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Bienestar Colsanitas

Mi incontrolable obsesión por las revistas

Ilustración
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No hay nada mejor en el mundo que el olor a revista nueva. Y así lo haya, seguramente yo lo leí por primera vez en un magazín. 

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Tengo una confesión que hacer y es (¿aparentemente?) de las frívolas: Amo locamente las revistas. Durante mucho tiempo mantuve en secreto mi obsesión por coleccionarlas, hasta que entendí que a ellas no sólo les debo parte importante de mis inquietudes culturales y estéticas, sino que también se han convertido en una fuente inagotable de inspiración, terapia y sosiego. 

Me explico: Se conoce como seppuku al acto de cometer suicidio ritual ejecutado por los samuráis con el fin de morir con honor y evitar caer en las manos del enemigo (o a causa de ellas). En occidente se utiliza la palabra harakiri para referirse a dicha ceremonia, siendo menos utilizada en Japón por considerarse vulgar – aunque igualmente correcta – . Lo anterior es sólo un minúsculo detalle de lo que se esconde tras la historia y el lenguaje del país oriental, pero yo no me enteré de ello en una novela ambientada en el imperio nipón durante la era Heian ni viendo una película de Kurosawa. Lo aprendí de casualidad leyendo un artículo que me encontré en una revista. 

Empiezo contando esto, para reivindicar de entrada y a mi modo la manera en que la cultura general, más allá del ancho pero poco profundo mar del conocimiento común, también se puede adquirir como quien no quiere la cosa leyendo un magazín. Lo mejor es que para acceder a ello no hace falta un computador, tener interés previo en algún tema o realizar una búsqueda concienzuda en una biblioteca; basta con encontrarse una revista en el consultorio del dentista, que es donde todas van a morir (las revistas), y de repente te acuestas ese día sabiendo algo más. 

Por ejemplo, mi verdadero aterrizaje en el feminismo llegó de la mano de Vogue, sí señores, de Vogue, y de los múltiples artículos escritos y protagonizados por el ahora ícono pop de la causa, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Si usted no la conoce le recomiendo leer su manifiesto Todos deberíamos ser feministas.  A través de la edición española de Elle supe de la existencia de Jamie Margolin, la activista estadounidense de ascendencia colombiana y fundadora de la asociación Zero Hour, quien a sus 19 años fue incluida en la prestigiosa lista de las 100 mujeres de la BBC por su labor en contra del cambio climático. Por Architectural Digest me enamoré de la obra del maravilloso arquitecto Ricardo Bofill y gracias a ello terminé haciendo un viaje loco a Calpe, en España, sólo para ver en vivo y en directo su Muralla Roja (que no es muralla ni es roja pero es un prodigio del diseño y de la construcción). De la irreverencia de los fogones me enseñó mi adorada y hoy difunta revista Lucky Peach, y a publicaciones como The Fader y Rockdelux les debo mucho de mi entendimiento musical. Por eso vuelvo a estas últimas cuando hago las paces con los vinilos, pero esa es otra historia…  

Sí, desde muy pequeña he encontrado inspiración en las revistas. No puedo definir exactamente cuándo comenzó todo pero al darme cuenta estaba rodeada de ellas. Revistas sobre, junto y debajo de la cama, obviamente en el baño, sobre el escritorio y en el comedor. Mi primer marido soportó estoico el asunto pero el segundo ya comienza a quejarse con la mirada. Y si entre el año 1998 y el 2000 te encontrabas con una mujer solitaria leyendo sin pagar y sin pudor las revistas que en ese entonces sólo vendían en el único Tower Records de Bogotá a las once de la noche, probablemente era yo. 

Durante el confinamiento, que casualmente coincidió con la convalecencia de una depresión clínica que padezco y que aún se encuentra en tratamiento, el aumento de lectores de libros por ocio, por lo menos en España durante los primeros meses, fue de un 64,4% según el Barómetro de Hábitos de Lectura. Conociendo de primera mano la importancia del desocupe para la salud mental, quisiera saber si alguien reportó el natural incremento de lectores de revistas y no sólo eso: si se tomaron, así en mayestático, el trabajo de agradecerles por cumplir el mismo fin. Al fin y al cabo, ¿no era eso lo que justificaba los medios? (Pun intended). 

