La peste y los libros

Por: / Abril 2020

Durante una enfermedad infantil que lo confinó en su cuarto, el autor encontró la lectura. Hoy, en cuarentena, le agradece al hábito que mejor acompaña la soledad, y recuerda algunos títulos que evocan momentos como el actual.

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los siete años sufrí, por primera vez, la experiencia de ser aislado del mundo: no podía ir al colegio, no podía salir a la calle y nadie me visitaba, pues todos mis amigos y conocidos estaban estudiando. Solo salía de casa para visitar una larga fila de médicos que trataban de encontrar la cura para los hongos que habían convertido mis pies en una sola llaga. No podía calzarme, no aguantaba las medias, no soportaba la rasquiña que me atormentaba, y pasaba el tiempo en la cama sin otra compañía que mi desconsuelo.

En esos tiempos no había programación de televisión durante el día, el programa de radio de Sandokán se transmitía por la tarde, a la hora de planchar, y duraba solo una hora. Fuera de esto no tenía nada que hacer salvo mirarme las heridas y lamentar mi suerte.

LibrosCUADRADA

Mi madre, desesperada, en un arranque de lucidez que luego lamentó por muchos años, decidió regalarme algunos libros, por ensayar, pensando que acaso así me distraería. Su decisión tuvo un efecto inmediato e inesperado. Me sumergí en el primer libro, y me convertí, por arte de magia, en Tom Sawyer, que engaña a su tía Polly y se vuela de casa para viajar en una balsa por el río Mississippi con Huck Finn, su mejor amigo y compinche de aventuras. A renglón seguido, me sumergí en el segundo libro y me convertí en el misterioso capitán Nemo, al mando del submarino Nautilius, y pasaba horas en su biblioteca, contemplando a través de los ventanales de la nave las profundidades del mar. Sin un segundo de descanso me sumergí en el tercero de ellos y fui Desdichado, el hijo de Genoveva de Brabante, y viví en una gruta del bosque. La semana se fue en un santiamén y lo mismo hicieron los libros, para desesperación de mi madre, que tuvo que volar, una y otra vez, para traer nuevas dosis de tranquilidad a la casa.

No volví a ser el mismo. Había descubierto que podía convertirme, por así decirlo, en otro. Yo era otro, yo era otros. Había sido infectado por los libros, pero me había curado, para siempre, de sentirme aislado del mundo. Sí, me había perdido del mundo que me rodeaba, del colegio, de la calle, de los hongos que me atormentaban, del dolor y del aburrimiento. Se había abierto para mí la posibilidad de vivir como si fuera otros seres y de conocer un sin fin de mundos nuevos.

Más tarde, en la adolescencia, hice un nuevo descubrimiento: no solo había libros de aventuras, sino también de desventuras, y casi sin darme cuenta me deslicé del universo aterciopelado de Julio Verne, de Emilio Salgari y de Mark Twain al de los autores rusos, y de allí a los existencialistas, y a los poetas franceses del siglo XIX, y a un largo y sustancioso etcétera. Y entonces, ya nunca volví a salir del gran océano de las literaturas.

Hice también un descubrimiento que me avergonzó sobremanera, y fue el de darme cuenta de que los libros habían sido escritos por seres vivos, o que habían estado vivos. Yo nunca me había preguntado, en mi torpe ingenuidad, de dónde provenían los libros, ni quién ni cómo los escribían.

Este descubrimiento me estimuló a seguir leyendo. La curiosidad, el placer y el afán de saber fueron mi única guía de lecturas, y siempre leí a capricho, sin ton ni son, llevado por mi parecer, o por el azar, o por recomendaciones de amigos, o por sugerencia de escritores que leen y aman a otros escritores y los recomiendan, o por las circunstancias, o por el hecho de que un libro me llevó a otro, o por el deseo de leer más libros de un autor que me hubiera seducido.


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"Había sido infectado por los libros, pero me había curado, para siempre, de sentirme aislado del mundo".

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Así, no es nada raro que en estos tiempos de encierro y aislamiento forzoso, y para ponerme a tono con la época, me haya dedicado a leer o releer novelas y cuentos sobre la peste, lo cual considero más estimulante y provechoso que ver noticieros que se repiten; noticias e información que se repiten; consejos que se repiten, y demás basura informática, sea o no sobre el coronavirus, cuyos efectos son tóxicos y perversos para el organismo.

La peste de Albert Camus, El diario del año de la peste de Daniel Defoe, el Decamerón de Boccaccio, el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, Muerte en Venecia de Thomas Mann, El amor en los tiempos del cólera de García Márquez y La peste escarlata de Jack London son algunos de los títulos que incluí en el menú de lecturas del obligado encierro.

No todos estos libros los he releído, por supuesto, ni creo tener el estómago preparado para una dieta tan fuerte, pero hay varios de ellos que bien vale la pena tener a mano en estos días.

El Decamerón de Giovanni Boccaccio, por ejemplo, es una lectura deliciosa que, en rigor, no trata sobre la peste propiamente dicha, sino sobre lo que hizo un grupo de jóvenes florentinos, siete mujeres jóvenes y tres hombres, durante la peste bubónica que atacó la ciudad en 1348. Ellos se encierran a contarse cuentos, la mayoría de los cuales hacen alarde de un descarado y maravilloso erotismo, motivo por el cual pasan sus días y sus noches ajenos a la peste y dedicados a los placeres orales. Aquí, el horror de la epidemia es un pretexto, una circunstancia que desencadena las historias –101 en total– para deleite de innumerables lectores a través de los siglos.

En El amor en los tiempos del cólera, la epidemia es el telón de fondo de una de las historias más encantadoras de García Márquez. El tiempo de la peste es el tiempo en que transcurren las historias de amor de Juvenal Urbino, de Fermina Daza y de Florentino Ariza. El cólera no tiene mayor protagonismo en la historia, fuera de ser la disculpa para izar la bandera amarilla de la cuarentena en el barco en que viajan los amantes por el río Magdalena, aislados del mundo, pero juntos de por vida hasta la palabra fin. Un libro para leer y releer en épocas de peste y de salud.

La peste, del escritor francés Albert Camus, fue aclamada como una obra maestra cuando se lanzó a mediados del siglo pasado, y ahora es releída con pasión y curiosidad por una multitud de lectores que encuentran similitudes entre la epidemia de peste bubónica que llevaron las ratas a la pequeña ciudad argelina de Orán y la pandemia que ahora atormenta al planeta entero en este año chino de la Rata. Cuando la terminó de escribir, el autor confesó: “estoy tan lejos de encontrar bueno este libro que dudo si dejar publicarlo”.

Podría seguir señalando posibles lecturas sobre la peste, pero el lector ahora tiene la palabra y, según sus deseos, puede hacer su propia lista de títulos y escoger la época y la peste que más le atraigan. Yo, por mi parte, continuaré con la lectura del que me parece el libro más sabio y placentero de leer durante esta pandemia, el Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, que nos enseña el coraje y el ingenio que se requieren para sobrevivir en esta isla en la que se ha convertido cada una de nuestras casas.

 

*Alberto Quiroga es escritor. Es el autor del guión de las películas Pura sangre, Bolívar soy yo y La primera noche, entre otras.

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