Cómo usar menos las redes sociales

Por: / Mayo 2022

El autor ha ensayado varios métodos y leído algunos libros sobre cómo vivir menos conectados, menos ansiosos con las redes sociales y la tecnología en general. Aquí comparte los últimos hallazgos.

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Empiezo con una confesión: esta no es la primera vez que intento alejarme de las redes sociales, convencido de que ese círculo vicioso me roba un tiempo que podría usar en otra cosa. Entiendo que las generalizaciones son inexactas, pero creo no equivocarme al afirmar que todos, al menos alguna vez, nos hemos sentido igual: atrapados en ese ciclo perpetuo de notificaciones sobre lo que publicó éste o aquella, o metidos en una discusión virtual sin sentido con algún desconocido. O revisando el teléfono de manera compulsiva para ver si alguien le ha dado “me gusta” a nuestras publicaciones.

Hace unos años realicé el experimento de estar un mes sin Whatsapp. También abrí una cuenta en Twitter en dos ocasiones y salí de allí espantado por la agresividad y la rabia que destila esa red. He abandonado Facebook e Instagram y a ambas he vuelto después de un tiempo, como el alcohólico que recuerda lo bien que huele el whisky. He leído libros que abordan el tema, de los que he extraído sugerencias útiles: en Apuntes de un planeta estresado, por ejemplo, Matt Haig recomienda sacar el celular de la habitación en las noches para evitar la tentación de mirarlo a las dos de la mañana o cuando el sonido de una notificación nos despierte.

Alterar el ritmo del sueño por la ansiedad que nos produce dejar un mensaje sin contestar no tiene demasiado sentido. Por lo demás, pocas cosas son tan graves que no puedan esperar hasta la mañana siguiente.

Mi mundo digital se mueve entre una cuenta en Instagram y otra en Facebook, y el inevitable Whatsapp, que gústenos o no se ha convertido en una herramienta imprescindible de trabajo. Me rehúso a abrir Tik Tok, por ejemplo, y no porque sienta que es una banalidad o me crea mejor que otros al quedarme por fuera, sino porque he empezado a conocer la dinámica de estas redes y sé bien que estaría enganchado más tiempo del que estoy dispuesto a concederle. 

Movido por esa dualidad que sigue generándome el tema de las redes sociales, leí con atención hace poco Minimalismo digital: En defensa de la atención en un mundo ruidoso, del periodista norteamericano Cal Newport, que busca ayudarnos a mejorar nuestra relación —casi siempre adictiva— con este universo digital. ¿Qué tan enganchados estamos? Y, sobre todo, ¿es posible tener una interacción más sana con la tecnología? Eso fue lo que me dispuse a averiguar.

El minimalismo digital

Antes de contar mi experiencia, quisiera mencionar algunos aspectos reveladores del libro de Newport sobre la lógica de las redes sociales. Quizás el mayor de ellos es el énfasis que pone en la “economía de la atención”, el modelo de negocio con que las grandes compañías tecnológicas nos mantienen pegados a las pantallas de nuestros celulares. Para hacerlo se valen de las notificaciones y —sobre todo— del botón “me gusta”, que actúa como un chute de dopamina en el cerebro para brindarnos satisfacción inmediata y hacernos querer más. 

Es un juego psicológico que no tiene pierde: más me gusta, mayores publicaciones, más tiempo conectados a la pantalla. A estas alturas, la dependencia a las redes es tal que ese miedo de creer que estamos perdiéndonos de algo importante cuando nos alejamos de ellas tiene nombre propio: el FOMO (Fear of missing out, por sus siglas en inglés que significan algo así como “miedo a perderse algo”).

Para Newport, la gran victoria de la economía de la atención es haber podido insertar las redes sociales en el celular, un dispositivo que está con nosotros las 24 horas del día. Solo de esa manera cada sonido que nos indica una nueva notificación, cada vibración en el bolsillo, nos lleva permanecer en la pantalla más y más tiempo. “Las empresas tecnológicas fomentan la adicción conductual: el refuerzo positivo intermitente y el deseo de aceptación social”, explica. Pero está probado que entre más tiempo pasamos en las redes, más ansiosos nos sentimos. Paradoja de paradojas: en contra de la evidencia fotográfica que muestra a tanta gente feliz en Instagram, la realidad es que cada vez estamos más vacíos.

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¿Qué podemos hacer? La respuesta, dice Newport, es el minimalismo digital. “Los minimalistas digitales han aprendido que la clave para progresar en nuestro mundo de alta tecnología es dedicar mucho menos tiempo a usar la tecnología”. El libro es una defensa de nuestro tiempo en un mundo acelerado que lucha por arrebatárnoslo. Lo interesante es que no se queda solo en la crítica, que puede ser redundante, sino que brinda una serie de pautas para que logremos hacer un uso más consciente de la tecnología. 