Es que conozco gente que se mide a sí misma por el tamaño de su biblioteca y no realmente por su aporte vital o su contenido, pero mejor no seguir ahondado en esas profundidades intelectuales antes de que venga alguien con su superioridad moral a ponerme piedras piedras en los zapatos. ¿O sí? Estoy hablando de ustedes, reconocidos escritores latinoamericanos que bailaron en mi cocina, se bebieron mi mejor whisky, hicieron gala con falsa humildad de los montones de libros que tienen en su haber, pero no tuvieron la inteligencia de responder ni siquiera literariamente a mis mensajes de Facebook, y de paso se llevaron mi primera edición de Opio en las nubes (que ya no sé no sé si sea bueno o malo, pero para que vea usted el peligro de dejar los libros a la vista). A estas alturas preferible pasar por ignorante y que alguien se tropiece con una montaña de papel cuché en las escaleras de mi casa -digna de revista eso sí-, que vivir con susto a que me roben cualquier incunable. O como la vez esa en que un gran amigo, revisando meticulosamente y con desdén mi breve biblioteca famélica por miles de mudanzas, me dijo aquello de que la lectura como que no era lo mío. Si supieras, querido. 

Revistas bienestar

Nada como una buena novela, sí. Lo dice quien creció en su soledad de hija única, consumidora irremediable y empedernida de la librería familiar, cuyas primeras lecturas antes de cumplir 14, por falta de vigilancia o tal vez gracias a ella, que se inició en el respetable hábito de la lectura con Trópico de cáncer o Pedro Páramo. Mi punto es que las revistas, en general, son mucho más que banalidades y moda (aunque también, y eso está muy bien). Existe una antropología de la moda si eso sirve para conferirle estatus y ciencia social al asunto, y lo fashion y el periodismo hard no tienen por qué ser incompatibles. Basta ya. Muchas de las grandes plumas femeninas del siglo XX (y del XXI ya que estamos), se dieron a conocer en las páginas de Harper’s Bazaar, Vogue o Vanity Fair, que en aquellos tiempos eran las Playboy y Hustler’s de ellas. Para la muestra una Joan Didion o cualquier Sylvia Plath. Lamentablemente hacerse famoso escribiendo en revistas “masculinas” nunca fue considerado frívolo o lisonjero, como sí era vergonzante hacerlo en una revista mensual para “amas de casa”. Como si las mujeres no tuviéramos ya bastante que soportar.  

Estimadas lectoras y lectores: acerquen lentamente su nariz a una de las mismas y se darán cuenta de que no hay libro que huela igual. La tinta en el papel de bajo gramaje casi siempre multicolor, tiene ese algo especial, ese nosequé, ese je ne se quois que dirían los franceses o como diría alguna vez creo que Leti Vila (@letivilasanjuan), nada como el olor a revista nueva, nada como la emoción de esperarlas periódicamente en el buzón. Con perdón de los libros, y de Leticia si la he citado mal, las revistas tienen a su favor una continuidad inherente y necesaria para quienes irremediablemente estamos perdiendo la memoria…

Yo tengo mucho que agradecerles y con el tiempo y el reposo que me han obligado a guardar mis males entiendo por qué. La tranquilidad, el calor y la compañía que una pila de revistas aporta a una cama desocupada, sin contar lo que se ahorra uno en weight blankets, no tiene comparación. Las revistas de quiosco, las de librería de aeropuerto, son la comfort food de la escritura; son las hermanas menores y lisonjeadas por las ídem científicas, que a menos de que publiques un artículo en una de ellas no te vuelves importante para tu comunidad académica de rigor. Yo que nunca lo hice por pereza, la misma que me alejó consecuentemente del doctorado, hoy prefiero mil veces escribir en una de las de toda la vida y con ilustración propia.

En resumen, o como se diría académicamente, en abstract (se ríe sola de su propio chiste), a lo que voy. A mí las revistas me han abierto un mundo amplio y diverso sobre todo en los peores momentos de mi vida en los que casi, casi eran mi única compañía y no había plata para más. Además de un encomiable medio para homenajear la frivolidad, para mí constituyen un medio habitual de consulta, una manera distinta de ver la actualidad, la realidad, las cosas. Me enseñan de pequeños placeres burgueses y también aprendo entre sus páginas a entrenar el ojo y la mirada. Incluso hoy me ayudan a organizar mis intereses y pensamientos. Pero sumergirse en ellas como vía de escape… Pocas cosas cambio por esos instantes que sólo compartimos mi revista y yo. 

Y ya que insistimos tanto, mejor leer una revista que no leer nada, ¿no?

(Con cariño a todas mis amigas escritoras; pero especialmente a Vicky por arriesgarse en plena pandemia a cumplir el sueño de editar y publicar su primera revista impresa).

 

*Silvana Bonfante G. es antropóloga y selectora musical, dedicada entre otros oficios a promover desde diversas instituciones la cocina y los sonidos colombianos en el exterior. No ha escrito libros, sembrado árboles, ni tenido hijos, pero es experta en salsa y prepara un arroz con coco de muerte. De un incendio probablemente salvaría algún canasto y su lego de Plaza Sésamo. Actualmente vive en Madrid y en las redes es @lazaradavis.

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