El maltrato infantil daña el cuerpo y el alma

Por: / Ilustración: Sako Asko / Agosto 2022

El castigo físico no educa. Y el impacto emocional puede acompañar a la víctima durante toda su vida.  

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No podía ser diferente. En un país como Colombia, con cifras de violencia social y política siempre en aumento, muchos hogares están lejos de ser espacios de  respeto y amor hacia niñas, niños y adolescentes (NNA). Los colombianos desde siempre hemos mostrado una alta tolerancia cultural y social a criar con castigos físicos y psicológicos humillantes. A usar la violencia como “método de enseñanza”. 

Está tan interiorizada esta conducta entre padres y adultos en general, que no son pocos los que en público y en redes sociales agradecen a sus padres por haberlos maltratado cuando eran niños, porque así “los hicieron personas de bien, correctas, honradas”. No sólo se tolera, sino que incluso se glorifica la violencia hacia los menores.

Múltiples y diversos estudios realizados por psicólogos, médicos, psiquiatras y demás especialistas en diferentes partes del mundo han demostrado lo contrario. Por ejemplo, Estado de la paternidad en América Latina y el Caribe, de 2017, realizado por IPPF/WHR y Promundo, dice con firmeza: “El castigo corporal y humillante es ineficaz como forma de disciplina. De modo similar a como sucede cuando presencian la violencia entre sus padres, a los niños el castigo les enseña que esta es la manera aceptable o apropiada de resolver conflictos u obtener lo que quieren, una lección que puede determinar sus relaciones en la vida adulta. Asimismo, esto contribuye a la percepción de que algunas formas de violencia contra los niños/as son normales y legítimas, lo que dificulta aún más protegerlos de la violencia a la que también están expuestos fuera del hogar”.

En ese contexto, que para muchos padres es legítimo o al menos aceptable, el Estado colombiano no ha actuado con la contundencia necesaria. No ha pretendido cambiar este imaginario deplorable, funesto y, al final, negativo para el país. A pesar de que en el campo legal tiene a su haber muchas normas y mecanismos para intervenir y cambiar este orden, es poco lo que hace.

La regulación más reciente fue aprobada en plena pandemia, cuando los confinamientos obligados por Covid-19 dispararon la violencia intrafamiliar. Es la Ley 2089 del 14 de mayo de 2021, que prohíbe el uso del castigo físico, los tratos crueles, humillantes o degradantes y cualquier tipo de violencia como método de corrección contra NNA. La Ley busca crear una estrategia nacional de pedagogía y prevención para eliminar el maltrato infantil en hogares, escuelas y calles del país.

La organización Alianza por la Niñez Colombiana sostiene que existen suficientes herramientas legales, lo que hay que resolver de manera urgente es la falta de  eficiencia en su aplicación, y una actuación basada en el derecho por parte de los responsables de impartir justicia. Colombia exhibe una impunidad del 97 % ante delitos de violencia sexual y homicidio contra NNA. 

Angélica Cuenca Gómez, directora ejecutiva de la Alianza por la Niñez Colombiana, considera que la primera acción efectiva para derrotar la impunidad debe ser “el establecimiento de mecanismos de justicia especializada para la niñez y la provisión de los recursos humanos, financieros y de formación a jueces especializados requeridos para su adecuada aplicación”. 

MaltratoInfantil CUERPOTEXTO

Origen multifactorial

Los expertos han encontrado factores de riesgo comunes, en múltiples niveles, entre la violencia contra las mujeres y la violencia contra NNA. Entre estos se encuentran normas culturales y de género que justifican la violencia y la consideran un asunto privado y legítimo. 

