La vida antes y después de una cirugía a corazón abierto

Por: / Fotografía: Jorge Andrade Blanco / Febrero 2022

Uno de los procedimientos quirúrgicos más complejos es la cirugía cardiovascular. La ciencia avanza y los equipos de especialistas logran cada vez mejores resultados. Pero ¿qué ocurre con los pacientes antes y después de entrar en la sala de cirugía?

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A los 44 años, Yolanda Martínez tuvo una muerte súbita. Se quedó sin pulso, sin respiración y sin conciencia durante diez minutos. O sea, estaba muerta. Logró superar el episodio con asistencia médica, y a los quince días estaba en la sala 5 de cirugía cardiovascular de la Clínica Universitaria Colombia, con el tórax abierto de par en par, mientras cuatro manos reparaban la falla que hacía que su corazón funcionara apenas al 20% de su capacidad.

Ese colapso de su organismo dio algunas señales previas de alerta que no fueron atendidas oportunamente. El sábado 15 de febrero en el día Yolanda sintió dolor en el pecho, y a las 4 am se hizo mucho más intenso. A las 8:30 de la mañana el dolor se combinó con vómito y adormecimiento del brazo izquierdo y la quijada. Yolanda perdió la capacidad de hablar. Así fue como se manifestó el infarto y, enseguida, el desmayo.

En la Clínica Reina Sofía, en el norte de Bogotá, recibió reanimación cardiopulmonar, y una vez que recuperó sus signos vitales la trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos Coronarios de la Clínica Colombia. Ahí le hicieron los estudios y encontraron que estaba bloqueado parcialmente el paso en una de las arterias que suministran al corazón el oxígeno y los nutrientes que se transportan en la sangre. Para recobrar el funcionamiento normal debía someterse a una cirugía de corazón llamada revascularización coronaria, que es algo así como colocar un puente, por otro camino, para que la sangre no tenga que pasar por donde está la obstrucción.

—Sentí pánico cuando el especialista me explicó lo que tenía que hacer en mi pecho para garantizarme muchos años de vida con calidad. Pienso en mis hijas, una de 7 y otra de 11 años, si no salgo viva de ese quirófano y se quedan sin su mamá—dijo Yolanda, vestida con la bata azul desechable mientras esperaba que la buscaran para llevarla a la sala de cirugía.

Habló de las pocas previsiones que tomó hasta entonces para evitar que algo así ocurriera. Hasta hace poco más de seis meses no hacía ningún tipo de ejercicio, no era cuidadosa con su alimentación e irrespetaba constantemente los horarios de las comidas. Hasta que tuvo el infarto, solía hacer tres o cuatro tareas a la vez, entre los quehaceres del hogar, la crianza de sus hijas y su trabajo como promotora de planes programados de retiro. Estaba acostumbrada a tener un nivel de estrés alto.

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Hasta hace poco más de seis meses no hacía ningún tipo de ejercicio, no era cuidadosa con su alimentación e irrespetaba constantemente los horarios de las comidas. Hasta que tuvo el infarto, solía hacer tres o cuatro tareas a la vez.

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La tranquiliza un poco saber que Javier Maldonado, el médico responsable de su intervención, es el jefe del servicio de cirugía cardiovascular de la Clínica Colombia de la Organización Sanitas Internacional y de la Fundación Santa Fe, además de haber sido miembro de la Fundación Cardiológica Infantil, durante trece años, y fundador y director de la Unidad de Trasplante de Corazón en esa institución de 2004 a 2007. Ahora combina sus altos cargos con la docencia universitaria y el trabajo gremial al frente del capítulo de cirugía cardiovascular de la Sociedad Colombiana de Cardiólogos. Yolanda está en las mejores manos.

Definitivamente, la operación que se dispone a realizar en el pecho de Yolanda no es lo más difícil que le ha tocado hacer, pero de todos modos él le encomienda todo el equipo de trabajo a Dios.

—Las enfermedades coronarias casi siempre están asociadas a excesos: de estrés, mala alimentación, tabaquismo, alcoholismo y sedentarismo... por eso se obstruyen las vías. Y en una intervención de este tipo siempre hay riesgos —dice el doctor Maldonado mientras lava no una, ni dos, sino tres veces sus manos y antebrazos con una solución jabonosa que está en una estación previa al quirófano.

