esfuerzo o tiempo continuado. Estas actitudes se han observado tanto en la mitomanía, como en otras adicciones, en las que la persona trata de ‘saciar’ su dependencia, realizando aquello que considera placentero siempre que puede”.

Hay casos en los que la mitomanía tiene origen orgánico y suele afectar a personas que han sufrido trauma craneoencefálico o accidentes cerebrovasculares y resultan con trastornos cognitivos. También, complementa la psiquiatra María del Pilar Jaime, directora de la Fundación Juego Patológico, los alcohólicos mienten con mucha facilidad para ocultar su conducta compulsiva. Lo mismo los jugadores patológicos: engañan todo el tiempo para encubrir su adicción al juego, inventan que se les perdió la billetera, que les robaron el dinero, etc., para justificar el que pierden jugando. Los narcisistas son proclives a mentir la mayor parte del tiempo, para justificar que siempre tienen la razón.

Un mitómano puede convertirse fácilmente en un estafador. No hay sino un paso.

Con engaños seduce a sus víctimas, les hace falsas promesas, las envuelve con halagos, planes ficticios, les saca dinero y, por último, desaparece. Por esto resultan con serios problemas legales, rupturas familiares (separación, divorcio de su pareja, aislamiento de sus hijos). 

¿Es incurable la mitomanía?

Por lo general, el mitómano surge en familias disfuncionales, desintegradas. Sin embargo, de algunos de sus miembros es que llega el pedido de ayuda profesional, porque se han dado cuenta de que solos no pueden sobrellevar la convivencia envenenada por las mentiras recibidas por años, por décadas, que han acabado con cualquier confianza y dejado un sentimiento de indefensión.

Los primeros que arriban a los consultorios son los padres o la pareja. Buscan orientación para aprender a convivir, a tratar y a encontrar tácticas para llevar después al mitómano. “Estos pacientes son reacios a recibir atención especializada, se inventan excusas, niegan que sean mentirosos compulsivos, porque sería admitir uno de sus grandes miedos: ser descubiertos. Por eso son pocos los que aceptan seguir un tratamiento y unos cuantos los que se rehabilitan o manejan su trastorno”, afirma Rosana Glück, psiquiatra adscrita a Colsanitas.

No existe un tratamiento específico para rehabilitar a los mitómanos. A ellos se les aplica la psicoterapia prevista para cualquier adicción. Pero, la mayoría de los psiquiatras son escépticos con este tipo de pacientes, porque son muy difíciles de tratar. Es un gran desafío terapéutico transformar una personalidad forjada durante décadas, para que supere esa adicción comportamental.

Climent sostiene que “es responsabilidad de la familia (sobre todo cuando se trata de hijos o parejas) sacudirse del miedo y confrontar al enfermo de manera clara y firme. Una vez que se ha llevado a cabo la confrontación y el enfermo ve una fortaleza desconocida en sus familiares (o amigos), va a poder aceptar una imposición de límites creíbles y realistas y unas reglas de juego verificables. Solo en ese momento se le podrá exigir un plan realista de rehabilitación”.

Después el especialista diseña un plan de intervención apropiado, que incluye terapias cognitivas para que el mitómano se haga consciente de los pensamientos que lo empujan a recurrir a las mentiras. Por lo general son ideas de menoscabo, de autocrítica feroz, en fin, de deplorable autoestima. Porque, según De la Serna, “utiliza modelos de comparación muy por encima de sus posibilidades”.

Aquí es indispensable reforzar sus niveles de autoestima, con una revaloración de virtudes y logros personales y profesionales. Como las habilidades sociales nunca las ha desarrollado con honestidad, en la psicoterapia le proporcionan herramientas de comunicación, para que exprese a los demás sus reales y profundos deseos y necesidades, sin mentir. También le enseñan a aceptar o entender lo que los otros piensen de él, y que no debe vivir de acuerdo con lo que los demás le digan, para bien o para mal, sino fortalecer su propio mundo. Otro aprendizaje necesario es asumir la negativa y el rechazo de algunos como parte de la vida, sin considerarlos un ataque personal o una ofensa, para cuidar su autoestima.

Otras técnicas persiguen que el paciente modifique conductas que lo sugestionan y lo llevan a mentir. Primero, debe reconocer cuáles son las circunstancias, signos y mecanismos que estimulan el desorden mental, la adicción patológica. Enseguida le enseñan conductas que le ayudan a evitar personas, temas o lugares que la disparan, y en simultáneo, métodos para reducir la agitación que vive durante sus interacciones sociales.

Aunque no es muy común la formulación de medicamentos, hay casos en los que son recomendados para tratar otros síntomas que acosan la salud mental del paciente, como la ansiedad o el estrés. En este tratamiento es imprescindible la presencia y el acompañamiento continuo de la familia próxima. De acuerdo con los avances y mejoras, el especialista efectúa los ajustes necesarios. Es un trabajo coordinado entre paciente, terapeuta y familia.

 

*Periodista de larga trayectoria, colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas.

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