Dilema de un egoísta

Por: / Mayo 2020

Al llegar al sexto piso, el autor se pregunta si vale la pena preocuparse por el futuro, o seguir luchando por un mundo mejor.

SEPARADOR

 
E

n los últimos tres o cuatro años me ha comenzado a invadir una especie de bipolaridad muy extraña. A ratos soy el de toda la vida: el que sufre, el que se indigna, el que se aterra, el que se deprime, el que sueña con que las cosas mejoren. El que sufre por la destrucción de los ecosistemas y las culturas nativas. El que se indigna por la corrupción y por vivir en un país tan desigual. El que se aterra por las masacres, las desapariciones forzadas. El que se deprime porque perdió Santa Fe.

Pero al otro día (o dos horas más tarde) me veo sumergido en una especie de indiferencia fatalista, de indolencia, de ver todo eso como algo que ya no tiene por qué afectarme ni preocuparme. Al fin y al cabo ya tengo 61 años, mis hijos son personas hechas y derechas y lo que le pase o deje de pasarle al mundo no tiene por qué afectar mi minúscula parcela de tranquilidad.

Una posible causa de la actitud indolente, que es muy egoísta, puede originarse en una verdad incuestionable: a estas alturas de la vida tengo bastante más pasado que futuro. Entonces ¿para qué preocuparme del futuro (del gran futuro que se mide en generaciones, en décadas y siglos) si “eso no me va a tocar”? O también pienso: “si me toca ya estaré confinado a una silla de ruedas, con bala de oxígeno y a punta de pañales”. Si me dicen, por ejemplo, que debido al cambio climático en 2050 el nivel del mar subirá lo suficiente como para hundir a Santa Marta, las islas Kiribati, Londres, Ámsterdam y Nueva York, lo primero que hago es sacar cuentas. En 2050 tendría 92 años, así que es poco probable que me toque enterarme de esas catástrofes.

A eso se suma el fatalismo. “¿Para qué me preocupo si no puedo hacer nada contra los lobbys de las petroleras que niegan la existencia del cambio climático?”. Y, además, a esa indolencia fatalista se le puede sumar el razonamiento en eras geológicas. “¿Para qué preocuparse por la especie humana? ¿Qué son 200.000 años de existencia de Homo sapiens en un planeta que se formó hace 4.500 millones de años, y le quedan 5.000 millones más de existencia antes de que se lo trague el sol cuando éste se convierta en una estrella gigante roja?”.

Y tampoco debe olvidarse que, a estas alturas de la vida, uno ya es más que consciente de que esos sueños de la temprana juventud de querer cambiar el mundo nunca se hicieron realidad, y que solo queda el consuelo de, a lo sumo, haber aportado uno que otro granito de arena que vaya uno a saber si ha servido para algo.

Sí: a esta edad en la que las responsabilidades son cada vez menores (“ya los hijos son profesionales, no tengo que mantener a nadie, en un año me pensiono y con eso me defiendo”), es fácil dejarse seducir por el aquí y el ahora. A esta edad cobra cada vez más fuerza la letra de la canción “Hoy tenemos”, del grupo Sidestepper, que en su última estrofa dice:

“Como estamos vivitos y coleando mañana tal vez estemos pagando. Eh, ni mañana ni el fin de semana. Aquí y ahora sin demora. Hoy tenemos, mañana no sabemos”.

Para qué salvar el mundo si con mi jardín me basta. Para qué esforzarse por el futuro si mis años ya están contados. Para qué sufrir por la especie humana si esta es apenas un suspiro efímero en la historia natural de la Tierra.

Y sin embargo, este egoísta fatalista vive pegado a Twitter indignado por la corrupción, aterrado por la violencia, entusiasmado porque alguien subió la foto de una especie de ave multicolor que nunca había visto, muy pendiente del próximo partido de Santa Fe. Pegado a WhatsApp para leer lo que opinan sus amigos, lo que escriben desconocidos que forman parte de alguno de los tantos grupos en que anda metido y de los que nunca se sale. ¿Al fin qué? ¿Botar la toalla, retirarse? ¿O más bien ponerle el pecho a las pequeñas batallas de cada día, resistir a como dé lugar, así sea por Joaquina, la nieta de dos meses y medio, sin casi pasado y todo un futuro por delante?

(Continuará) 

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