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Bienestar Colsanitas

Yunta de bueyes con GPS

Ilustración
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Hemos perdido el derecho al silencio, a la pausa, a la ensoñación, a echar globos.

SEPARADOR

En una charla en la que participamos un grupo de integrantes de Cambio en la Universidad de Ibagué acerca del uso del idioma en el periodismo y las paradojas y retos que enfrenta el oficio, Alfredo Molano Jimeno salió en defensa de la vieja manera de ejercer la profesión en estos tiempos avasallados por la inmediatez que les ha impuesto a la mayoría de los medios de comunicación el vértigo de las redes sociales. Y para cerrar de manera gráfica su comentario dijo, casi a manera de grito de batalla: “¡Ya volverán las yuntas de bueyes!”.

Molano, hijo del gran sociólogo, historiador y escritor Alfredo Molano Bravo, utilizó una imagen del mundo campesino que su padre y su familia conocen de memoria y que parece haber desaparecido de los paisajes de Colombia.

Esa metáfora de la vetusta y obsoleta yunta de bueyes que avanza lenta por un cultivo me quedó sonando desde ese día de finales de abril. No sólo por lo bella sino también por la falta que hacen en estos tiempos los espacios contemplativos. 

Quienes pertenecemos a la categoría de los adultos mayores y, por lo tanto, entramos bastante tarde y a la brava en estos escenarios dominados por los computadores y los teléfonos inteligentes, hemos convertido en cliché la frase “a mí la tecnología me atropella”. A primera vista es una autocrítica a nuestra natural torpeza cuando nos enfrentamos a ellos y a la dificultad que nos cuesta adaptarnos a los nuevos procesos. Lo logramos a los trancazos, terminamos familiarizándonos con algunos procedimientos y de vez en cuando hasta logramos automatizar algunos pocos de ellos.

Yunta CUERPOTEXTO

Pero el verdadero atropello es tener que vivir en ese estado permanente de “todo es para ya”. La constante avalancha de innovaciones (que cada vez son más y que aparecen cada vez más rápido) han convertido la vida diaria de muchísima gente en un incesante ir y venir de contenidos efímeros, noticias breves casi siempre sin contexto, videos que se viralizan, mensajes que deben responderse de inmediato para no ofender a quien lo envió (“¡Me dejó en visto! ¡Contésteme ya!”), una necesidad enfermiza y cada vez más ineludible de estar pegados a aparatos que, al menos en teoría, se construyeron para solucionar nuestros problemas y (suena hasta chistoso decirlo) mejorar nuestra calidad de vida.

Es obvio que estos avances han traído beneficios. Durante la pandemia los celulares y los computadores permitieron reuniones virtuales que fueron de gran ayuda para sobrellevar la ansiedad del confinamiento. Gracias a la tecnología es posible realizar una gran cantidad de tareas que antes o era muy costoso o muy dispendioso llevarlas a cabo. Eso no se discute.

Pero el precio a pagar ha sido muy alto. Hemos perdido el derecho al silencio, a la pausa, a la ensoñación, a echar globos. Hemos perdido la capacidad de conectarnos con el territorio que nos rodea, incluso con el que nos es familiar, la capacidad de intuir para orientarnos, incluso la capacidad de hablar con la gente que encontramos en el camino.

Nos hemos hecho a la idea de que todo está a un clic de distancia. Y en ese torbellino de clics hemos perdido espacios de pronto nada productivos pero en los que podíamos esforzarnos en abrir un atlas, intentar recordar un dato que nos sabíamos y que en ese momento se nos escapa. Recuerdo esas eternas discusiones con los amigos acerca del nombre del lateral izquierdo del Santa Fe campeón de 1975 o del teclista que tocó en el álbum Relayer, de Yes. Esas discusiones tan enriquecedoras que antes duraban sus buenos minutos hasta llegar a un acuerdo ahora se resuelven en 10 segundos con una consulta a Google.

¿No sería deseable un mundo en el cual todos esos avances tecnológicos nos apoyaran sin convertirse en una cadena o, peor aún, sin esclavizarnos?

La absurda imagen de una yunta de bueyes con GPS podría llegar a representar esa idea de un mundo en el cual los avances de la tecnología no atropellen nuestro derecho a la pausa, al silencio, a la reflexión, a echar globos. Que tan sólo sean herramientas que hagan más sencillos, prácticos y llevaderos nuestros oficios y menesteres.

(Continuará)

*Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.

SEPARADOR

 

Eduardo Arias Villa

Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.