Del derecho a la soledad

Por: / Ilustración: Alejandra Balaguera / Abril 2020

A la mayoría de nosotros nos da miedo estar solos. ¿Por qué? ¿Qué tememos encontrar cuando estamos cara a cara con nosotros mismos? Una reflexión y una invitación.

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“Hola soledad/ cómo extraño tu presencia”

Rolando Laserie 

asi sin darnos cuenta, como un comentario que se hace en voz baja, un susurro engañoso porque es perfectamente audible, así, de esa manera soterrada, la sociedad ha venido estigmatizando la soledad, reprobándola como una “enfermedad” quizá menor pero no por eso admisible, permitiéndole existir en la tras escena de un mundo caótico como el nuestro.

¿Pero por qué ese empeño contemporáneo en menospreciarla? Tal vez porque atenta contra la idea de hacer comunidad por la que aparentemente lucha nuestra sociedad liberal, o porque su ejercicio consiste precisamente en apartarse de la comunidad para contemplarla desde la distancia con otros ojos, unos no tan inmiscuidos en su desarrollo.

O quizás porque la soledad representa un enemigo para una sociedad de consumo necesitada de hordas de seres humanos desfilando por los pasillos de los centros comerciales, ensimismados en sus vitrinas, hipnotizados por miles de mercancías renovables. O es porque los medios de comunicación, la publicidad y la grandiosa industria del espectáculo nos necesitan atiborrando las salas de concierto, los restaurantes y los Body Tech. O sea, cultivando la “cultura”, alimentado el cuerpo, embelleciéndolo para en consecuencia celebrar en sociedad sin avergonzarnos, sino por el contrario, creando esa felicidad compartida que nos permite en exclusiva el ser unos buenos consumidores. O recluirnos en las redes sociales para hacer amigos, un millón por lo menos como nos recomienda Roberto Carlos, sumergirnos en ese aislamiento que nos deparan los “likes”, el simulacro del amor y la amistad cuantificada.

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Y es quizá por todo eso, insiste la sociedad, que lo sensato es huir de la soledad, de esa condición “anormal” de gente melancólica y hasta depresiva. Escapar de esa marginalidad que no hace visibles a los individuos porque parecen agazapados en sí mismos, sin disfrutar del sano ofrecimiento de lo mundano. Seres sospechosos, silenciosos, ausentes de la espléndida orgía del espectáculo general. Seres que deberían avergonzarse de su retiro, ruborizarse por conversar en el lenguaje de la soledad.

Pero ahora la soledad se impone para preservarnos del “mal” y tendremos que asumirla a las buenas o a las malas; descubrirla en muchos casos o aprender de ella como han hecho algunos que, por su oficio o su condición, a estas alturas son unos seres ya curtidos en las artes del aislamiento, unos solitarios auténticos.

Una rápida y por supuesto incompleta tipología nos hablaría de la soledad de los viejos ante la muerte, o la del enfermo mental en la soledad de su propio universo, o la del suicida en su momento definitivo, la del niño frente al adulto, la del amante abandonado, la del adicto sin droga, la del mendigo en la calle, la del extranjero extrañado, la del exiliado forzado a dejar su hogar o la del recluso en la cárcel. La vieja y manida del escritor frente a la hoja en blanco, o la del pintor frente al lienzo, sin olvidar las más frecuentes y dolorosas: la soledad de los desposeídos de vivienda, de afecto, de dinero, de comprensión y educación. Y hasta la soledad del portero ante el penalti. Son muchas las soledades y muy distintas. Pero la soledad, de un tipo o de otro, es consustancial a la condición humana.

Sin embargo, y es esto lo esencial, la soledad no es esa peste aborrecible si reconocemos en ella la decisión libre y consciente de separarse del ruido ambiente. Si responde a una saturación del bullicio ideológico, a una retirada de la puesta en escena del simulacro de lo afectivo. Es una decisión razonable y razonada que lo que pretende es preservar un pensamiento propio lejos de las reiteraciones demagógicas. Una conquista individual para conversar consigo mismo. Ni más ni menos.

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"La soledad no es esa peste aborrecible si reconocemos en ella la decisión libre y consciente de separarse del ruido ambiente".

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La soledad no pretende crear una sociedad de autistas sino, ojalá, otra en la que el diálogo y la verdadera solidaridad se dé entre solitarios. Ese derecho a la soledad es colectivo, no residual ni discriminatorio. Todos precisamos de soledad, pero por supuesto, no de una impuesta por el desamor, el exilio o el abandono, ni tampoco por una soberbia narcisista y que se estima todopoderosa, sino por un ejercicio autónomo de nuestra libertad. La soledad se torna subversiva cuando señala al hombre que se oculta de él mismo, que está deshabitado de sí, ese ser que se esconde de él para ser habitado por otros. Ese ser que deambula como un zombi por entre las tiendas, aturdido por las ofertas del mercado y evitando estar consigo mismo por temor a pringarse de soledad, a infectarse de intimidad.

¿Por qué ese pavor a ser nuestra única compañía? ¿Qué temor le tenemos a ese cara a cara? ¿Qué nos da miedo encontrar? ¿Vacío, oscuridad?

¿Y es que acaso es tarde para intentar entenderse y así mismo intentar entender a los otros? ¿Por qué no podemos ser nuestro propio escondite, nuestro refugio cuando el grito ensordecedor de la sociedad no nos permite escucharnos o cuando el imperativo social es una agresión contra nuestra pausa personal? ¿Por qué no quedarnos íngrimos, inquilinos de nosotros mismos, mientras el universo despotrica de la soledad y orquesta un desconcierto atronador?

Las circunstancias presentes nos llevan a concluir que el mundo está agotado y que requiere de cuidados intensivos. Es el tiempo de desechar muchas cosas que considerábamos imprescindibles en nuestro proyecto (ingenuo y egoísta) por alcanzar la felicidad. Es el momento de recuperar e inventar: recuperar un espacio para nosotros mismos, inventar otra manera de existir, proponer otra mirada sobre las “cosas que día tras día son la vida” como dice Aurelio Arturo.

 

*Escritor y profesor de escritura en la Universidad Nacional y en el Externado de Colombia. Es autor de las novelas El inquilino y Juego de niños, y de dos volúmenes de relatos: El retablo del reposo y El biombo y otros cuentos

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