La tiranía de la felicidad

Por: / Marzo 2020

Parece que la felicidad dejó de ser un objetivo y pasó a convertirse en una obsesión. 

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aliéndose de innumerables libros, manuales, conferencias, técnicas, documentales y —más recientemente— de las aplicaciones móviles, la industria de la felicidad se ha transformado en un negocio que mueve millones de dólares. Según un informe de Instituto de Bienestar Global de Estados Unidos citado por la BBC, aproximadamente 3,7 billones de dólares al año en el mundo.

Hoy la felicidad se vende como una rama de la ciencia ligada a disciplinas como la psicología, la política y la economía. Se mide estadísticamente (recordemos las listas anuales de los países más felices, que Colombia, no se entiende cómo, suele encabezar) y afecta la productividad de las personas, un elemento clave en esta sociedad obsesionada con producir masiva y continuamente. El de la felicidad es, pues, un mantra gastado, un mandato continuo y una especie de obligación: “Lo importante es ser feliz”, nos dicen todo el tiempo.

Pero, ¿qué significa eso en realidad?

Inundados de felicidad

En un libro reciente titulado Happycracia, publicado en Colombia por Paidós, el psicólogo Edgar Cabanas y la socióloga Eva Illouz cuestionan las supuestas bondades de una industria que, en su afán por expandir los límites de la felicidad, ha terminado creando un efecto nocivo. Pero antes de explicar cómo sucedió algo así, relatan la manera en que la felicidad logró dejar de ser un tema ligero, asociado generalmente a charlatanes, y obtuvo prestigio científico: a finales del siglo pasado, el psicólogo estadounidense Martin Seligman llegó a presidir la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), obsesionado con la idea de encontrar “un nuevo enfoque psicológico sobre la naturaleza humana que pudiera rejuvenecer la psicología y extender su alcance social y científico”.

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Seligman se inventó entonces la “psicología positiva”, y esa naciente rama de su profesión no tardó en llamar la atención de poderosos financiadores privados y públicos. Pocos años después de su invención, en 2002, la psicología positiva ya había recibido más de 37 millones de dólares para que se investigara con rigor científico, a pesar de que nadie podía explicar a ciencia cierta qué la diferenciaba de las ideas de realización y satisfacción expuestas en los manuales de autoayuda que se venden como pan caliente desde hace varias décadas. Para dotar a la psicología positiva de ese rigor, la respuesta fue involucrarla en ámbitos como el político o el económico, por ejemplo, logrando que multinacionales del tamaño de Coca-Cola desembolsaran gruesas sumas de dinero para financiar estudios que “encontraran métodos más baratos y eficientes de incrementar la productividad, reducir el estrés en el trabajo y promover el compromiso de los empleados con la cultura de la empresa”.

De esa manera comenzó la rápida expansión de una rama de la psicología que logró colarse en instituciones como el ejército e, incluso, convertirse en una fuente de indicadores del progreso económico y social de los países. Científicos, académicos y empresarios pregonaban con estudios en mano las bondades de la ciencia de la felicidad en sus disciplinas, y demostraban cómo ésta ayudaba a aumentar la productividad y la satisfacción de los individuos. En suma, le hicieron creer a la sociedad que la felicidad era “un concepto objetivo, universal y susceptible de ser medido de forma imparcial y exacta”.

Mírate a ti mismo

Es precisamente aquí dónde empiezan los problemas de esta tiranía. Illouz y Cabanas asocian lo que ahora entendemos por “felicidad” con la cultura neoliberal, esa “filosofía individualista focalizada esencialmente en el yo” que ha permitido, de manera silenciosa, traducir los problemas sociales en cuestiones individuales. Hoy asuntos como la salud, la falta de oportunidades laborales y la educación se han convertido en complicaciones propias: no se trata de que las condiciones laborales sean malas, sino de que no emprendemos lo suficiente; no se trata de que no logremos tener un acceso igualitario a la educación, sino de que nos falta esforzarnos para alcanzar la excelencia que otros logran.

Pasa lo mismo con la felicidad: cada uno es responsable de conseguirla, así las condiciones sociales que rodean a la persona sean terribles. En otras palabras: si uno no es feliz es porque no quiere, independientemente de que su entorno social le brinde o no los mecanismos para salir adelante o para tener un mínimo nivel de bienestar. Algo que explica, en buena parte, que los colombianos seamos tan “felices”: lo somos porque queremos serlo. La felicidad como un objetivo individual pone un peso tremendo sobre nuestros hombros, pues nos hace sentir culpables en caso de no alcanzarla, sin advertirnos que estamos dejando por fuera un entorno cada vez más desigual; algo que, de manera paralela, aumenta silenciosamente los niveles de ansiedad y depresión.

