La fortuna de olvidar

Por: / Ilustración: Mónica Ángel / Octubre 2022

El olvido tiene mala fama, pero es tan natural como beneficioso, no solo en el proceso de superar traumas, sino también en la manera como enfrentamos los cambios constantes que la vida conlleva.

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Todos conocemos a alguien cuya memoria prodigiosa para recordar con detalle toda clase de datos inspira respeto e incluso intimida. Es tal su capacidad para recordarlo todo, que al compararnos con esa persona hemos llegado a pensar que quizás algo no funciona bien dentro de nuestra cabeza.

Después de cierta edad, no pocos hemos googleado frases del tipo “cómo mejorar la memoria”, para lo cual abundan los consejos, los estudios, los 10 mejores trucos para recordar cualquier cosa y mantener el cerebro en forma. Dormir al menos siete horas, mantener a raya el estrés, comer nueces y proteínas magras, hacer acrósticos y escribir poemas, y hasta reír a menudo recomiendan psicólogos, neurólogos o gurús famosos, como el canadiense que rompió el récord Guinness a la mejor memoria cuando recordó el orden de 52 paquetes formados por un total de 2.704 cartas barajadas al azar. 

Parece haber una obsesión por no olvidar nada, aparte, claro, de todo lo que está grabado en el teléfono o podemos buscar en internet. Quisiéramos huir del olvido como de una peste. Nos urge retener desde escenas de series hasta emociones pasadas, por lo general negativas, como si la mente fuera un parque temático. Y sin embargo, la paradoja es que no solo el torrente infinito de información que nos explota en la cara cada día imposibilita dicha pretensión, sino que olvidar, lejos de ser una anomalía, es un mecanismo normal, e inclusive deseable, a través del cual el hipocampo, la zona del cerebro que se encarga de adquirir nuevas memorias y consolidarlas a lo largo del tiempo, se refresca para adaptarse mejor al cambio.

¿Quién no quisiera recordar con precisión un libro que ha leído, una anécdota de la niñez o una charla estimulante? Una memoria total, no obstante, podría resultar una pesadilla para su dueño. “Una memoria fotográfica es una maldición”, dice el neurocientífico Scott Small, director del Centro de Investigación sobre el Alzheimer en la Universidad de Columbia y autor del libro Forgetting: The Benefits of Not Remembering, publicado en 2021, donde aborda el llamado “olvido normal”, no la pérdida de memoria que experimentan sus pacientes en la edad adulta debido al deterioro cognitivo. En su ilustrativo ensayo, Small controvierte la opinión según la cual el olvido representa una falla, o al menos una molestia, en nuestros sistemas de memoria.

En la carrera contra el olvido, neurólogos y psicólogos luchan para que no empeore el diagnóstico de los pacientes que tienden a olvidar con alguna o mucha frecuencia. La preocupación médica al respecto es comprensible, ya que algunos de estos casos son demencias u otras enfermedades neurodegenerativas.

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LA CIFRA

2,5 millones de gigabytes es la capacidad de almacenamiento de nuestro cerebro.

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El olvido normal es algo distinto. El olvido natural responde a un proceso que desarrollamos desde la infancia, tan esencial como la memoria para la evolución del cerebro. En individuos sanos, olvidar es una habilidad sin la cual la mente no podría desarrollar una cognición saludable, tal como ha empezado a explicarlo la ciencia. Ese olvido natural del que no gozaba el protagonista del cuento de Jorge Luis Borges “Funes, el memorioso”, para quien “lo pensado una sola vez ya no podía borrársele”, y esa memoria prodigiosa se iba convirtiendo en una carga tan pesada como los años.

Sin el olvido propio de las edades previas al inicio del envejecimiento cognitivo, estaríamos condenados a la memoria infalible de Irineo Funes, quien, según el relato borgiano, “podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños”. Tamaña carga. De no contar con la bendición del olvido, serían aún más hondas y más difíciles de sobrellevar las heridas a las que la mente se aferra, más los resentimientos, las mezquindades, las experiencias traumáticas que nos presenta la vida.