Como primera medida, sugiere una decisión brusca: abandonar las redes sociales durante un mes. No cancelar las cuentas, ni anunciar la decisión: simplemente dejarlas. Y luego reintroducirlas poco a poco, de manera progresiva. Una cuestión clave, dice, es no volver a ponerlas en el celular: es la única forma de cortar con esa “economía de la atención”. 

Newport sugiere no eliminar de tajo las aplicaciones que sean vitales para el trabajo (WhatsApp, digamos) y, sobre todo, llenar ese tiempo libre que va a quedar con “ocio de calidad”. En resumen: un uso crítico y consciente de las redes, para que seamos nosotros quienes tengamos un control sobre ellas y no al contrario.

Adiós a las redes

Decidí dejar de mirar las redes a principios de marzo. Desinstalé las aplicaciones del celular (todas menos Whatsapp, por cuestiones de trabajo), y me impuse una serie de reglas extraídas del libro de Newport: dejar el teléfono en casa si salía una tarde con mi familia; desactivar las notificaciones; salir a caminar sin tenerlo en el bolsillo; sacarlo de la habitación en las noches (ese ya lo aplicaba) y poner un mensaje en el estado de Whatsapp con una advertencia: “No siempre estoy disponible”.

Los primeros días fueron difíciles. Quisiera decir que empecé a desengancharme y que a medida que pasaba el tiempo iba sintiéndome más liviano, pero no es del todo cierto. Para qué voy a mentir. Extrañaba leer los estados de Facebook y fisgonear en las historias de Instagram. Se ha vuelto común satanizar las redes sociales, pero no se puede negar que también pueden resultar herramientas poderosas de comunicación. En mi caso, gracias a las redes he conocido gente interesante. Hace un tiempo vendí tres cursos de un taller literario que organicé. Mi esposa ofrece sus productos por Instagram. Y, entre los dos, hemos comercializado tortillas españolas que nosotros mismos preparamos y promocionamos. 

Así que durante esos días iniciales me fue imposible dejar de sentir el FOMO, ese miedo pueril, aunque cuando regresé me di cuenta de que no me había perdido de nada: casi todas las notificaciones represadas eran nimiedades (que este publicó una actualización, que aquel comentó en la foto de no sé quién, que este otro subió una nueva historia), y nadie, absolutamente nadie, notó que me había ido. Jamás me preguntaron nada, lo que me pareció una buena lección para el ego: a veces creemos que es muy importante lo que decimos, muy inteligente, pero la verdad es que a la gente le tiene sin cuidado. Cada uno está ocupado en lo suyo. Tengo la impresión de que las redes sociales están llenas de personas que hablan y hablan pero poco escuchan. Y eso no está bien ni mal: simplemente es así. 

Dejar de ver las redes durante treinta días ayuda a estar más presentes. Si no las tenemos instaladas en el celular, tampoco hay manera de que una notificación nos obligue a sumergirnos en la pantalla. Eso lo noté durante los primeros días, una noche que salí a comer con mi esposa y mi hijo a un restaurante, y entendí que no me hacía falta estar mirando todo el tiempo el teléfono, como sucedía en las mesas vecinas. Otro día pasó una cosa curiosa que me demostró el apego tan fuerte a esos aparatos: le anuncié a mi esposa que saldría a caminar y que dejaría el celular en casa. “¿Y si te pasa algo?”, me respondió de manera automática, aunque los dos sabíamos que nada grave iba a sucederme por estar desconectado media hora. Pero así son las cosas: el estar todo el tiempo conectados nos ha obligado, de manera inconsciente, a creer que debemos estar disponibles a cualquier hora, cualquier día.

Creo que no tiene mucho sentido mentir ni decir que me sentí mejor persona por no usar las redes. No es cierto. Cuando empecé a volver la dinámica, poco a poco, me di cuenta de que se han insertado tanto en nuestra vida que dejarlas es casi imposible. Nos sirven, claro, pero también nos abruman. Pueden ayudarnos o destruirnos, si les damos ese poder. Pueden volver famoso a alguien que antes no tenía esa opción, pero también bajarlo del pedestal en un abrir y cerrar de ojos. Supongo que todo depende de nosotros, de la manera en que decidamos usarlas. ¿Cuál es el límite? Difícil saberlo: cada uno establecerá sus parámetros. 

Quizás a estas alturas la gran mayoría de nosotros somos adictos. Yo trato de ponerme límites, pero para ser sincero sólo hay dos sugerencias que he cumplido después de ensayar varios métodos y estrategias: desactivar las notificaciones y sacar el teléfono de la habitación. Y siento que me han servido. Quizás el mensaje de mi estado en Whatsapp sirva para recordarle a alguien eso que parece tan obvio, pero que hace rato pasamos por alto. Lo importante, creo, es tener siempre presente otra perogrullada: la vida de verdad está fuera de las redes. Y eso todavía no cambia.   

 

*Martín Franco es periodista, escritor y editor. Su último libro se titula La sombra de mi padre, y fue publicado por editorial Planeta en 2020.

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