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"Pasa lo mismo con la felicidad: cada uno es responsable de conseguirla, así las condiciones sociales que rodean a la persona sean terribles".

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Pero hay más. ¿Puede la felicidad convertirse en un elemento de control? Por supuesto que sí, y eso es algo que han entendido a la perfección buena parte de los empleadores modernos, que abogan por recorrer un camino similar: poner sobre los hombros de los empleados la responsabilidad de “ser felices”. O, como dicen los autores de Happycracia, “normalizar un modelo de trabajo que promueve la responsabilidad individual (del éxito, del desempleo, de la adaptación), a expensas de la solidaridad y la responsabilidad colectiva”. De nuevo: el problema no es que las condiciones laborales sean precarias, sino que debe prevalecer el esfuerzo individual y las ganas de éxito para que cada uno alcance su propia felicidad. ¿Que abundan la explotación y las malas condiciones? Nada de eso es obstáculo para quien quiere de verdad alcanzar la felicidad.

Un último elemento, pero no menor, es la paradoja que reside en la propia búsqueda de la felicidad: un estado que nunca es permanente, una meta a la cual jamás se llega, porque siempre hay alguien ofreciéndonos más, mostrándonos que es posible seguir con el crecimiento personal. Una insatisfacción que está en constante movimiento, situación que, para Illouz y Cabanas, ha terminado convirtiéndonos en una especie de “hipocondriacos emocionales”.

¿Es posible alcanzar la felicidad?

Para el doctor José David Téllez, psiquiatra adscrito a Colsanitas, no todo es charlatanería en esta industria; hay ideas que pueden rescatarse. “La felicidad es una búsqueda inherente al ser humano —explica—. Si uno logra entender que sentimientos como la tristeza, la ansiedad o el mal genio hacen parte del diario vivir, también puede comprender los momentos de alegría. Pero si concibe la felicidad como un estado permanente de bienestar total, le resultará imposible encontrarla. Lo importante es saber que yo puedo ser feliz a pesar de los momentos de angustia o las dificultades”.

Algo similar opina la psicóloga y antropóloga Tatiana Mosquera, para quien, a pesar de que puede verse como una industria interesada en producir dinero, tampoco es bueno generalizar. “Hay que buscar un punto medio, no todos los casos son iguales”, explica. “Este tipo de marketing puede ser beneficioso para alguien que esté buscando una orientación, pero, a la vez, muy peligroso para personas que tengan procesos complejos psiquiátricos o psicológicos, porque ese individualismo hace que puedan revictimizarse”.

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El doctor Téllez recalca que el problema está en entender la felicidad en términos de resultados, tal y como hacemos hoy en día con el éxito. “No se trata de condicionar mi bienestar a ciertos resultados (voy a ser feliz si…), sino de aprender a sentirme plácido con la vida que tengo”, dice. Quizás el gran problema con esta industria de la felicidad es que lograron vendernos la idea de que lo importante no es lo que pensamos sino lo que sentimos. “Hoy nos hablan de ‘experiencias’, de que necesitamos generar constantemente una nueva experiencia para vivir que supere a la anterior en términos de intensidad”, explica. “Es una búsqueda constante que se da a través de los sentidos, y que resulta peligrosa porque son generaciones a las que nada las satisface ni les resulta suficiente. Incluso la paternidad o la maternidad quedan relegadas porque eso es algo que requiere estabilidad, y un niño te va a quitar la posibilidad de vivir nuevas experiencias. El problema es que a punta de experiencias es imposible saciar los vacíos”.

Al final, Mosquera resalta un elemento clave en esa búsqueda que hacemos de la felicidad: “No creo que haya una única manera de exhibir felicidad; existen muchas formas, y cada persona debe descubrirla”, concluye. “Sin embargo, una cosa es cierta: las personas más felices que yo he visto son las que tienen buenas relaciones con otras, grupos de amigos o familiares, y que saben que no están solas”.

 

* Martín Franco es periodista. Trabaja como editor de la Fundación Ideas para la Paz y en mayo de 2020 presenta su primer libro: La sombra de mi padre, que publica editorial Planeta.

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