Entre esas “normas culturales” están la pobreza y la falta de empoderamiento legal y político de las mujeres; el desempleo, las pocas oportunidades y el estrés económico que esto conlleva; los sistemas inadecuados de prevención y respuesta a la violencia contra las mujeres y NNA; los conflictos a nivel relacional entre parejas, así como entre padres/madres e hijo/as; el abuso del alcohol, la presencia de trastornos de salud mental y la escasa o nula educación de las emociones, que permite autorregularlas o controlarlas: “No sabemos controlarnos. Nos dejamos invadir por la ira y por la rabia y la solución inmediata para resolver un conflicto con los niños y niñas es golpeándolos. Esto se debe también a que la educación del país se ha preocupado por que sepamos más de sumas y restas que de educación emocional, es decir, empatía, control, respeto”, le dijo Irma Salazar Montenegro, gerente técnica de la Corporación Juego y Niñez, al portal gestarsalud.com. 

El maltrato infantil está catalogado como un problema médico-social-legal, es decir, de salud pública. Nos incumbe a todos. Según el Sistema de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila), durante 2020, con corte al 14 de septiembre, fueron reportados 33.628 casos de violencia contra NNA: 14.185 de violencia sexual, 10.864 de negligencia y abandono, 7.502 de violencia física y 1.077 de violencia psicológica. El departamento con mayor índice de maltrato de NNA fue Antioquia, con 5.697 casos, y la ciudad, Bogotá, con 4.818 casos. En contra de lo esperado, los llamados hogares colombianos son los lugares donde más corren peligro los NNA.

Uno de los profesionales que más conoce esta tragedia cotidiana desde la clínica y el consultorio es el puericultor Darío Botero, adscrito a Colsanitas. El especialista afirma, según estudios realizados en nuestro país, que más de la mitad de los hogares ha recurrido o recurre al castigo físico como parte de la crianza, esa que debería ser un proceso de acompañamiento de los niños. Al maltrato lo aprecian como una herramienta válida para corregirlos, bajo una premisa que es muy primitiva: les producen dolor a sus hijos, para hacerles entender que están rompiendo una norma, sin pensar que los humillan y que les están dejando huellas emocionales y comportamentales muy difíciles de gestionar.

Niño ultrajado, adulto pusilánime

Las personas criadas bajo el maltrato, por lo general, terminan como maltratadores de sus propios hijos, o de personas de su entorno. También tienen un mayor riesgo de sufrir problemas de tipo conductual, físico y mental. Presentan unos rasgos característicos: validan los actos de violencia, como víctimas o perpetradores, en las relaciones con las demás personas, con sus parejas, sus compañeros y, en particular, con los niños. Tienen una baja autoestima, lo que con seguridad los condiciona a tener relaciones problemáticas y a carecer de estabilidad laboral, porque se apropian de una imagen personal poco favorable, que los hace sentirse sin importancia, inútiles e inadecuados. “Un niño maltratado por sus padres no deja de querer a sus padres, pero sí deja de quererse a sí mismo”, reflexiona Botero.

Múltiples investigaciones han revelado que las personas maltratadas tienen mayores posibilidades de sufrir depresión, de presentar deficiencia en el desarrollo cerebral, lo que suele afectar el aprendizaje y el desempeño en la escuela. Les crea dificultades para desplegar empatía, controlar la agresión e interactuar con los demás, y daña las relaciones entre padres e hijos, dice el Estado de la paternidad en América Latina y el Caribe. 

En muchos casos ilustrados con testimonios en medios periodísticos o en investigaciones académicas se ha establecido que en sectores rurales del país, muchos NNA prefieren incorporarse a grupos armados al margen de la ley, como guerrillas o paramilitares, para huir del maltrato que reciben en sus casas.

Ante toda esta derrota social, cultural, física, conductual y mental, el doctor Darío Botero, ambicioso, propone: “Debemos, desde nuestra casas, hacer un proceso de acompañamiento en la crianza, en el que la empatía y el respeto sean trascendentes y pilares para que desde las etapas tempranas del crecimiento tengamos una crianza humanizada y humanizante, definida por un acompañamiento afectuoso, inteligente, de niños, niñas y adolescentes, en la maravillosa aventura que es vivir, para que ellos, como motores de su propia evolución, vayan construyendo y reconstruyendo las metas de su desarrollo que les permitan enfrentarse a la vida y puedan tejer una manta resiliente para vivir en comunidad”.

*Periodista y cronista de amplia trayectoria. Colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas.

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