La capacidad de olvidar datos insustanciales o sensaciones asociadas con ciertos acontecimientos contribuye a mejorar el proceso de toma de decisiones. Es lo que afirma un estudio de la Universidad de Münster, en Alemania. Un experimento de Guido Hertel, profesor de psicología organizacional, y Jörg Becker, investigador del Instituto de Sistemas de Información de la misma universidad, simularon un proceso comercial típico en el que las personas tenían que tomar decisiones sobre las ventas que realizaban. Un grupo tenía un sistema de información del que podía echar mano, mientras que el otro dependía exclusivamente de la memoria. La disponibilidad de un sistema de apoyo no solo condujo a mejores decisiones económicas, sino que liberó los recursos cognitivos de los integrantes del primer grupo, permitiéndoles recordar mejor los detalles y sentir mucho menos estrés.

El olvido, en suma, es nuestro aliado para desechar tanta información innecesaria con la que el mundo actual nos bombardea de la mañana a la noche, que más que información es ruido que les resta claridad a los pensamientos con la asertividad para, por poner un ejemplo, asumir riesgos. El olvido, entonces, favorece la flexibilidad de la mente.

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A la vanguardia de la ciencia emergente del olvido se encuentra el biólogo y neurocientífico mexicano Alonso Martínez Canabal, quien se ha dedicado en la última década a estudiar el hipocampo y las neuronas que allí se alojan, decisivas tanto para recordar como para olvidar. “El olvido es algo normal en la vida humana, y es algo que nos permite estar continuamente refrescando las memorias, actualizándolas, así como adaptarnos mejor al mundo en que vivimos”, dice en videollamada desde la Ciudad de México. “Por eso nos atrevemos a decir que las crías que tienen mayor olvido en la infancia pueden adaptarse mejor al medio durante su desarrollo”.

Las crías a las que se refiere Martínez Canabal son de animales con los que trabaja su equipo en el laboratorio, donde algo aún más interesante descubrió con ratones este PhD de la Universidad de Toronto: que el nacimiento de nuevas neuronas se magnifica en un entorno enriquecido antes o durante el embarazo. Las crías de madres que gestaron y criaron en ambientes enriquecidos olvidan más rápido que aquellas que crecen en un entorno desfavorable. Su grupo de estudio sigue profundizando en hallazgos para entender mejor por qué y cómo sucede esto. En los humanos, dichos ambientes enriquecidos tendrían que ver con una vida física e intelectual sana, que redundaría en un óptimo desarrollo cerebral de las personas en sus primeras etapas de formación. Por el momento esta analogía es difícil de establecer, y pasarán muchos años antes de terminar de comprobarla, pues resulta bastante más complejo experimentar con humanos que con animales de laboratorio.

¿Por qué olvidamos tantos episodios vividos durante la primera infancia? Porque la famosa amnesia infantil es un olvido relacionado, precisamente, con los procesos de crecimiento del cerebro. En los niños el hipocampo funciona tan bien, que muy pronto sus memorias tempranas se pierden. Los niños aprenden muy rápido, pero también muy rápido olvidan lo aprendido, sobre todo hechos y anécdotas, a diferencia de las habilidades. En 2014, el grupo de Martínez Canabal identificó que ese olvido se debe a que el hipocampo produce una gran cantidad de neuronas durante la niñez, mientras que en la vida adulta su producción, aunque no se detiene, se va reduciendo poco a poco.