En los países en vías de desarrollo las cardiopatías son la primera causa de muerte, pero en Colombia es la segunda, porque el primer lugar lo ocupan los hechos violentos. Según el Dane, anualmente mueren 54 mil personas en el país por enfermedades cardiovasculares; en el mundo, el promedio es de 17,5 millones de personas al año. Los hipertensos, los fumadores, los obesos y los sedentarios ocupan los primeros lugares del escalafón que señala los hábitos asociados a las causas de la enfermedad.

Las intervenciones cardíacas más frecuentes son por afectaciones de las arterias coronarias, mal funcionamiento de las válvulas que controlan la entrada y salida de sangre al corazón. Pero no existe una estadística consolidada sobre la cantidad de operaciones de corazón que se realizan anualmente en Colombia, y tampoco cuántas son exitosas y cuántas no.

Sin embargo, se calcula que la cantidad ronda las 8 mil cada año. Cerca del 50% de estas intervenciones, en sus distintas modalidades, se hacen en Bogotá. Entre Cali y Medellín se distribuye el 25% de los casos, y el otro 25% se hace en el resto de las ciudades del país donde hay equipos especializados para realizar este tipo de cirugía. Las cuentas claras más bien las llevan los grupos de especialistas en el área.

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El equipo de la Clínica Colombia ha operado en los últimos cuatro años exactamente 1.544 pacientes, con distintos diagnósticos. La mortalidad no supera el 5%. La operación de Yolanda, en ese centro clínico, registra una tasa de mortalidad que no supera el 1,2%, mayormente por causas asociadas al deterioro del organismo que se va a operar y no a problemas de última hora en la intervención. Otras cirugías más complejas, como la sustitución de la válvula mitral, tienen una tasa que ronda el 8% de mortalidad, igual que la del trasplante de corazón.

El grupo de especialistas de la Fundación Cardiológica Infantil, en Bogotá, tiene un récord de 1.200 cirugías al año, con un promedio de 800 casos de adultos y 400 de niños. Las razones por las que hay que operar a un niño del corazón están casi siempre asociadas a circunstancias congénitas, y las de los adultos se relacionan más con hábitos de vida. Por eso, en esta institución hay dos grupos de trabajo distintos dedicados a atender a cada grupo etario. Pero ambos son coordinados por Juan Pablo Umaña, Jefe del Departamento de Cirugía Cardiovascular. Y según los registros que tienen ahí, la mortalidad en una operación de revascularización coronaria no supera el 1,4%.

Umaña dice que el éxito en estas operaciones complejas depende, sobre todo, de la experticia del equipo de profesionales. Los resultados están relacionados con el volumen de casos que se han atendido, la sincronía y los protocolos con los que trabajen los miembros de ese equipo. Por eso, su recomendación es que la gente acuda a equipos de profesionales que sean capaces de demostrar su experiencia.

—Yo pondría todos mis ahorros en un billete de lotería si me demostraran que tengo más del 98% de probabilidades de ganar —dice el médico.

En un estudio comparativo publicado en la revista de la Sociedad Colombiana de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, los expertos aseguran que en Colombia se realiza casi el 15% de las cirugías cardiovasculares per cápita de las que se realizan en Estados Unidos cada año.

Manos a la obra

Antes de llegar al cuarto repleto de lámparas, aparatos de monitoreo y cables, la paciente ha tenido dos o tres contactos con el médico especialista en la consulta externa. Probablemente haya sido la segunda opinión profesional que recibió sobre la idoneidad de la operación.

Y se ha sometido a exámenes como electrocardiograma, ecocardiografía, cateterismo, otras pruebas sobre sus condiciones generales de salud y la valoración preanestésica. También ha firmado, para entonces, un documento en el que manifiesta que está consciente de los riesgos que implica la operación y da su consentimiento.

—Puede haber muchos corazones susceptibles de ser intervenidos, pero lo importante es que el cuerpo que alberga ese órgano sea capaz de tolerar la cirugía —dice Norma Hurtado, la jefe de enfermeras del Programa de Cirugía Cardiovascular de la Clínica Colombia.

Cuando el doctor Maldonado entra a la sala, hay una parte del proceso adelantado. La piel de la paciente ha sido esterilizada con una solución de yodo, y por eso luce amarillenta. El pecho está cubierto con una película plástica para aislar los gérmenes. Ha sido muy bien definido el campo quirúrgico y la mujer que está sobre la mesa ya fue anestesiada.

Su cara está totalmente cubierta. Podría ser Yolanda o cualquier otra. Quien sea, ha puesto su vida en manos de ese equipo médico integrado por ocho personas: un cirujano cardiovascular principal y otro auxiliar, un anestesiólogo cardiovascular, un médico general, una jefe de enfermeras, una enfermera instrumentista, otra perfusionista y una auxiliar, todas especialistas en servicios cardiológicos.