Una mente capaz de recordar demasiado correría el riesgo de volverse rígida y hasta irritable. Porque todo en la vida de su portador tendría que discurrir de acuerdo a lo recordado. Sería como llevar una vida, permítaseme el término, hiperritualizada. Casi ningún cambio sería tolerado por un hipotético Funes tan memorioso como el de Jorge Luis Borges, “que no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Una mente así tomaría siempre las mismas calles para ir a los lugares que suele frecuentar, por mencionar solo una de las muchas secuencias exactas y repetitivas de su cotidianidad. Como escribe en su libro Scott Small, “una mente sin olvido estaría paralizada ante la desesperación por necesitar crear un mundo de total uniformidad”

Cuando olvidamos estamos eliminando conexiones sinápticas y neuronales poco relevantes para el cerebro, que ha evolucionado lo suficiente para poder mantener en equilibrio la información que almacena a largo plazo y la información irrelevante que no puede darse el lujo de almacenar porque estaría utilizando energía en datos que al final no va a utilizar. “Hay mucha información del día a día que no es necesario almacenar, y ahí es cuando el proceso de olvido comienza a ser importante”, dice Mauricio Nava, especialista en neurociencia y profesor de la Universidad del Rosario. Eso explica por qué olvidamos rápidamente lo que almorzamos hace dos días, pero solemos recordar con más facilidad aquellas situaciones que contienen un impacto emocional, lo que no significa algo positivo para el cerebro, desde luego.

En las personas con estrés postraumático, depresión crónica o desorden bipolar se ha encontrado que la estructura del hipocampo tiene un volumen menor que en el resto de la población. La evidencia científica ha mostrado que esto se debe, o bien a que el estrés genera hormonas muy dañinas para esta parte del cerebro, o bien a que los pacientes diagnosticados con alguno de esos trastornos producen cada vez menos neuronas nuevas. De ahí la relevancia que cobra para las psicoterapias el relativamente nuevo campo de la ciencia que estudia la importancia del olvido.

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Aunque el cerebro no tiene un botón para borrar recuerdos, sí cuenta con mecanismos de autoprotección que hacen que lo que le afecta de forma grave, como vivencias y emociones intensas y desestabilizantes, no se recuerden o al menos no causen serias perturbaciones en el hipocampo. Esos mecanismos están relacionados con la generación de nuevas neuronas. Un experimento realizado por Alonso Martínez Canabal comprobó que hay herramientas, como el ejercicio físico en la edad adulta, que favorecen la producción de neuronas, las cuales juegan un papel fundamental a la hora de olvidar datos y eventos, evitando así la saturación de la memoria.

Por su lado, sin mencionar el rol de las neuronas recién formadas, Scott Small sugiere en su libro que una de las maneras, sino la mejor, para evitar que los recuerdos dolorosos nos esclavicen y sobrecarguen al cerebro es mantener relaciones sociales significativas y comprometernos a fondo con la vida. “La interacción social parece sofocar la parte del cerebro que almacena demasiados recuerdos emocionales, apagando el fuego. La soledad está asociada con depresión, altos niveles de ansiedad, suicidio y hasta con funciones inmunológicas y cognitivas reducidas”, concluye.

Nada de lo anterior debería sugerir un intento de la ciencia por llevarnos a olvidar de manera indiscriminada. De lo que trata la potencial aplicabilidad de este campo del olvido en la vida diaria es de entender que si estimulamos el olvido podemos evolucionar, pasar la página en lo relativo a resentimientos, fobias o miedos neuróticos, así como mitigar el impacto emocional de experiencias devastadoras. “El olvido nos permite actualizarnos”, escribe el neurocirujano Eric Leuthardt en Psychology Today.

La educación fundada en la memorización ha quedado relegada en la era digital, porque disponemos de información al instante en una pantalla. Pensar, en cambio, debería ser un valor más vigente que nunca. Entre otras cosas porque pensar, siguiendo con Borges, “es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.

 

 

- Este artículo hace parte de la edición 183 de nuestra revista impresa. Encuéntrela completa en este enlace: https://www.bienestarcolsanitas.com/images/PDF%20ED/Bienestar183.pdf

 

 

*Periodista y escritor independiente colombiano. 

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Etiquetados con: olvido / Vida / traumas / cambios /

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