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—Yo conozco la historia de esos pacientes que opero y prefiero no sumar más presión a la que siento mientras hago la cirugía. Es un asunto susceptible de cuestionamiento ético, pero voy directo a hacer lo que me toca hacer —dice Maldonado.

En el quirófano hay una música instrumental de fondo, que sale de un computador. Los miembros del equipo se saludan y de inmediato cada cual sabe lo que tiene que hacer. El cirujano pregunta al anestesiólogo si pueden comenzar. Éste asiente. Y de inmediato el bisturí atraviesa el pecho, el médico cauteriza la piel y con una sierra diminuta y sofisticada abre en dos el esternón. Huele a quemado.

Un par de paletas de aluminio garantizan la separación del hueso y queda al descubierto una membrana muy roja. También la apartan y encuentran lo que tienen que arreglar. El corazón late, haciendo su trabajo lo mejor que puede. Comienza el procedimiento difícil y en la sala hay un silencio absoluto, interrumpido apenas, de vez en cuando, por alguna instrucción del cirujano principal.

Han pasado dos horas y media desde que todo comenzó y es evidente la distención del grupo cuando se cumple la misión. Los cirujanos utilizaron la arteria mamaria interna izquierda para hacer el “puente” que necesitaba ese corazón para funcionar mejor. Luego, verifican el buen funcionamiento del órgano a través de los equipos de monitoreo, y aunque no hay aplausos, hay alegría. Se siente la camaradería entre los integrantes del grupo. Se toman las previsiones para el drenaje de los líquidos que quedan alrededor del área intervenida, se fija el esternón con unos alambres y se sutura la piel. Una vez más, todo ha salido bien.

En otras cirugías cardiovasculares se usa una máquina de circulación extracorpórea, que temporalmente realiza las funciones del corazón, los pulmones y los riñones, para poder hacer procedimientos quirúrgicos en los que es indispensable un corazón quieto y sin sangre.

En esta no hubo que utilizarla.

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Debido a los antecedentes de muerte súbita y la necesidad de revisar y reparar la arteria coronaria, a Yolanda le practicaron una esternotomía completa. Pero en otros casos se recomiendan intervenciones mínimamente invasivas, en las que se abre parcialmente el esternón o se hace la cirugía por un costado del pecho.

—Una mínima invasiva puede ser más incómodo para trabajar, pero facilita una recuperación más rápida del paciente y una cicatriz mucho más pequeña. Vale la pena el esfuerzo —advierte Javier Maldonado.

Afuera del área de acceso restringido hay dos personas a la espera noticias, Mario y Olga Patricia, el esposo y la hermana de Yolanda. Se levantan de los asientos en cuanto ven aparecer al hombre alto de bata blanca, con gafas. Sonríen por la información que reciben y lo ven desaparecer entre los pasillos de la clínica.

—Ese es el momento en el que todos volvemos a estar tranquilos. Da mucho gusto dar la buena noticia —dice el doctor Maldonado.

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Puede haber muchos corazones susceptibles de ser intervenidos, pero lo importante es que el cuerpo que alberga ese órgano sea capaz de tolerar la cirugía.

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El día siguiente

Después de una cirugía cardiovascular los pacientes permanecen, en promedio, tres días en cuidados intensivos. Ahí, un personal especializado los vigila de cerca y les hace seguimiento de su frecuencia cardíaca, la presión arterial, la temperatura, la frecuencia respiratoria y los niveles de oxígeno que registra su sangre. Al segundo día de la operación el paciente debe sentarse y al tercero hace su primera caminata corta.

—Durante tres días estuve hablando lento y durmiendo poco. Me era incómodo cambiar de posición en la cama, me dolía el tórax y la espalda. Tenía un poco inflamada el área de la clavícula y los senos. Y lo peor que podía pasarme era toser, porque ahí me dolía todo —cuenta Yolanda veinte días después de su intervención.

Recuerda también que le era molesto hacer los ejercicios de respiración para expandir los pulmones, porque no era fácil hacer subir, a fuerza de soplo, las bolitas contenidas en unos cilindros de plásticos. En la herida del pecho apenas sentía un leve picor y por unos días tuvo ardor en las áreas donde permanecían los tubos de drenaje. Ya nada de eso existe.

Durante la etapa de recuperación el paciente no puede consumir más de un litro y medio de líquidos al día, no debe comer grasa ni sal, no puede ingerir alcohol y es recomendable que duerma como mínimo ocho horas al día. También debe llevar un control diario de su peso, porque una variación radical en este valor es señal de alarma.

Superada la cuarta semana, luego de la intervención, se inicia la rehabilitación cardiovascular y respiratoria. En esta etapa se recomiendan un conjunto de actividades para que el paciente llegue a un nivel funcional óptimo desde el punto de vista físico, mental y social, que le permita reintegrarse progresivamente a la vida familiar y profesional. Eso incluye recibir educación acerca de la enfermedad, factores de riesgo, uso de medicamentos, práctica regular de ejercicios, aprender a respirar mejor, superar limitaciones vinculadas con la enfermedad o la cirugía y recuperar la confianza en el organismo.

Pasarán tres meses para que el hueso que estuvo abierto a la mitad sane por completo. Por eso, durante este tiempo no se puede levantar, jalar ni cargar nada que pese más de diez libras, no se deben levantar los codos por encima de los hombros, no se puede intentar alcanzar la espalda con las manos. Tampoco se debe conducir un vehículo y hay que evitar la ropa apretada.

Con respecto a retomar la intimidad sexual, los especialistas aseguran que el mejor momento es cuando el paciente se sienta bien para hacerlo. Al comienzo no podrá ejecutar posiciones en las que el peso de su cuerpo se apoye en los brazos, pero la imaginación y la comunicación con la pareja facilitarán el encontrar acomodo sin sacrificar el placer.

—¿Se puede tener sexo después de una cirugía cardiovascular? ¿Emociones intensas? ¿Sorpresas?

—Por supuesto, para eso fue que el paciente se operó, para poder hacer y sentir todo eso sin temores —aclara el cirujano de la Clínica Colombia.

Aprender a cuidar el mecanismo circulatorio de la sangre es también un cambio importante en la vida del paciente que se ha sometido a una cirugía cardiovascular, porque junto con el ejercicio físico, será lo que garantice la durabilidad y el buen funcionamiento de las “reparaciones” hechas en su corazón. Alimentos bajos en sal, abundantes frutas y vegetales, nada de grasa, junto con el ejercicio constante, serán garantes de muchos años con calidad de vida.

—Lo más difícil es aprender a decir que no a las che: el chorizo, el chocolate, la champaña… —comenta el doctor Maldonado—. La sociedad te tienta a volver a los excesos que enfermaron de forma grave tu corazón. Los amigos quieren que tomes al menos una copa con ellos, la familia trata de convencerte de que comer poco no le hace bien a nadie, y el entorno te presiona para que vuelvas al estrés al que estabas sometido antes. Mantener los hábitos saludables es el gran reto.

Yolanda, por su parte, ya sale a caminar una hora en la ciclovía de la carrera Séptima, duerme toda la noche sin necesidad de analgésicos y aspira a que en menos de un mes pueda retomar sus visitas a clientes para convencerlos de que compren seguros de vida y planes de retiro dolarizados, porque “los seres humanos no somos inmortales”.

Regresar al 100% de sus capacidades Mauricio Martínez es un profesor de educación física y maratonista que tenía 43 años cuando le diagnosticaron una insuficiencia de la válvula mitral, probablemente por causas congénitas. Aunque era asintomático se dieron cuenta de la enfermedad gracias a un chequeo médico de rutina. Le recomendaron no alzar peso, no hacer trabajos de fuerza y cuidar su alimentación.

Durante tres años estuvo bajo supervisión médica, y finalmente se sometió a una intervención quirúrgica en la Fundación Cardioinfantil en 2012, a cargo del especialista Juan Pablo Umaña. Fue una cirugía cardiovascular mínima invasiva en la que le repararon la válvula que no funcionaba bien. Cumplió a cabalidad con las recomendaciones del posoperatorio y a los 45 días de la cirugía ya estaba corriendo cinco kilómetros.

—Los médicos me decían que tenía buenas condiciones físicas para practicarme esa operación. Yo quería seguir con mi vida, con los maratones, mi trabajo y con la crianza de mis hijas. Lo que logramos fue volver a estar al 100% de mis capacidades —dice Mauricio.

Hoy en día es profesor de educación física en el colegio Tilatá de La Calera, en Bogotá, realiza carreras en terreno de montaña y organiza competencias de atletismo en todo el país. No siente ninguna limitación en su cuerpo, pero se cuida de seguir siempre las recomendaciones médicas.

 

 *Periodista y profesora universitaria. 

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